No fui por champán. Me dirigí al bar que mi tío había usado durante décadas, un mueble imponente de madera oscura, y con una mano que me temblaba ligeramente, serví un whisky añejo. Sentí el ardor del alcohol en mi garganta, un trago para la locura que se avecinaba, una llama que prometía quemarme hasta las cenizas. Y aún así, con cada paso, subí las escaleras, mi corazón latiendo con una fuerza inusual, desbocada.
El pasillo estaba casi a oscuras, solo la luz de la luna que se colaba por una ventana distante creaba sombras fantasmales que danzaban en las paredes. La puerta de la primera habitación, la mía, estaba entreabierta, dejando escapar un hilo de luz ambarina que me invitaba a entrar.
Entré.
Y ella de verdad me esperaba.
Samira estaba de pie en el centro de la habitación, una aparición que me robó el aliento. Vestía una lencería de seda negra, tan pequeña y descarada que apenas cubría lo esencial, dejando al descubierto la perfección de su piel aceituna, suave como la seda misma. Su cabello oscuro, antes indomable, caía ahora en cascada sobre sus hombros, húmedo y suelto, enmarcando sus ojos verdes, profundos y seductores, que brillaban con una promesa peligrosa. Y esos tacones de aguja... le lucían de infarto, alargando sus piernas en una línea infinita de seducción que me invitaba a perderme.
- Pasa y cierra la puerta, - su voz, apenas un susurro ronco, era una invitación y una orden innegable. - No quiero que te escuche nadie más que yo, inglés. Solo yo.
Di un paso, luego otro, sintiendo que avanzaba hacia mi propia trampa, una que anhelaba pisar. La habitación olía a jazmín, al champú de Samira, y a la embriagadora fragancia de su propia piel, una combinación tan adictiva como el peligro que representaba. Mis ojos se encontraron con los de ella, y en esa mirada se libró una batalla silenciosa, una negociación de voluntades. La humillación que sentía por haber sido llevado allí a la fuerza, por haberla "secuestrado" de la discoteca, iba a ser cobrada. Y yo estaba dispuesto a pagar el precio.
- Esta humillación vas a pagarla, - terminó Samira, su voz más clara, el eco de su promesa resonando en el aire cargado de erotismo.
No dije nada. No había necesidad de palabras. El desafío, la insolencia, el descaro, la furia y el deseo, todo lo que ella era, me estaba atrayendo como un imán irresistible.
Apreté su rostro con una mano, mis pulgares rozando sus pómulos, y la besé. No fue un beso suave, ni tierno, ni romántico. Fue una colisión de voluntades, un estallido de furia reprimida y deseo desbordado. Ella respondió con la misma ferocidad, sus labios reclamando, su lengua una danza peligrosa que prometía consumirme.
Mientras el beso se intensificaba, Samira, con una audacia pasmosa que me tomó por sorpresa, deslizó una mano por mi espalda y, con un movimiento rápido y experto, me colocó unas esposas. El frío metal contra mi piel, el clic que resonó en el silencio de la habitación, me tomó desprevenido. Pero no me resistí. No hubo lucha. En medio de los besos hambrientos, Samira me llevó a la cama, nuestros cuerpos entrelazados, una danza de poder y entrega. Entre besos, gemidos ahogados y la risa silenciosa de una victoria personal que vibraba en el aire, me desvistió, cada prenda que caía al suelo era una capa menos de mi armadura, un símbolo de mi rendición. Con una fuerza insospechable para su complexión, me esposó a la cabecera de la cama.
Y entonces, me devoró. No como una amante delicada, ni como una mujer sumisa. Me devoró como lo que era, lo que ella representaba: una fiera dominante, una fuerza de la naturaleza. Sus besos eran mordiscos suaves, sus caricias, arañazos placenteros que me recorrían. Cada centímetro de mi piel, cada pulso, cada gemido gutural que se me escapaba era suyo, una posesión completa. Ella era la cazadora, y yo, la presa voluntaria, cautivado por la tormenta que acababa de desatar, un huracán del que no quería escapar.
Esa noche, Samira me enseñó una lección que jamás olvidaría: con ella, el control era una ilusión, un espejismo en el desierto de mi deseo.
