Última Esperanza.

1556 Words
Trato de no mirar a Viktor cómo lo he hecho en toda la ceremonia. Mantengo la mirada fija en cualquier otra cosa, evitando cualquier atisbo de mi padre. No podía mirarlo, ni siquiera de reojo. No quería ver el rostro del hombre que me había arrojado a este destino sin piedad ni remordimientos. Porque todo esto, cada palabra fría, cada juramento vacío, cada paso hacia esta jaula, es culpa suya. El sacerdote levanta la mirada y, con voz solemne, pronuncia esas palabras que aún albergan una pequeña esperanza para mí. -Si alguno de los presentes tiene alguna razón para que esta unión no deba llevarse a cabo, que hable ahora o calle para siempre. Mis manos tiemblan, apenas perceptiblemente, mientras suplico en silencio, rogando que alguien, cualquiera, se levante y diga algo, cualquier cosa. Que rompa este vínculo antes de que se cierre por completo. El corazón me late con fuerza, cada pulsación es como un eco que se expande por todo mi cuerpo, acelerado, lleno de pánico y desesperación. Pero la iglesia permanece en un silencio absoluto. Nadie se mueve, ni siquiera una respiración se escucha más allá de la mía, que ahora suena agitada en mi propia mente. Este es el final. Lo sé, aunque trato de negarlo, aunque sigo aferrándome a la ilusión de que alguien podría salvarme. Pero nada cambia, solo el peso de ese silencio que parece aplastarme, sofocarme, mientras siento cómo la última posibilidad de libertad se desvanece. El sacerdote, al no recibir respuesta, continúa, sellando mi destino con esas palabras que retumban en mi mente, cerrando la puerta de la jaula que es ahora mi vida. - En nombre de Dios y de todos los presentes, los declaro unidos en matrimonio. Que sus vidas se entrelacen hasta el fin de sus días. Puede besar a la novia -anuncia el sacerdote sellando nuestro destino, pero para mí son una prisión. Vincenzo se acerca, y se inclina hacia mí, en ese breve segundo, antes de que sus labios rocen los míos, solo puedo sentir la opresión en mi pecho, la impotencia de estar atrapada en este destino que no elegí. Entonces, sus labios me tocan, fríos y firmes. Una descarga de poder y autoridad me envuelve, como si cada palabra que ha pronunciado en esos votos de sombras ahora se hiciera carne en este beso. Su boca no es suave ni afectuosa; es dura, firme, y lo único que transmite es un dominio absoluto. No hay rastro de ternura, solo la demanda silenciosa de que me rinda por completo. Siento cómo su mano se posa en la base de mi cuello, no con delicadeza, sino con posesión, manteniéndome en mi lugar, marcando el territorio que ahora, según él, le pertenece. Es un beso que busca consumir, devorar cada rincón de mi voluntad, de mis sueños, de todo lo que soy. En él está implícito su mandato: Eres mía. Bajo mi sombra, bajo mi control. Cada movimiento de su boca parece decirme que ya no soy más que una extensión de su voluntad, un peón en el tablero que él maneja a su antojo. Mi mente intenta rebelarse, pero el peso de su autoridad se siente implacable. Es un muro contra el que mis deseos no pueden luchar. Su dominio me oprime, me rodea, sofocándome, y en su firmeza, en la crudeza de este beso, puedo percibir su intención: doblegarme, moldearme a su imagen. Cada segúndo de contacto es una orden silenciosa, un recordatorio de que ahora vivo bajo su sombra, una sombra que me sigue, que me envuelve y me obliga a rendirme. Cuando finalmente se separa, me doy cuenta de que apenas puedo respirar. Me ha arrebatado algo con ese beso, algo que no podré recuperar. Su mirada fría se clava en la mía, con esa misma autoridad implacable, como si esperara ver en mis ojos la sumisión que exige. Y en ese momento, comprendo que esto no es solo un matrimonio, es una conquista, una sentencia, una promesa de que, de aquí en adelante, cada uno de mis pasos estará bajo su control. Vincenzo me libera y se vuelve hacia los presentes, esa mirada altiva y satisfecha que solo él sabe tener. Yo bajo la vista, mis dedos ahora rodeados de metal, de promesas vacías, de juramentos falsos. Mi destino sellado en una ceremonia de sombras, en una unión donde el amor es solo una fachada y yo soy la prisionera de su poder. Quiero gritar, quiero arrancar estos anillos y huir... pero sé que no hay escapatoria. En este mundo, no existe el amor, solo el poder, y ahora ese poder me pertenece... o, más bien, yo le pertenezco a él. ❤️‍🔥❤️‍🔥❤️‍🔥 El auto avanza a través de las calles hacia el hotel, en un incómodo silencio que parece ocupar cada rincón de este lujoso espacio