La música cambia, anunciando el momento del primer baile, siento que el aire se vuelve aún más denso a mi alrededor.
La melodía comienza a sonar, y Vincenzo me guía hacia el centro de la pista de baile. Para la primera danza como marido y mujer. Sus dedos se entrelazan con los míos, firmes y seguros, mientras su otra mano se posa en la base de mi espalda fría y controlada, acercándome, apenas dejándome espacio para respirar.
Estoy a centímetros de él, lo suficiente como para percibir su aroma a madera y especias. Siento el calor de su cuerpo a través de la tela del vestido, en contraste con la frialdad que desprende su alma haciéndome sentir una corriente eléctrica que me recorre la espalda.
Esta proximidad me resulta un poco intimidante.
— ¿Lista? —pregunta, su voz grave audible sobre la música.
Asiento, aunque por dentro lucho contra un torbellino de emociones.
Empezamos a movernos al ritmo de la música, y aunque nuestros cuerpos están cerca, hay una distancia emocional que parece insalvable.
Vincenzo me mira a los ojos, su expresión es impenetrable, pero sus movimientos son fluidos y elegantes, como si estuviera acostumbrado a dominar cada situación. Siento su cuerpo contra el mío, y una extraña mezcla de incomodidad y comodidad surge en mi interior.
— ¿Estás incómoda? —susurra, sin dejar de moverse al ritmo lento de la música.
— No —respondo, aunque mi voz suena más insegura de lo que me gustaría admitir—. Solo es un poco abrumador.
Vincenzo asiente, sus ojos nunca dejando los míos. Hay algo en su mirada que me hace sentir expuesta, como si pudiera ver a través de todas mis defensas.
— Relájate —susurra, como si pudiera percibir la tensión que me invade.
Intento seguir su consejo, centrándome en el ritmo de la música y no en su presencia. Sus ojos grises me miran con una intensidad que me deja sin aliento, y por un instante, todo el ruido a nuestro alrededor se desvanece.
A medida que giramos, la multitud se convierte en un borrón, y todo lo que puedo sentir es el calor de su cuerpo y el suave roce de su mano en mi espalda. A pesar del miedo que me sigue recorriendo, algo en su presencia me brinda una sensación de seguridad, como si, aunque no eligiera este destino, podía encontrar algo de consuelo en él.
— Sigue comportándote así, Anastasia —murmura cerca de mi oído, su tono bajo y suave, pero con la misma frialdad que siempre.
Su rostro está inexpresivo, pero sus ojos están fijos en los míos, leyendo cada reacción.
Le sostengo la mirada, con una chispa feroz que no puedo reprimir. Me niego a dejar que me vea quebrada, incluso mientras me siento atrapada en sus brazos y en este momento que todos observan. Mi sonrisa se vuelve más rígida, desafiándolo en silencio.
Él nota el cambio y una pequeña sonrisa se forma en la comisura de sus labios.
— Ahí está otra vez, esa mirada desafiante que tanto te gusta mostrarme —dice en tono de burla, como si este fuera un juego del cual él lleva el control.
Su mano en mi espalda se tensa un poco más, recordándome dónde está el poder.
— Quizás deberías acostumbrarte a ella —respondo entre dientes, sin dejar que mi sonrisa falsa se borre, mientras me obligo a parecer la imagen perfecta de una novia enamorada.
Aunque no sé lo que es eso, nunca lo he estado.
Su expresión no cambia, pero sus dedos presionan con un poco más de fuerza en mi cintura, como si quisiera recordarme que cualquier muestra de resistencia es inútil.
— Ten cuidado, Anastasia —me advierte en un susurro. Para cualquiera que nos observe, sus palabras parecen dulces, pero yo percibo la amenaza implícita en ellas—. Porque en este juego, yo pongo las reglas.
— Y en este juego —le contesto, mi tono cargado de la misma falsedad—, no pienso seguirlas tan fácilmente —digo obligándome a mantener una sonrisa que apenas logro sostener —. Prefiero romperlas.
Aquel gris implacable me envuelve y me amenaza, una promesa de que la mujer que se atreva a desafiarlo será la misma que se someterá bajo su sombra. Y aunque sé que cada palabra suya es un desafío, me niego a ceder, devolviéndole mi propio fuego, sosteniendo su mirada con la misma fuerza.
