—¿La ves?
—No.
—¿Y ahora?
—Tampoco.
—¿Y...ahora?
—¡Que no!
—Entrecierra los ojos, Aurora y enfoca tu viste más allá de aquel árbol.
Hice lo que me pidió y pude ver la mariposa a lo lejos, posada contra el troncal del árbol viejo. Sus alas anaranjadas querían aletear pero parecía indecisa.
—¿La tocarías,Aurora?
—Tengo miedo de que al tocarla...salga volando.
—¿Puedes profundizar más en tus palabras?
—¿Es qué no es muy simple de comprender? Si voy hacía ella, me verá como una amenaza y volará lejos de mí y jamás voy a volver a verla ¡Jamás sabré de ella porque escapará y hará cualquier cosa para que no vuelva buscarlo, porque es un cobarde que jamás supo amarme y huyó! —las lágrimas y el llanto me obligaron a parar de hablar, sintiendo como todo mi alrededor se derrumbaba poco a poco.
Estaba atónita por mis palabras.
El psicólogo, me miró pensativo pero a la vez...compresivo.
Tomé mi piñuelo (siempre venía con uno, porque era habitual que llorara en cada sesión) y sequé mis lágrimas.
La mariposa que veía desde la ventana salió volando hacía alguna parte que desconocía.
¡Ni siquiera la había tocado!
—Aurora...tarde o temprano tendrás que superar a tu padre—dijo con aquella voz suave que realmente me tranquilizaba.
—¿Superar?...es tan fácil decir esa palabra, es tan sencilla...pero cuando intentamos aplicarla en nuestra vida...es imposible.
—Ya aplicaste la superación entonces.
—¿Qué?
—Lo has aplicado en tu vida y te ha resultado imposible. Lo admites de esa forma, ¿estoy equivocado?
Lo miré a los ojos, algo descolocada. Sí...por supuesto que lo había intentado. Con todas mis fuerzas.
—Estamos avanzando Aurora, por favor, ven el viernes siguiente.
Asentí y me levanté de aquel incomodo sofá color verde. Que horrible color.
El psicólogo Duran era un hombre bajito, pelado y de unos fuertes ojos negros. Muy agradable y me encantaba como me atendía.
Siempre encontraba las palabras justas para hacerme sentir mejor.
Abrí la puerta y mamá estaba esperándome sentada, con los ojos cerrados y la cabeza agachada.
—¿Mamá?
Ella se despertó rápidamente, sobresaltada. Me miró un instante, y sonrió.
—¿Ya está, cariño? Vamos a casa.
Me dio un abrazo y salimos así, necesitándonos el una a la otra.
Cuando mamá se fue a dormir, fui hacía mi habitación con gran pesadez.
Sinceramente no sabía cómo vería a otra mariposa a partir de ahora. Aquella táctica del psicólogo para que dijera profundizara en mi dolor, fue admirable.
¿Cómo lo hacen?
Prendí la televisión y me acosté al lado de mi gato Wink, quien me recibió con un ronroneo tranquilizador.
Me acosté, tapándome hasta los hombros y concentré la vista en las noticias trágicas que pasaba aquella caja boba.
—Día horrible ¿no?
—¡Hey, hola!—exclamé al escucharlo.
Bajé el volumen del televisor un poco para poder oírlo mejor.
En todo el día no había hablando con él y me alegraba que apareciera.
—No me habías contado lo de tu padre, Aurora.
Me quedé tiesa un segundo, parecía molesto.
—No hablo de eso con nadie.
—¿Y yo soy nadie?
—No, no Tanner no quise decir eso...es que es un tema muy doloroso para mí.
Silencio.
—¿Quieres venir a bailar conmigo?—preguntó después de un rato.
Suspiré, aliviada.
Cerré los ojos, aceptando su invitación.
—No, no te duermas aún, colócate los cascos y reproduce la canción de Avril Lavigne, Let me go.—dijo, provocándome un sobresalto.
—No tengo esa canción en mi celular, pero la buscaré por Youtube.
Tomé las cosas para iniciar mi sueño con él y ya con los cascos en mis orejas, me reposé sobre la almohada. Apagué la televisión y sólo la luz del velador quedó encendida.
Cerré nuevamente los ojos y no tardé en ver a Tanner en el centro de un salón casi a oscuras. Dije casi a oscuras porque solo la luz de la luna ingresaba por el inmenso ventanal que tenía a mi derecha.
Me quedé admirando el lugar que irradiaba algo de frío. No podía definir dónde terminaba todo.
A medida que me iba sumergiendo en aquel mundo, Tanner se acercaba cada vez más a mí.
Tenía un traje n***o y una camisa blanca debajo que dejaba al descubierto su cuello.
Que hermoso era.
—Hola—saludó, con una media sonrisa y me tendió la mano que rápidamente tomé.
Me pegó despacio contra su cuerpo, como si creyera que me rompería. Con una mano en mi nuca, apoyó mi cabeza en su pecho, dándome un casto beso en la coronilla.
—Esperé todo el día por estar así contigo—admití.
—¿A sí?—preguntó con aire curioso—Sabes que podemos estar así todo el tiempo que nosotros queramos.
