El día jueves Samira había salido como siempre, sin pedir permiso, sin una explicación real, solo una nota que me dejó un sabor amargo. “Voy al cumpleaños de Laura”, fue lo único que escribió antes de perderse en el atardecer, y el rugido de su vieja camioneta llevándose consigo la paz que a duras penas habíamos construido.
No debía importarme. Me lo repetía una y otra vez, aferrándome a esa idea como a un clavo ardiendo. Pero desde que escuché el eco de su motor alejarse por el camino de grava, mi pecho había sido una jaula con barrotes de fuego, una prisión de ansiedad y celos que me consumía lentamente.
Cerca de la medianoche, el ruido destartalado de un motor y un chirrido de neumáticos me arrancó del sofá. Me levanté apoyándome en la muleta, el tobillo enyesado protestando, y salí al patio justo a tiempo para ver cómo Samira, con la torpeza evidente del alcohol en la sangre, estampaba la camioneta contra la fuente de piedra del jardín. El agua salpicó con furia, un chorro violento que se elevó bajo la luz de la farola más cercana, iluminando su rostro. Y lo que vi me heló la sangre: estaba riendo, con esa risa ronca, desinhibida, que se me clavó directamente en los nervios.
—¡Samira! —grité, la ira y la preocupación cortándome la garganta, mi voz desgarrada.
Ella apenas levantó la mano, como si fuera un saludo inocente, y se bajó del vehículo tambaleándose, con una botella de cristal en la mano que no había visto antes.
—Tranquilo, inglés… la fuente necesitaba un poco de amor, ¿no crees? —Su sonrisa era descaro puro, un desafío en sus ojos verdes.
Me acerqué lo más rápido que pude con el yeso y la muleta, cada paso una tortura, pero ella ya había echado a correr hacia la mansión, su figura desdibujándose en la penumbra.
—¡Maldita sea, Samira! —rugí detrás de ella, el corazón golpeando con la rabia y el miedo de perderla, de que se hiciera daño.
Subió las escaleras casi corriendo y se encerró en el cuarto que usaba en la mansión, el portazo resonando en el silencio. Yo golpeé la puerta con fuerza, con los nudillos ardiendo, mi frustración hirviendo a flor de piel.
—¡Ábreme ahora mismo, Samira! ¡Tenemos que hablar!
Silencio. Solo el eco de mis golpes se me devolvió.
—¡No me ignores! ¡No me hagas esto! —insistí, la voz cargada de desesperación.
Nada.
Abre la puerta - ordené a flora está abriendo y yo invadiendo enseguida pero ella no estába en la habitación.
Solo el inconfundible ruido del agua llenando la bañera en el baño adyacente, y luego, su voz… una voz quebrada, rota, diferente a todo lo que había escuchado de ella, tan vulnerable que me paralizó.
Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, pegado a la madera fría de la puerta, cuando la oí hablar de nuevo.
—¿Tu otra vez con tus preguntas y ganas de atarme, de interrumpir mi libertad? —Su voz era un murmullo áspero, cargado de un dolor tan antiguo que me heló el alma—. Pero te lo diré ahora mismo quien soy y por qué. No como… porque no tengo hambre de vida, Grayson. Nunca la pedí y nunca la he querido, pero aquí estoy, como una hierba mala que no muere.
La escuché reír, una risa estrangulada, teñida de histeria.
—Sabes, más de una vez mi madre me dejó encerrada días en mi habitación, Grayson. Días. Solo había comida rancia en un rincón y yo… yo tenía miedo. Tenía tanto miedo que hasta el silencio me gritaba. Por eso el hambre se fue de mi vida, por eso la comida es una simple necesidad.
Me apoyé más en la puerta, el alma helada, sintiendo cada palabra como un puñal.
—El ruido… —siguió, con un tono cada vez más frágil, cada sílaba cargada de una angustia desgarradora—. El ruido tapa los golpes, los gritos… tapa el eco de que nadie vino por mí. De que nadie me encontró.
Un golpe seco contra la pared, un sonido sordo que me hizo temblar.
—¿Y el por qué soy así? ¿Por qué no nací para ser amada? ¿Para ser aceptada, para ser… suficiente?
Mi mano tembló sobre la madera, mi corazón encogiéndose de dolor por ella.
—Entonces me reinventé. —Su voz se volvió un hilo áspero, casi un grito de guerra, de desafío a su pasado—. Ahora mando yo. Ahora rompo. Nadie me lastima. ¡Nadie!
Un silencio abrupto, luego un sollozo ahogado que me arrancó el aire, que me destrozó el pecho.
—Y llegaste tú… y no sé qué demonios estoy haciendo. No sé cómo manejar esto.
Cerré los ojos, con el corazón desgarrándome, sintiendo su dolor como si fuera mío.
—Samira… cariño… —mi voz salió baja, rota, apenas un susurro que esperaba romper su escudo—. Ábreme la puerta. Por favor. No quiero discutir más. Solo quiero estar contigo.
El cerrojo se movió con un clic lento. La puerta se abrió apenas unos centímetros y la vi: su rostro frío, impecable, sin una lágrima… como si acabara de enterrar lo que había confesado, como si esa verdad nunca hubiera existido. Sus ojos, aunque rojos, estaban extrañamente vacíos de emoción.
—Me voy a duchar —su voz era firme, casi burlona, recuperando su habitual descaro—. ¿Quieres que duerma contigo después, inglés? ¿O me dejarás morir de frío en el cuarto de invitados?