Siento que me desafía a reaccionar, a mostrar debilidad, pero también noto una chispa, una satisfacción velada cuando sostengo su mirada con la misma firmeza. Es como si él disfrutara de mi resistencia, pero estuviera decidido a quebrarla con el tiempo, sabiendo que tarde o temprano, esa mirada desafiante que tanto le irrita será suya también.
Para los invitados, somos la imagen perfecta de una pareja feliz, riendo suavemente y compartiendo palabras amorosas. Pero detrás de nuestras sonrisas y miradas, se esconde una batalla silenciosa de voluntades, una guerra entre dos almas en la que ambos sabemos que cada palabra, cada gesto, es un desafío enmascarado.
— Piccola ribelle… —susurra, su tono gélido cargado de un sarcasmo afilado—. Eres una salvaje, pero deberás aprender a contenerte si quieres sobrevivir aquí. En esta vida, tus juegos no funcionarán.
— No me interesa ser tu obediente muñeca, ya suficiente tuve con mi padre—respondo en voz baja, mi mirada fija en la suya.
Él sonríe, pero no es una sonrisa cálida. Es oscura, casi depredadora, como si mi respuesta fuera exactamente lo que esperaba. Su agarre en mi cintura se endurece, y me atrae más cerca, casi desafiando cualquier resquicio de espacio entre nosotros. Nuestros rostros están tan cerca que puedo sentir la calidez de su aliento en mi piel, una cercanía que no tiene nada de intimidad, sino una confrontación feroz.
— Piccola ribelle, parece que no entiendes la situación —murmura, su voz tan baja que solo yo puedo oírla, controlada como el filo de un cuchillo—. Aquí, no hay lugar para juegos ni para caprichos. Aquí, tú eres mía. Tu lealtad, tu obediencia… incluso tus pensamientos, Anastasia.
La contundencia de su declaración me golpea como una descarga, y aunque cada fibra de mi ser quiere responder, sé que estoy atrapada en una red de la que no puedo escapar. La música sigue sonando, y mientras todos nos observan, no somos más que una pareja de recién casados en el centro de la pista, pero para nosotros, este baile es una guerra.
— No — su mirada se endurece un poco más —. No soy una cosa —declaro.
Intento sostener su mirada sin vacilar, sin ceder al impulso de apartar los ojos, pero la intensidad en sus pupilas me obliga a desviar la vista un momento. Él lo nota; lo veo en la leve curvatura de sus labios, una sonrisa apenas perceptible que me recuerda que cualquier resistencia mía le parece un juego.
— Tienes agallas, piccola ribelle, te concedo eso —dice, su tono cargado de una amenaza velada—. Pero recuerda que aquí, mi palabra es la ley. Ya no estás bajo el cuidado de tu padre. Te guste o no, ahora eres mía.
Vincenzo se acerca aún más, tanto que su rostro está peligrosamente cerca, y sus ojos se vuelven de un tono más oscuros, sus labios rozándo los míos con una cercanía tan íntima como devastadora. No llega a besarme; solo mantiene su boca tan próxima que siento la calidez de su aliento, la ligera presión de su control latente.
Sabe lo que está haciendo, sabe el impacto que tiene sobre mí, y disfruta cada segundo de esa tortura.
— ¿Te queda claro, piccola ribelle? —susurra, sus labios rozando apenas los míos, lo suficiente para hacerme sentir atrapada, vulnerable.
Su voz es baja, tan suave que apenas parece una amenaza, pero cada palabra suya está cargada de intenciones, de una autoridad que no admite resistencia.
Mi corazón late frenético en mi pecho, pero me niego a apartarme, me niego a mostrarle la vulnerabilidad que él tanto desea arrancar. A pesar del miedo, levanto el mentón haciendo que nuestros labios se unan más y lo miro enfrentando su desafío.
— No —murmuro, sin ceder en la fuerza de mi mirada—. Si quieres controlarme, tendrás que enfrentar lo que soy, no lo que deseas que sea.
Su sonrisa se ensancha ligeramente, pero no hay calidez en ella. Vincenzo parece disfrutar de mis respuestas, cada chispa de desafío que le muestro, como si al retarle, le diera un motivo para continuar probando mis límites.
— Entonces aprenderás —responde, con una convicción implacable—. Aprenderás a ser lo que espero, a vivir bajo mis reglas, mi control. Porque ahora, Anastasia, todo lo que eres me pertenece.
El toque de sus labios rozando los míos, tan cerca y sin concretarse, es un acto de poder más efectivo que cualquier amenaza.