Después de aquella tensa conversación con César en el estudio de las reliquias, la dinámica entre nosotros se había vuelto palpable. Nos saludábamos apenas, con miradas cargadas de significado: tal vez yo marcando el territorio, él afirmando su lugar. Samira, absorta en su trabajo, ni cuenta se había dado de la sutil guerra fría que se libraba a su alrededor. Ella estaba inmersa en la magia de la restauración, cada vez que tocaba piezas de madera, pulía metales o desenrollaba pergaminos muy viejos, recordaba momentos con el anciano David. Su abuelo la había adorado tanto, le había enseñado tantas cosas que trascendían el oficio: la paciencia de la madera, la resiliencia del metal, la sabiduría de las fibras.
Y con eso, los días transcurrieron con una normalidad engañosa. Yo vivía ocupado entre el rugido de los motores de mis autos, la construcción de mi imponente pista de carreras y las llamadas constantes de mi imperio. Un equilibrio que me mantenía en control. Pero un atardecer, tan dorado como inesperado, el silencio de la casona se rompió.
Vladimir llegó.
Vladimir era mi socio joven, un heredero al igual que yo, aunque con una historia muy diferente. Había heredado un vasto imperio de sus padres, pero al ser joven y con la sangre hirviendo en las venas, casi todo lo había perdido en fiestas desenfrenadas, apuestas de alto riesgo y mujeres que eran más un espejismo que una compañía. Yo, con mano de hierro y un corazón inesperadamente leal, lo había despojado de sus bienes, lo había recluido en un lugar de sanación de élite y lo había encaminado, paso a paso, para que volviera a levantar el apellido de sus padres, a reconstruir su legado. Y así fue. Por eso, aquella tarde, Vladimir, recuperado y eufórico, llegó en una caravana de amigos, socios y mujeres espectaculares, con la excusa de animar al "lobo" que se había mudado a aquella "cueva" solitaria hacía casi un año y no se decidía a volver a la civilización.
Entre las chicas venía una en especial: Angie. Era la prima de Vladimir, una rubia despampanante con todos los atributos de una mujer nacida en cuna de oro: sofisticada, elegante, con manos que jamás habían lavado un traste, mucho menos habían tomado una herramienta de trabajo. Su ropa era de diseñador, su perfume era una estela cara, y su sonrisa, un arma.
Era la hora de la cena, el aire en el comedor principal olía a comida recién hecha, cuando la comitiva ruidosa hizo su entrada. Vladimir llegó con una alegría desbordante y abrazos efusivos para mí. Los otros dos chicos de su séquito, con sonrisas estudiadas, dijeron cuánto se me extrañaba en la empresa, en las carreras de autos, en el mundo real. Pero Angie no esperó. Sin pudor ni rodeo, se acercó, rodeó mi cuello con sus brazos largos y finos, y me besó los labios con una familiaridad que heló el ambiente.
Me sorprendí apenas, una ceja alzada, pero no la rechacé. No tenía por qué hacerlo. Después de todo, éramos viejos conocidos.
- Mi bala perdida", dijo ella, con una voz melosa que era casi un puchero, un ruego.
- No sabes cuánto te extrañé.
- Nunca me pierdo, Angie, - respondí con una sonrisa enigmática, mientras me limpiaba con la palma de la mano el labial brillante y pegajoso de mis propios labios. - Porque si así fuese, jamás me encontrarías.
- Bueno, bueno, ya basta de bienvenidas efusivas, lobo solitario, - dijo Vladimir, sonriente, haciendo un gesto hacia la mesa. - Presenta a estas hermosas jovencitas.
La chica, Lilian aunque hermosa, se sonrojó ante la mirada atenta. Vladimir era un hombre bastante atractivo, con un carisma innegable.
Pero Samira, que había estado sentada, observando la escena con una calma exterior engañosa, apenas levantó el rostro del plato que tenía en sus manos.
Solo talvez. El beso que acababa de presenciar le había ardido dentro de las entrañas, quizás un fuego inesperado y furioso, como ningún otro beso, real o ficticio, la había ardido antes.
- Estas personas, - dije, señalando a Samira y su equipo con un gesto vago, como si fueran un mobiliario más, y no los expertos que eran, - son restauradores. Ella es la señorita Aldridge y sus compañeros.
La manera en que la presenté, tan impersonal, tan distante, creo que también le molestó, lo vi en sus ojos aceitunas aun sin entender por qué. Una punzada de algo parecido a la indignación.
- ¿Qué vas a restaurar aquí, Grayson? ¿Y para qué?, - soltó Angie, con una risita condescendiente, su mirada evaluando la casona con desdén. - Aquí solo hay vacas y tierra. Y olor a viejo.
Yo, sin dejar de mirarla, respondí con un tono que no admitía réplica.
- El tío Germán dejó muchos tesoros aquí, Angie. Es como un santuario. Un lugar para personas que quieren conectarse con la tierra, con el tiempo, con el legado. No creo que este sea un lugar para ti.
Ella rió, una risa clara y melodiosa, que sonó falsa.
- Entonces tendré que usar todas mis armas para convencerte a volver conmigo, lobo. A la civilización. A donde perteneces.
La dulzura empalagosa de Angie, su forma de aferrarse a mí, creo que para Samira era amarga hasta asfixiante, una escena que le revolvió el estómago. Porque prontamente una furia irracional la invadió.
- Volvamos al trabajo, - soltó Samira de pronto, su voz un poco más alta de lo necesario, cortando la conversación con brusquedad. Se levantó de la mesa, un atisbo de rabia en sus ojos. Se despidió con un asentimiento de cabeza general, sin mirarme a mí en particular, y salió directo al piano en la sala de colecciones.
No sé qué sentí exactamente ese día mientras Samira se alegaba...
La noche no fue para nada tranquila, menos silenciosa. La casona, que había permanecido en un mutismo casi sepulcral durante meses, ahora vibraba con el pulso de la fiesta. Me instalé en una sala retirada, el ala oeste, y celebré la llegada de mis amigos con una opulencia calculada. Los tragos fluían, las risas de las mujeres sonaban estridentes, y la música, aunque no era el reguetón de Samira, era igual de invasiva. Angie buscaba toda la atención que pudo, sus manos finas rozando mi brazo, sus ojos de gata clavados en mí, pero yo, acostumbrado a sus maniobras, sabía cómo rechazarla con una cortesía fría que ella apenas percibía. Angie había caído más de una vez en mi cama cuando era joven, antes de que me casara por obligación, antes de que mi mundo se derrumbara. Pero después de que ella supiera que yo estaba soltero de nuevo, había intentado revivir el pasado más de una vez, con una insistencia que me aburría.
Siempre la había visto como una mujer superficial, poco inteligente, ya que creía que con su perfume caro y ropa de etiqueta definía sus actitudes déspotas.
No volví a ver a Samira el resto de la tarde, ni durante la fiesta. Parecía que se había desvanecido. Fue en la madrugada, cuando todos ya dormían, menos yo, que el instinto me guió. Caminé como siempre por la casa, mis pasos firmes sobre las alfombras silenciosas, con el ardor del whisky todavía en mi garganta y la frustración burbujeando en mi pecho.
Y entonces la vi.