No supe qué responder. Solo asentí, mudo, como un hombre que acababa de ser atravesado por una daga helada, pero que aún se mantenía en pie.
Ella desapareció de nuevo en el baño, el sonido de la ducha reanudándose, arrastrando consigo la confesión. Y yo, con el pecho hecho trizas, arrastré mi cuerpo hacia mi habitación, cada paso un eco de su dolor.
Esa noche mientras la vi dormida entendí que Samira Aldridge era una fortaleza imponente construida sobre ruinas de una infancia herida… y que yo ya estaba demasiado adentro para querer escapar.
Porque no dormí esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, el eco de su voz al otro lado de la puerta me asaltaba, confesando entre gritos ahogados y sollozos desgarradores la infancia que había sepultado bajo capas de orgullo, cinismo y un deseo insaciable de libertad. Su dolor se había grabado a fuego en mi memoria.
Me levanté mucho antes que el amanecer, con el pie doliendo más que nunca, un recordatorio punzante de mi propia vulnerabilidad. Bajé a la cocina en busca de algo para calmar la mente, un café fuerte, cualquier cosa que me ayudara a acallar el torbellino de pensamientos. Flora, la mujer de servicio, me miró con el ceño fruncido cuando me vio arrastrar la muleta, su rostro revelando una preocupación maternal.
—Señor Johnson, debería estar en cama. Esas heridas necesitan reposo —me regañó con suavidad, pero con firmeza.
—Tráeme lo que sea ligero para dos, Flora. Café y algo de fruta —pedí, con la voz baja, ya sabiendo lo que quería.
Ella no preguntó, no cuestionó la orden inusual para dos personas. Solo asintió, su mirada comprensiva deteniéndose un instante en mi rostro cansado.
Regresé junto a flora a mi habitación con la bandeja humeante ella la sirvió y esperé.
No tardó mucho. Samira apareció envuelta en una bata de seda que apenas ocultaba las curvas de su cuerpo, el cabello húmedo cayéndole en ondas oscuras sobre los hombros, y los ojos verdes cansados, pero desafiantes, tan Samira como siempre.
—Madrugas demasiado para alguien con un yeso —dijo, alzando una ceja, su voz ronca por el sueño, pero con su habitual tono irónico.
—Madrugo demasiado para alguien que no puede dejar de pensar en ti —respondí sin filtro, dejando que la verdad saliera, cruda y sin adornos.
Ella se quedó quieta, sorprendida por un segundo, la ironía desvaneciéndose de su rostro. Luego sonrió con ese gesto irónico que me enloquecía, una mezcla de burla y placer.
—Y yo que pensaba que eras un hombre difícil de impresionar, inglés. Un lord inmutable.
—Me impresionas todos los días, Samira —admití, ofreciéndole una taza de café, el vapor ascendiendo entre nosotros—. Ven, siéntate. Hay mucho que procesar.
Samira aceptó sin discutir, algo raro en ella, que siempre se resistía. Se acomodó en la cama, el colchón hundiéndose suavemente bajo su peso, y tomó el café con ambas manos, como si buscara calor más allá de la bebida, como si la tibieza de la taza pudiera calmar el frío que habitaba en ella.
—No me mires así, inglés —murmuró, sin levantar la vista de la taza, su voz apenas un susurro que intentaba sonar indiferente—. Anoche estaba borracha. Dije estupideces. Cosas que no venían a cuento.
—No eran estupideces —le interrumpí, mi voz firme pero suave, negándome a dejarla invalidar su propio dolor—. Era la verdad. Tu verdad.
Ella levantó los ojos, peligrosamente brillantes, un velo de furia defensiva cubriendo su vulnerabilidad.
—¿Y qué harás con lo que escuchaste? ¿Tenerme lástima? No soporto la lástima, Grayson. Me enferma.
Me incliné hacia ella, con la muleta apoyada al lado de la cama, mi mirada firme y sincera.
—No te tengo lástima, Samira. Te tengo… admiración. Profunda admiración. Por sobrevivir a eso. Por seguir en pie a pesar de todo. Por sonreír y desafiar al mundo cuando lo único que quieres es gritarle tu dolor.
Ella parpadeó, y vi cómo su coraza, tan cuidadosamente construida, temblaba un segundo antes de recomponerse, el dolor fugazmente expuesto.
—Te lo advierto, inglés… —susurró, su voz baja y peligrosa, una promesa velada—. Si cruzas la línea, si intentas rescatarme, si crees que puedes arreglarme, terminarás quemado. Convertido en cenizas.
—Entonces prefiero arder contigo que vivir en el hielo donde me tenías antes de conocerte —le contesté sin apartar la mirada, mi propia voz cargada de una determinación inquebrantable.
Un silencio espeso se apoderó de la habitación, un momento cargado de verdades no dichas y promesas tácitas. Samira apartó la taza de café con un movimiento brusco y se recostó contra la cabecera, cerrando los ojos, su rostro vuelto hacia el techo.
—Eres un idiota —dijo al fin, su voz un suspiro apenas audible.
Pero su mano, temblorosa y vacilante, buscó la mía debajo de las sábanas, sus dedos rozando los míos hasta entrelazarse.
No la presioné. No dije nada más. Solo dejé que nuestros dedos se apretaran, en ese gesto silencioso que valía más que cualquier juramento, más que cualquier promesa verbal.
Por primera vez desde que la conocí, Samira Aldridge no estaba jugando. Y yo supe que acababa de ganar un pedazo de su verdad, un fragmento de su alma más allá de la fiera. Y con ello, había ganado un pedazo de su corazón.