Sentimiento de Traición.

1293 Words
Vincenzo está decidido a hacerme suya, no solo en nombre, sino en cada aspecto de mi ser. Y mientras nos movemos en la pista de baile, ese ligero contacto entre nuestras bocas, y ese aliento compartido, me doy cuenta de qué, si voy a sobrevivir aquí, necesitaré más que fuerza. Necesitaré estrategia, astucia… y la voluntad de no ceder mi alma, sin importar cuánto intente él arrebatármela. La música cambia suavemente, su mirada se dirige por encima de mi cabeza y su agarre se afloja mientras da un paso hacia atrás, dejándome con una leve inclinación de cabeza que cualquiera interpretaría como una señal de respeto. Alrededor de nosotros, las demás parejas se suman a la pista de baile, convirtiendo el salón en un espectáculo de elegancia y movimiento. Pero, para mí, el mundo parece reducirse a la próxima figura que se me acerca por la espalda. Mi padre camina hacia mí con una sonrisa calculada, extendiendo su mano con una cortesía fría, y yo la tomo, tratando de mantenerme tan firme y serena como él espera. Cuando su mano se cierra sobre la mía, es como si toda la tensión que me había provocado Vincenzo se multiplicara en un instante, pesando sobre mis hombros y recordándome la razón por la cual estoy aquí. Estoy aquí por su culpa. Vincenzo se aleja sin darnos otra mirada y mucho menos decir alguna palabra. Mientras mi padre me guía en este baile, y se acerca a mí oído. — Recuerda hacer lo que te he dicho —su voz fría se cuela en mi oído como un veneno—, vigila cada paso de Vincenzo. Este matrimonio tiene un propósito, no lo olvides —murmura con una voz baja, apenas audible entre el suave compás de la música. Su tono no deja lugar a dudas ni espacio para desobediencia. Me observa con esos ojos duros que he conocido toda mi vida, y siento cómo su agarre se torna más fuerte, como si quisiera reforzar sus palabras a través de la presión en mi mano. ¿Qué clase de padre usa a su hija como espía en su propio matrimonio? La idea me provoca náuseas, pero debo aparentar. A mi alrededor, los invitados nos observan como si fuéramos una familia ideal, pero mi realidad está muy lejos de eso. No contesto, solo mantengo la mirada al frente, sintiendo la familiar rigidez de su control. El rostro de mi padre no muestra ninguna emoción genuina; solo una satisfacción fría. Para él, soy una pieza en un tablero, un sacrificio en aras de su propia ambición. — Lo has estado haciendo bien hasta ahora. Sigue así —añade, y aunque cualquiera diría que es una frase de aliento, yo sé que es una orden. Mi padre me guía por la pista con movimientos precisos y controlados, sin dejar espacio para errores ni para mostrar otra cosa que no sea obediencia. Su agarre firme y la falta de calor en sus palabras me envuelven en una frialdad que me hace desear estar en cualquier otro lugar, lejos de la influencia de ambos hombres que ahora determinan mi destino. Incluso ahora, casada con Vincenzo, siento la sombra de mi padre como una presencia pesada sobre mí, una fuerza que me empujó, que me arrastró a este camino oscuro. Cada palabra del sacerdote, cada gesto de Vincenzo, estos anillos en mis dedos y mi nuevo apellido, es una consecuencia de la elección de Viktor Volkov, de su decisión de entregarme sin más. Todo esto, este momento, este baile lleno de opresión… todo esto es culpa suya. El baile continúa, y aunque las parejas nos rodean, siento que estoy atrapada, girando en un círculo de obligaciones y sumisión, mientras el rostro de mi padre permanece imperturbable, orgulloso de haber sellado el trato que hoy me tiene atada a la voluntad de Vincenzo Salvatore. Me siento traicionada en lo más profundo, pero debo contenerme, reprimir la amargura que amenaza con delatarme. No puedo mostrar debilidad. No le daré el gusto de verme caer, de saber que su plan ha sido cumplido. Así que mantengo la compostura, oculto el resentimiento en mi corazón y me aferro a lo poco que me queda de dignidad. Pero una cosa es cierta: mi padre es el culpable de este destino. La frialdad de su ambición ha sellado mi vida, y jamás lo olvidaré. En un intento de evadir la proximidad de Viktor, mis ojos buscan algo, cualquier cosa, que me permita soportar este momento. Y entonces lo veo, el hombre al que acabo de jurar lealtad y amor en el altar, moviéndose en la pista con esa frialdad que lo caracteriza. Su expresión es impenetrable mientras baila con su madre. Sus ojos me encuentran cómo si hubiera sentido mi mirada y me pregunto si él siente siquiera una fracción de la incomodidad que me devora, o si es tan despiadado como quiere hacerme creer. Vincenzo es un hombre conocido por su gélida precisión, por su habilidad para medir cada palabra y cada acción, como si el mundo entero fuera una partida de ajedrez. Sigo recorriendo el salón con la mirada y me fijo en Bianca, quién desapareció de mi lado cuando llegamos a la recepción. Ahora está bailando con Lorenzo. La tensión entre ellos es palpable, como un volcán a punto de hacer erupción. No sé qué ha pasado, pero es evidente que hay algo sin resolver entre ambos. La música finalmente se detiene y mi padre me suelta, casi con desdén. Vincenzo aparece a mi lado y me toma de la cintura, Sus dedos me rodean con la misma firmeza con la que el acero encierra un cuchillo. Su agarre es firme, sin margen para cuestionarlo. — Vamos —ordena con voz baja y controlada, guiándome hacia nuestra mesa. Nos sentamos en la mesa principal, y en seguida somos rodeados por algunas de las figuras más temibles que he conocido. Mi padre toma asiento a mi derecha. Francesca, lo hace a la izquierda de Vincenzo, cuya mirada se ha vuelto más fría y cortante. A su lado, Bianca, seguida de Lorenzo quiénes mantienen una cercanía forzada, algo que incluso Vincenzo percibe porque su mirada se detiene en ellos un instante más largo de lo habitual, como si los analizara con esa implacable frialdad suya. Sentado frente a mí está Giovanni, pero mi atención se desvía entonces a Mikhail Petrov, sentado entre Giovanni y mi padre, un hombre cuya reputación casi se iguala a la de mi esposo. Mikhail es el Sovetnik, el temido consejero de la Bratva, un título que arrebató a su propio padre hace menos de un año. Dicen que fue despiadado, que no mostró piedad al derrocar a Iván Petrov, quien hasta entonces había sido el pilar de su familia. No es particularmente alto, pero tiene una presencia que llena la sala, sus ojos grises y calculadores son como cuchillas, cada mirada suya parece analizar a todos los que lo rodean con una inteligencia fría y aterradora. Observo sus facciones, marcadas por una vida de violencia. Su mandíbula es rígida, su postura impecable, y sus labios apenas se curvan en algo que podría interpretarse como una sonrisa, pero que en realidad parece más una mueca. Su mirada gris me recorre como si estuviera decidiendo si seré útil o prescindible en esta alianza, y un escalofrío recorre mi espalda. Hay un aura oscura alrededor de él, una sombra que casi puedo sentir en el aire. Vincenzo, sentado a mi lado, no muestra ninguna señal de incomodidad ante Mikhail. Son, en cierta forma, iguales: fríos, calculadores, dispuestos a hacer cualquier cosa para lograr sus objetivos. No sé si alguna vez podré encontrar un lugar seguro entre ellos, ni siquiera al lado de mi propio esposo.
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