Espía.

1253 Words
—Es hora, Anastasia —dice, su voz firme, sin rastro de emoción. Se acerca y su voz, baja y grave, rompe el silencio con esa autoridad inquebrantable que siempre me ha hecho callar, obedecer. Me observa fijamente mientras sus palabras caen como una orden, no como un consejo. —Escúchame bien, Anastasia —dice con firmeza, su tono tan frío que parece cortar el aire—. Desde este momento en adelante, tendrás que comportarte como la esposa de Vincenzo. Eso significa obedecerlo, seguir sus órdenes… y, sobre todo, no hacerlo enojar. Vincenzo es un hombre al que no le gusta que lo desafíen. Te quiero tranquila, dócil. ¿Entiendes? Asiento, sin atreverme a desviar la mirada. No puedo demostrar lo que realmente siento. Por dentro, cada una de sus palabras me provoca un nudo en el estómago, una resistencia silenciosa que lucho por contener. Pero mis años bajo su sombra me han enseñado a no mostrar nada, a enmascarar mis emociones hasta que ni siquiera yo misma las reconozca. No quiero darle la satisfacción de ver mi desagrado, mi miedo, mi rabia contenida. Así que mantengo la máscara, quieta, inmutable. —Vas a mantenerme informado de cada movimiento que haga Vincenzo, de todo lo que veas y escuches —continúa con esa dureza característica—. He colocado un teléfono en tu maleta. Lo tendrás escondido y solo lo usarás cuando estés sola, sin que él lo sepa. Tienes una responsabilidad hacia tu familia, Anastasia. No se te olvide a quién le debes todo. Cada palabra suya es como un peso adicional sobre mis hombros. Quiere que me convierta en sus ojos y oídos dentro de la casa de Vincenzo, que me infiltre, que sea una pieza de su juego. Todo en mí se retuerce ante la idea, cada célula rechaza esa orden silenciosamente, pero no puedo contradecirlo. Sé lo que implica desobedecer a mi padre, sé el costo de su ira. La dureza en su mirada, esa falta absoluta de compasión me recuerda que para él solo soy una extensión de su poder, una herramienta para sus fines. —Sí, papá —murmuro, manteniendo mi voz firme, sin rastro de duda. Él asiente, satisfecho, como si mi obediencia fuera algo natural, como si no hubiera otro camino posible. Pero sus palabras y órdenes resuenan en mi mente. La jaula se cierra un poco más. Pero en mi interior, todo es un caos. La idea de tener que servir a sus intereses y vigilar a Vincenzo me llena de un rechazo profundo. Pero él jamás sabrá lo que siento. Soy una Volkov, y, aunque esta sumisión me asfixie, he aprendido a enterrar mis pensamientos más profundos. Mi estómago se retuerce. No tengo otra opción. Mi padre extiende el brazo y, aunque todo en mí rechaza el contacto, no tengo más opción que tomarlo. Mi mano se apoya en su brazo con una rigidez que traiciona lo que siento. El contacto me resulta extraño, incómodo; casi puedo sentir el peso de su poder irradiando a través del traje, envolviéndome en esa red invisible de control que ha tejido desde que tengo memoria. Avanzamos juntos, saliendo del cuarto de la novia hacia el pasillo. Cada paso que damos me hace sentir que llevo cadenas. Mi cuerpo se tensa, mi corazón late con fuerza en el pecho, pero mis pies siguen avanzando, como si fuera una marioneta. La luz de la iglesia es tenue, pero suficiente para que vea a los invitados que se alzan de sus asientos cuando aparecemos. Hay más personas de las que imaginé, muchas más para una ceremonia planeada de manera tan repentina. Me invade una sensación de desconcierto, una duda que se instala en mi mente. ¿Habrán Vincenzo y mi padre orquestado esto mucho antes de lo que me dijeron? ¿Acaso fui la última en enterarse de esta unión, mientras ellos ya planeaban cada detalle? La idea me atraviesa como una puñalada, dejándome con una sensación de impotencia que me es imposible ignorar. Entonces lo veo. Vincenzo está al final del pasillo, al lado del Padre, esperándome. Su presencia es imponente, y algo en su mirada de acero parece clavarse en mí incluso a esta distancia. Siento que todo el aire se me escapa y mis piernas amenazan con no responder. Mi cuerpo se congela, paralizado, como si la imagen de él me atrapara, como si algo en sus ojos oscuros adivinara cada uno de mis miedos y dudas. — Avanza —susurra mi padre, apretando su brazo en el mío, su tono bajo pero firme, instándome a no mostrar debilidad. Sigo su orden automáticamente, enderezándome y respirando profundo. Vuelvo a poner un pie delante del otro, recuperando la compostura, aunque siento que estoy avanzando hacia una jaula cuyas puertas se están cerrando inexorablemente. Cada paso que doy es un paso menos hacia cualquier libertad que alguna vez soñé. Puedo sentir las paredes de esta prisión acercándose, sofocándome, rodeándome con cada paso que me acerca a él. Al mirar a ambos lados, la escena me resulta casi surrealista. A mi izquierda, los invitados italianos, con sus miradas duras y evaluadoras. A la derecha, los rusos, mi familia, mis raíces. La iglesia parece dividida como un mar en dos bandos, cada uno en su propio espacio, marcando la línea invisible de una alianza frágil y calculada. No hay unión aquí, solo una tregua forzada. Soy el símbolo de esa paz; no más que una moneda de cambio entre estas dos fuerzas que jamás se mezclarán realmente. A cada paso, siento la intensidad de la mirada de Vincenzo. Es como si estuviera midiendo cada uno de mis movimientos, cada una de mis dudas, y su presencia se convierte en una sombra aplastante que me envuelve. Mis manos tiemblan ligeramente, y aunque intento disimularlo, es imposible ignorar la realidad: he llegado al final de mi camino. No hay escapatoria, no hay vuelta atrás. Él está ahí, esperándome como el guardián de mi destino. Finalmente, nos detenemos. Levanto la vista y lo miro, tratando de encontrar algo, cualquier signo de humanidad. Pero en sus ojos solo veo la certeza de su poder, de su control. La puerta de mi jaula se cierra de golpe. Y yo soy la prisionera. Llegamos al altar, y Viktor toma mi mano entre las suyas, pasando un segundo de más para fijar sus ojos en los míos, como recordándome que no debo fallar. Luego, extiende mi mano hacia Vincenzo, quien la toma sin dudar. Su piel es cálida y áspera contra la mía, y el peso de sus dedos parece cerrar todas las salidas. Mis dedos están helados. Puedo sentir el pulso acelerado en las muñecas, ese golpeteo constante que me recuerda que sigo viva… aunque, mientras observo a Vincenzo de pie a mi lado, no estoy tan segura de cuánto me queda de vida realmente. Los murmullos de los asistentes se apagan mientras el Padre se coloca entre nosotros, elevando una mano para iniciar la ceremonia. Sus palabras resuenan en la bóveda de la iglesia, palabras antiguas, llenas de solemnidad, como si de verdad creyera que está uniendo nuestras almas en algo tan puro como el amor. Habla de entrega, de fe, de esperanza y compromiso, como si el peso de esas palabras pudiera moldearnos, como si el significado de sus oraciones pudiera transformar esta unión en algo real. Pero yo sé la verdad. Aquí, en este mundo de sombras y poder, el amor es solo una palabra vacía, una herramienta que usamos como máscara.
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