Porque el "castigo" de Samira no fue suave. Fue una coreografía de poder, una danza tribal donde ella marcaba el ritmo, sus caderas un tambor ancestral. Sus dedos, hábiles y precisos, no solo desabrocharon los botones de mi camisa; desarmó mi armadura, pieza a pieza, revelando no solo mi piel cincelada por años de disciplina, sino también la vulnerabilidad que el magnate rara vez mostraba. Los tatuajes en mis brazos y pectoral, el fénix majestuoso y las intrincadas líneas geométricas, parecían cobrar vida bajo sus caricias, moviéndose con cada nuevo gemido que se me escapaba, una sinfonía de placer.
Yo, inmovilizado por las esposas a la cabecera, pero extrañamente liberado por la situación, solo podía observarla. Mis ojos azules, antes controladores y dominantes, ahora seguían cada uno de sus movimientos, una mezcla de asombro y deseo ardiente. La vi inclinarse sobre mí, su cabello oscuro cayendo como una cortina de seda que apenas dejaba entrever sus ojos verdes, profundos como el abismo, insondables. El aroma a jazmín y a su propia piel me embriagaba, una fragancia tan adictiva como el peligro que ya representaba.
Samira me besó de nuevo, esta vez con una lentitud torturante, saboreando mi boca, deslizando su lengua con una maestría que me llevó al límite de mi resistencia. Sus labios, que antes habían pronunciado órdenes y desafíos, ahora se movían sobre mi cuello, bajando por mi pecho, deteniéndose en el fénix tatuado, como si lo reconociera, como si le ofreciera una reverencia silente a mi propia resurrección del deseo. Cada caricia era una mordida suave, cada roce una descarga eléctrica que recorría mi cuerpo, encendiéndome desde adentro.
Sentí cómo mi fuerza, mi habitual control férreo, se desvanecía, no por debilidad, sino por una rendición placentera y absoluta. Era la segunda vez en años que me permitía ser la presa, el objeto de deseo, el cautivo de una pasión avasalladora. Y con Samira, no era humillante; era… liberador. Ella era una tormenta, y yo me dejé arrastrar por el huracán, sin resistencia, sin querer escapar. Los gemidos guturales que escapaban de mi garganta eran la única prueba de que aún me quedaba voz, un testimonio de mi entrega.
Samira se movía sobre mí con la seguridad de una mujer que conoce su poder, sus caderas un ritmo antiguo, sus ojos verdes fijos en los míos, como un cazador que no pierde de vista a su presa, asegurándose de su victoria. Era una fiera, sí, pero una fiera inteligente. Sabía que la verdadera victoria no estaba en la dominación física, sino en la rendición del alma, en la entrega total del ser.
Y yo, el lobo herido, el magnate invencible, me estaba rindiendo ante ella, no con palabras, sino con cada respiración jadeante, cada músculo tenso, cada latido desenfrenado de mi corazón.
Las sábanas se retorcían bajo nuestros cuerpos, testigos silenciosos del caos pasional que se desataba. La lencería negra, el cabello suelto, los tacones de aguja que aún llevaba Samira en un desafío a la lógica, todo contribuía a la atmósfera cargada de erotismo. Ella no solo buscaba placer; buscaba borrar la huella de Angie, de Débora, de todas las mujeres que vinieron antes, de cualquier otra mujer. Buscaba imprimir su marca, profunda e indeleble, no solo en mi piel, sino en el alma de ese hombre roto. Y lo estaba consiguiendo.
El aire estaba cargado de suspiros, de la fricción de piel contra piel, del olor a deseo sin límites. Samira me devoraba con cada beso, cada toque, cada embestida. La noche se convirtió en un torbellino de sensaciones, donde el dolor del pasado de ambos se fusionaba con el placer crudo del presente, una catarsis compartida. El tiempo se detuvo, el mundo exterior desapareció. Solo existíamos nosotros dos, el devorador y la devorada, en un encuentro que era tanto una batalla como una rendición. Y cuando la noche alcanzó su punto álgido, ambos caímos, exhaustos, sobre las sábanas empapadas, los corazones latiendo al unísono, marcados para siempre por el fuego de esa confrontación.
Samira, con las mejillas aún encendidas por el furor de la pasión, se dejó caer sobre el colchón, exhausta. Su cuerpo pesaba, cada músculo vibraba con un cansancio dulce, placentero, que la arrastraba. Apenas con la fuerza que le quedaba, deslizó la llave de las esposas que ella misma había usado y me liberó.
No dije nada, no hubo reproches ni lamentos.
Me froté las muñecas con suavidad, más por instinto que por molestia, y la miré, mis ojos azules fijos en su rostro, intentando descifrar el huracán que acababa de pasar por mí, la magnitud de la tormenta que me había transformado.
Ella ya tenía los párpados medio cerrados, en ese estado dulce entre el sueño y la conciencia plena, donde las defensas se disipan y las palabras fluyen sin filtro, sin la barrera de la razón.
- Si quieres… puedes dormir aquí, - murmuró Samira, sin mirarme del todo, su voz apenas un susurro que se perdía en la almohada, como quien dice algo que no quiere pensar demasiado, pero que su cuerpo ya ha decidido y su alma anhela.
La observé un instante en silencio. El tic de mi mandíbula, que aparecía cuando estaba concentrado o furioso, se relajó por completo. Luego, con un movimiento que no esperó ni un segundo más, me giré hacia ella. La rodeé con mis brazos fuertes, la atraje contra mi pecho con una ternura inesperada que contrastaba con la brutalidad de nuestro encuentro, como si esa sola acción, ese gesto íntimo, fuera mi respuesta a su invitación silenciosa, una declaración de intención.
- Creo que no volveré a dormir en otro lugar, - susurré cerca de su oído, mi aliento cálido contra su piel, mi voz ronca por el deseo y la satisfacción. Y mi voz fue más promesa que simple respuesta, un juramento que resonó en el silencio de la habitación, cargado de una posesión tranquila, absoluta.
Samira no contestó. No con palabras. Su cuerpo se relajó por completo en mis brazos, una rendición que la sorprendió incluso a ella, tan reacia a la vulnerabilidad. Sintió cómo yo me acomodaba detrás de ella, cómo mi calor la cubría por completo, cómo mi aliento le acariciaba la nuca, enviándole escalofríos deliciosos. Esa sensación de estar envuelta en un abrazo seguro, contenida por la fuerza de un hombre que acababa de domar, y a la vez en el centro de un fuego constante que la consumía, era nueva... y peligrosamente adictiva.
Un día me contó que, Pensó en lo que había dicho.
No volveré a dormir en otro lugar. ¿Qué significaba eso en mi boca?
¿Era solo la euforia del deseo, el eco de una pasión desbordada que se desvanecería con la luz del día?
¿Una simple frase de un hombre satisfecho, de esas que se evaporan con la primera brisa del amanecer?
¿O algo más profundo, una declaración que amenazaba con derrumbar los muros que ella había construido alrededor de su corazón, ladrillo a ladrillo, durante años? Y si repetíamos aquello… si lo hacíamos nuestro cada noche, si esa intensidad se convertía en nuestra rutina,
¿podría ella manejarlo?
¿Dónde quedaría su libertad, su control sobre su propia vida, sobre su corazón, que tan celosamente había guardado de cualquier invasión?
Pero no quiso pensarlo. No esa noche. Se permitió la debilidad, el placer de la incertidumbre, el lujo de la entrega. Simplemente se dejó llevar, cerró los ojos y se entregó al sueño con el cuerpo marcado por el encuentro, el corazón latiendo fuerte en su pecho y la mente, peligrosamente, en paz. Por primera vez en mucho tiempo, no había sombras que la persiguieran en sus sueños.
Yo, por mi parte, no dormí enseguida.
Me quedé mirando el techo unos minutos más, el brazo de Samira sobre mi cintura, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío, el suave ritmo de su respiración. Repasé una y otra vez la forma en que ella me había dominado, la forma en que su cuerpo había gritado mi nombre y me había vencido en esa batalla de voluntades. Sonreí, una sonrisa lenta y satisfecha que se extendió por mi rostro en la oscuridad. No era solo pasión. Era algo más profundo, más oscuro, más dulce, más adictivo que cualquier otra cosa que hubiera experimentado en mi vida.
Era ella.
Samira. Mi fiera.
Y me quedé dormido con una certeza en la mente, tan sólida como la piedra de la mansión que nos albergaba: esa mujer era mía, aunque aún no lo supiera.
Y yo, Grayson Johnson, me encargaría de que lo supiera. Cada día. Cada noche.