Me encontraba sola en el cuarto de la novia, rodeada de un silencio abrumador que acentuaba la intensidad de mis pensamientos. El aire olía a flores frescas y a incienso, un aroma que normalmente asociaba con momentos de paz, pero que en ese momento parecía burlarse de mí. Me miré al espejo, atrapada en mi propio reflejo, preguntándome si realmente era yo la mujer que veía allí. La imagen que me devolvía el espejo me resultaba extraña y ajena.
Llevaba un vestido blanco de encaje, ajustado en la cintura y con una caída suave que tocaba el suelo. Mi cabello rojizo caía en suaves ondas sobre mis hombros, una cascada de fuego que contrastaba con la palidez de mi piel. Mis ojos, generalmente llenos de vida y curiosidad, reflejaban ahora una mezcla de miedo y resignación. Los labios rojos resaltaban en mi rostro, enmarcando una expresión de duda que ni siquiera el maquillaje podía ocultar. Era hermosa, sí, pero detrás de esa belleza había una tristeza profunda y latente.
Tragué con fuerza, sintiendo el peso de la decisión que otros habían tomado por mí. Vincenzo. Apenas había visto a ese hombre una vez, y fue un encuentro tan breve que no pude distinguir en él nada más allá de la frialdad de sus ojos y la firmeza de su voz. Y, sin embargo, en apenas unos minutos, estaría caminando hacia el altar para convertirme en su esposa, en una alianza que no había pedido, pero que, al parecer, no podía rechazar. No podía evitar preguntarme cómo sería el resto de mi vida junto a alguien que me era casi un desconocido.
Miré a mi alrededor, buscando algo que pudiera ofrecerme consuelo. Las paredes estaban decoradas con flores blancas y doradas, y las sillas estaban cubiertas con telas delicadas, pero no había nada allí que lograra calmar mi corazón acelerado. Era una prisión disfrazada de elegancia, un escenario construido para atar mi destino al de un hombre que apenas conocía.
Pensé en mi madre, en cómo le habría encantado estar allí conmigo, sosteniéndome la mano y recordándome que no estaba sola. Pero mi madre se había ido hacía siete años, llevándose con ella la única fuente de amor y apoyo que había conocido. Desde entonces, mi padre había llenado el vacío con decisiones cada vez más calculadas y frías, culminando en el compromiso con Dmitry hace tres años y, ahora, en este matrimonio con Vincenzo. Todo por alianzas, por poder, por una brutal necesidad de mantenerse al mando.
Yo no era más que una pieza en su tablero, y hoy era el día en que mi movimiento final se ejecutaba.
Me preguntaba si Vincenzo estaría sintiendo algo, cualquier cosa, al respecto.
¿Le importaría en lo más mínimo?
Él ni siquiera había tenido la decencia de verme desde aquel primer encuentro. No habíamos intercambiado palabras ni números. Era como si para él, yo fuera una tarea más que cumplir, un deber del que deshacerse cuanto antes.
Acaricié el borde de mi vestido, intentando calmarme, pero el peso del anillo que pronto llevaría en mi dedo me resultaba tan opresivo que casi me faltaba el aire.
La caja, pequeña y elegante, parece burlarse de mí desde su lugar en el tocador. Lleva días haciéndolo, tres días en los que apenas he dormido, en los que apenas he sido capaz de mirarla sin sentir el peso de lo que significa. Aún recuerdo la frialdad con la que mi padre le ordenó al sirviente que lo dejara en mi habitación, como si fuera un simple objeto y no la cadena que me atará al hombre que ahora espera, allá afuera, para sellar mi destino.
El anillo con la esmeralda me espera, inquebrantable. No lo he tocado desde que apareció en mi vida, tan intimidante y dominante, como él. No he tenido el valor de deslizarlo en mi dedo ni una sola vez. Ni siquiera para ver si encaja. Algo dentro de mí se aferra a esa pequeña rebelión: negarme a ponérmelo es mi último acto de resistencia. Pero aquí estoy, atrapada en este cuarto de novia, con los labios maquillados y el vestido blanco envolviéndome como un sudario. No hay escape. Ya no puedo retrasar más lo inevitable.
Mis dedos tiemblan cuando al fin lo tomo. La piedra esmeralda brilla, un verde profundo que me recuerda a mis propios ojos. Hay algo cruel en la coincidencia, como si él hubiese elegido este color adrede, como si cada vez que mire esa piedra él se asegurara de que no puedo escapar, ni siquiera de mí misma. Vincenzo sabía perfectamente lo que hacía, y eso me revuelve el estómago. Esta joya no es una promesa de amor, es su marca, su sentencia.
Mientras observo el anillo en mi palma, siento cómo algo frío se esparce por mi interior. Acaricio el borde de la piedra con el pulgar y me invade una tristeza amarga.
¿Cómo llegué a esto? ¿Cómo se redujo mi vida a una joya que simboliza mi pérdida de libertad?
Respiro hondo, intentando que el aire alivie el nudo en mi pecho. Aprieto los labios y levanto la mano, temblorosa, casi en cámara lenta. Sé que, en el momento en que lo deslice sobre mi dedo, ya no habrá vuelta atrás. El metal frío se desliza suavemente, encajando con una perfección que me resulta irónica. Es como si el anillo supiera que, al igual que yo, no tiene otra opción.
Observo mi mano, mi nuevo reflejo. La esmeralda brilla, imponente, y no puedo evitar sentir que su luz opaca la mía, que es ahora el único destello permitido en mi vida. Trago el nudo en la garganta, y, por un instante, cierro los ojos, deseando desesperadamente que al abrirlos todo esto sea solo una pesadilla.
Pero no lo es.
Intento apaciguar la tormenta que rugía dentro de mi pecho. Estaba aterrada. Aterrada de lo que vendría después de cruzar esas puertas, de lo que significaría ser la esposa de Vincenzo Salvatore, de lo que significaría formar parte de su mundo oscuro y despiadado. Pero también estaba aterrada de no tener otra opción, de que mi vida entera estuviera siendo definida por decisiones que yo no había tomado, por un camino que otros me habían obligado a recorrer.
Abrí los ojos y me miré una vez más. Esta era yo, una mujer atrapada entre lo que era y lo que se esperaba que fuera. Una esposa. Una prisionera de alianzas y convenios. Pero, aunque mi reflejo mostraba a una mujer que parecía a punto de quebrarse, sabía que no me permitiría hacerlo. Si tenía que enfrentarme a este destino, lo haría con la cabeza en alto, con la dignidad que me quedaba.
Tomé aire, alisé mi vestido y me preparé. Aunque me doliera, aunque temblara por dentro, sabía que no permitiría que nadie viera mis miedos. Hoy, sería la esposa que me exigían ser. Y si alguna vez lograba recuperar mi libertad, sería por mi propia fuerza y determinación.
El espejo en el cuarto de la novia me devuelve la imagen de una desconocida. Mi reflejo, vestida de blanco, pálida, con la respiración contenida. Apenas puedo sentir mis pies en el suelo cuando Viktor entra en la habitación. Un hombre que ha moldeado su mundo a base de control y fuerza bruta.
Su mirada fría, calculadora, me recorre de pies a cabeza, evaluando cada detalle, como si yo fuera una pieza más en su colección. Aún no he terminado de asimilar todo lo que está a punto de suceder, pero él no parece tener ni un ápice de duda. Su expresión es fría y seria, como siempre, pero en sus ojos veo la impaciencia de quien desea concluir un negocio.