cerrado. Aunque el conductor está sentado al frente, separado por un vidrio que brinda una ilusión de privacidad, siento que solo estamos Vincenzo y yo, aislados en esta caja de metal que se convierte en una especie de prisión en movimiento. Miro a mi alrededor, a los detalles elegantes y opulentos del interior, pero nada puede suavizar la tensión que late en mi pecho. Vincenzo permanece absorto en su teléfono, sus dedos deslizándose por la pantalla con precisión, como si nada fuera más importante que los mensajes o llamadas que revisa. Su atención está lejos de mí, y aunque agradezco el alivio temporal de su mirada fría y calculadora, no puedo evitar sentirme invisible. Como si mi presencia aquí, en su vida, fuera tan insignificante como el paisaje que queda atrás en la ventana. Miro hacia afuera, hacia el cielo que amenaza con una tormenta. Las nubes grises y pesadas parecen reflejar mi propio estado, turbulento y sombrío. Cada kilómetro que nos acerca al hotel me hace sentir como si la distancia entre mi vida anterior y este nuevo mundo se volviera insalvable, como si fuera un sueño del que nunca podré despertar. Finalmente, el auto se detiene frente al hotel. Vincenzo sale sin una palabra, sin siquiera un vistazo hacia atrás. Permanece impasible, esperando a que yo salga, el conductor, en un gesto de amabilidad distante, se acerca a abrir mi puerta. Me ayuda a salir, igual que lo hizo cuando entré, porque el vestido que llevo es como una trampa en sí misma, restringiendo mis movimientos, una alegoría de esta nueva vida. Al entrar al hotel, la opulencia y el brillo de la decoración me resultan abrumadores, casi ahogantes. Vincenzo sigue adelante, y en cuanto cruzamos las puertas principales, noto a dos mujeres esperando cerca de la entrada, observándome con una mezcla de curiosidad y expectativa. Bianca y Francesca, la hermana y la madre de Vincenzo. Apenas las reconozco de la iglesia, donde su presencia fue un destello fugaz, y me recuerdo a mí misma en aquel momento, cuando Vincenzo las presentó brevemente antes de subirnos al auto. Francesca, elegante y digna, me observa con ojos críticos pero suaves, mientras que Bianca, más joven, parece estudiar cada detalle de mí como si quisiera juzgar la elección de su hermano. Ambas se acercan y, sin perder la compostura, Francesca me dedica una pequeña sonrisa, que parece más una formalidad que una verdadera muestra de afecto. -Anastasia, querida, ven con nosotras -me dice Francesca con una voz tan suave como firme-. Te ayudaremos a cambiarte para que te sientas más cómoda en la recepción. Asiento en silencio, permitiéndome un último vistazo hacia donde se encuentra Vincenzo, solo para verlo nuevamente absorto en su propio mundo, distante, indiferente. Entonces, me vuelvo hacia ellas y las sigo, sintiéndome como una extraña en este entorno, atrapada entre alianzas familiares que aún no entiendo y un futuro que me da más miedo del que me atrevería a admitir. El ascensor sube lentamente, envolviéndonos en un silencio espeso y tenso que se hace casi insoportable. Francesca y Bianca se mantienen a cada lado mío, formando un triángulo extraño de miradas que evitan cruzarse. Siento el peso de sus expectativas, la distancia que parece haber entre nosotras, aunque físicamente estamos tan cerca. Las paredes de metal pulido reflejan nuestro mutismo, como si el ascensor en sí entendiera que somos tres desconocidas atrapadas en una situación de protocolo y formalidades. Finalmente, Bianca rompe el silencio, tal vez tratando de suavizar la atmósfera asfixiante. -¿Así que te gustó la ceremonia, Anastasia? -me pregunta con una sonrisa tensa-. Todo se organizó muy rápido, pero creo que salió bien, ¿no? La miro, intentando encontrar alguna calidez en su expresión, alguna señal de que al menos una persona en esta familia no me observa con desconfianza. Pero antes de que pueda responderle, Francesca interviene, cortando la conversación con una voz fría y autoritaria. -No estamos aquí para hablar de superficialidades, Bianca -dice, con una mirada dura que se posa en mí como una daga-. Hay algo mucho más importante que Anastasia debe entender desde el principio. La tensión en el aire se multiplica, y Bianca baja la mirada, resignada. Me quedo en silencio, mirando a Francesca con una mezcla de desconcierto y cautela. Ella da un paso hacia mí, sus ojos reflejan una autoridad implacable, una demanda de obediencia que deja claro quién tiene el control en esta situación.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD