Jen
Cuando llegué a casa, no pude detener las lágrimas. Estaba agotada, emocionalmente destrozada, y lo único que quería era encontrar consuelo en mi madre. Allí estaba ella, esperando, con esa mirada preocupada que siempre me había reconfortado, pero que ahora solo hacía que mi dolor fuera más profundo.
Mi papá había fallecido hace un año debido a un problema cardíaco, y desde entonces, he estado luchando para mantener a flote nuestra empresa, intentando que todo volviera a funcionar. Sin embargo, todo parecía caer a pedazos, y hoy, finalmente, entendí por qué. Andrés del Pino y su familia nos habían sabotajeado desde las sombras, destruyendo todo lo que mi padre había trabajado tan arduamente.
—¿Qué pasa, cariño? —me preguntó mamá con voz suave, pero llena de preocupación al verme en ese estado.
No pude evitarlo, las palabras salieron como un torrente.
—¿Es verdad que papá era amante de Romina del Pino? ¿Que la embarazó? Mamá, ella era una niña… —pregunté, con la voz quebrada.
Mi madre me miró, sorprendida.
—¿Quién te dijo eso, Jen? —su tono era un susurro preocupado.
—Andrés… Él me lo dijo, mamá. Dijo que papá la embarazó y que todo eso terminó con la muerte de Romina.
—Eso no es verdad, cariño. Tu padre no era un hombre perfecto, pero no haría algo así… —me miró fijamente, intentando encontrar mis ojos.
—Entonces, ¿por qué me lo dijo? —pregunté, más confundida que nunca.
—Andrés del Pino está jugando contigo, Jen. No creas ni una palabra de lo que te dijo. Tu padre nunca estuvo con Romina. Yo puedo jurartelo.
—Mamá, ese miserable me embarazó... —dije sollozando, las lágrimas cayendo sin control—. Lo hizo todo para vengarse de mí, y yo no sé qué hacer.
Mi madre me miró, su rostro lleno de tristeza, pero también de una determinación que yo no podía comprender en ese momento.
—Jen, escúchame —dijo, sujetando mis hombros con firmeza—. No puedes dejar que Andrés te destruya. Él no tiene poder sobre ti, ni sobre tu vida. No permitas que su venganza te controle.
—¿Y cómo no? —respondí, con la voz entrecortada—. Me siento atrapada. Todo esto… es su culpa. Él me ha destrozado.
—Sé que sientes que todo se te viene abajo, pero recuerda, hija, que lo más importante ahora es tu bienestar y el de tu bebé. Ellos pueden intentar jugar con tu vida, pero tú tienes el control. Tienes que ser más fuerte que nunca.
—No sé si puedo —susurré, sintiéndome completamente perdida—. No sé si tengo fuerzas para seguir.
—Tienes más fuerza de la que crees —me dijo mamá, apretándome más fuerte—. Y, si lo necesitas, yo estaré aquí para apoyarte. Pero no dejes que él gane, Jennifer. No dejes que su odio te consuma
Lloré todo lo que necesité esa misma noche, hasta que el dolor en mi pecho fue un poco más llevadero. Al día siguiente, me reuní con mi abogado, decidido a entender la situación de la empresa, la que había sido mi vida y la de mi familia.
—¿Cómo estamos? —pregunté, tratando de mantener la calma.
Él suspiró profundamente antes de mirarme a los ojos.
—Jennifer, la situación es grave —comenzó, con voz grave—. La empresa ya está vendida.
Mis ojos se agrandaron de incredulidad.
—¿Qué? —pregunté, casi sin creer lo que oía. —¿Cómo es eso posible? ¿Quién compró la empresa?
Sentí un nudo en el estómago y la rabia comenzó a burbujear en mi interior.
—¿Cómo pudo hacer eso? ¿Por qué no me avisaron? —mi voz temblaba de frustración.
—La venta se formalizó hace semanas, Jennifer. Él dijo que tú firmaste un poder para hacerlo.
—¿Qué? Yo no firmé nada… —dije, incapaz de procesar la noticia. —¿De qué poder estás hablando?
El abogado suspiró nuevamente, como si hubiera estado esperando esta reacción.
—El poder que Andrés te hizo firmar… en su oficina. Estaba redactado de manera que le daba control total sobre las decisiones de la empresa, incluyendo la venta.
La sangre me subió a la cabeza y mi mente se nubló. Andrés había jugado su carta maestra, y yo, ingenua, había caído en su trampa. Todo lo que había hecho por mi familia, toda mi lucha, había sido en vano.
—Eso es… —no pude continuar, las palabras me fallaron. Me sentí completamente traicionada.
—Te recomiendo que lo tomes con calma, Jennifer. No podemos hacer demasiado.
Mi mente estaba en guerra. Andrés había destruido todo lo que mi padre había construido, y ahora no solo controlaba la empresa, sino que tenía el poder sobre mi vida. Tenía que hacer algo, y rápido.
—Jen, cálmate, mi amor… —me dijo mi madre, tomándome de las manos con ternura—. Tú y yo venderemos lo poco que podamos y nos iremos lejos del poder de esa maldita familia.
Negué con la cabeza, sintiendo cómo la desesperación se mezclaba con la rabia.
—No, mamá… —susurré, intentando contener las lágrimas—. No puedo huir como si fuéramos las culpables. Esa empresa era de papá, de nuestra familia… No puedo dejar que Andrés se salga con la suya.
—Cariño, ya nos ha quitado todo —insistió ella, con la voz temblorosa—. No quiero verte sufrir más. No quiero que sigas atada a ese hombre.
—¿Y crees que irnos solucionará algo? —pregunté con frustración—. No quiero pasar el resto de mi vida escondiéndome. Quiero recuperar lo que es nuestro.
—¿Y cómo lo harás, Jen? —me miró con preocupación—. Andrés tiene todo el poder, todos los contactos.
Algún día él me pagará todo lo que me ha quitado, lo pagará.