—No puedo dormir todo el día, chistoso.
—¿Por qué no? Bueno, sí, tienes razón pero...por algo existen las siestas ¿no?
Le pegué un manotazo en el pecho de forma juguetona.
El capturó mi mano rápidamente y me hizo dar una vuelta, provocando que mi vestido de tono piel se desplegara.
Siempre el mismo vestido en mí, y no me molestaba en absoluto. Era precioso, como el de una princesa.
Me percaté de mi cabello recogido por el reflejo del ventanal.
El vals comenzó con lentitud, dejándome guiar por él, sólo por él.
Veía su sonrisa picara, sólo por permitirle que me moviera a su antojo. Yo me sentía suave ante mis movimientos, como si no hiciera esfuerzo alguno.
Mis pies se movían coordinados con los suyos, y el baile se hacía más intensos, como si realmente intentáramos convertirnos en uno.
Extendió su brazo y yo extendí el mio, con nuestras manos entrelazadas, y nos quedamos así, quietos y a la vez agitados.
—¿Existes?—me atreví a preguntar.
Si hubiera sabido que despertaría a las tres de la mañana al preguntar eso, ni siquiera lo hubiera dicho.
Me costó volver a dormir, e intenté reencontrarlo pero no pude lograrlo.
Tanner se había esfumado.
A la mañana siguiente me desperté malhumorada, no quería hablar con nadie. Me despedí secamente de mi madre, tomé mi bicicleta y fui a la escuela sola. Juana estaba enferma así que tampoco podía contar con ella.
Estaba confundida.
Tanner...Tanner...¿quién demonios era Tanner?¿Por qué estaba en mi cabeza?
Había recurrido a todos mis contactos de f*******: con su nombre pero ninguno era él. Es más, sólo tenía a un Tanner de Texas y tenía treinta y siete años.
No recuerdo cuando había aceptado a aquel tipo para ser honesta.
No era mi Tanner, por Dios.
No había visto a alguien parecido a él para que yo plantara su imagen en mi cabeza, así que no sabía cómo encontrarle una explicación a lo que sentía.
Tanner me gustaba, eso no cabía duda...pero ¿cómo podía gustarme alguien que sólo yo podía ver en mi memoria?¿En mis recuerdos?
Era frustrante.
Seguí avanzando, pedaleando con suma velocidad. Maldito frío.
Llegué a la escuela y fue triste no ver a mis dos mejores amigos, hoy me tocaría estar sola.
A la primera persona que me crucé fue a Rebbel y me resultó demasiado extraño que me recibiera con un abrazo.
—¿Cómo estás?¿Cómo llevas la herida?¿Aún te duele?—preguntó, con las palabras atropelladas.
Desde que surgió el accidente, él se comportaba demasiado amable conmigo y eso me incomodaba mucho.
¿Rebbel amable? Daba miedo.
—Bien y ¿tú? Sí, ya no duele ni molesta, gracias por preguntar—titubeé, apretando el morral de mi mochila.
Él sonrió, pareciendo aliviado y se despidió con un saludo de mano, nervioso.
—Es claro que te tiene demasiado aprecio, le salvaste la vida de cierta forma ¿no?
Me volteé hacía atrás al escuchar a Walter, quien era uno de sus mejores amigos.
—No le salve la vida a nadie—aclaré, caminando hacía mi casillero.
—Por supuesto que sí—contradijo, siguiéndome—, aquí todos piensan eso.
Mordí mi labio, tratando de encontrar algo de paciencia en mi ser.
—No, eso no es así.
Walter apoyó su codo contra el casillero del al lado, insistente.
—Vamos Aurora, deja de ser así y afloja su negatividad un poco.
Lo miré de arriba a bajo, evadiendo una risa.
—¿Y tú desde cuando me hablas? El mes pasado me tiraste la comida encima en la cafetería, Walter ¿acaso te olvidaste? Porque yo no olvido cuando me humillan.
Apenado, asintió y sonrió.
¿Era una sonrisa de arrepentimiento?
Oh Dios, como me frustraba todo aquello.
—Bueno...me resultabas algo tonta y cuando defendiste a Rebbel cuando Zaz...
—No, no, no, no—lo interrumpí, bruscamente—Yo no defendí a Rebbel, impedí que mi amigo no vaya a la carcel por culpa de él—aclaré.
—¿Acaso no puedes aprovechar esta situación? Toma el crédito de lo que hiciste y punto, se un poco más inteligente. Podrías hacerte más popular—soltó, poniendo los ojos en blanco.
—Adiós, Walter.
¿Más popular? Puro cliché escolar.
Me despedí con los libros en la mano y al llegar a mi curso me quedé parada en el marco de la puerta. Llevándome lentamente una mano a la boca.
No pude avanzar, estaba congelada.
Todos los estudiantes miraban atónitos la ventana que daba al patio trasero del colegio. Algunos sacaban fotografías, otros hacían bromas y hasta vi a varias chicas que miraban espantadas lo que habían escrito con tinta roja (quise creer que era tinta roja)
Las letras eran grandes, claras y perfectamente se leía:
SÍ, EXISTO.