Mi madre me mira de reojo, preocupada pero en silencio.
- No -frunzo el ceño, fastidiado por la insinuación -. Esto no tiene nada que ver con eso, Bianca -mi tono es frío, seco -. Es un simple acuerdo. Negocios.
- Negocios... ¿Te vas a casar sin amor, Vincenzo? ¿De verdad crees que eso va a funcionar? Esto no es solo una transacción. Estás jugando con la vida de una persona -sacude la cabeza, disgustada.
- En mi mundo, el amor no tiene cabida -replico, manteniendo mi mirada fija en ella -. Este matrimonio es una alianza estratégica, nada más. Los sentimientos no entran en juego.
- ¿Y ella? -Bianca me lanza una mirada desafiante -. Quizás la hija de Volkov sí está esperando algo más que un simple acuerdo. Quizás ella está esperando amor, una vida real.
- No es mi problema lo que ella espera -mi respuesta es inmediata, implacable -. En nuestro mundo, una cosa como el amor es lo último que debería esperar. La realidad es mucho más dura, y ella lo entenderá muy pronto.
Bianca me mira fijamente, buscando alguna señal de duda en mis palabras, pero no la encuentra. Estoy seguro de mi posición, de lo que esto significa para nuestra familia y para nuestro futuro. Esto no es sobre lo que quiero, o lo que Anastasia Volkov quiera. Es sobre lo que es necesario.
- Sé que no te gusta, pero es lo que debe hacerse -le digo, terminando la conversación -. Y lo haré. No hay más que decir.
- ¿Y la chica? -pregunta en voz baja-. ¿Qué piensa de todo esto? -Mi madre camina hacia mí, más cerca ahora, sus ojos buscando alguna señal de que esto tiene sentido.
La imagen de Anastasia aparece en mi mente: sus ojos llenos de miedo y desafío, la forma en que su cuerpo intentaba no ceder a la presión. Sé que no quiere esto, pero tampoco tiene una opción. Ninguno de los dos la tiene.
- No está contenta, pero eso no importa. Como tampoco me importa a mí. Ambos sabemos que esto es lo que hay que hacer.
Me observa, su expresión se suaviza solo un poco, pero la dureza sigue allí. Conoce esta vida mejor que nadie.
- No me gusta -admite-. Estas alianzas rara vez salen bien. ¿Qué sabes de ella, Vincenzo? Aparte de que es la hija de Volkov.
- No importa lo que sepa de ella. Lo que importa es lo que significa para nosotros. Esta alianza nos fortalece. Los Volkov necesitan tanto esta unión como nosotros.
Bianca, siempre la más emocional, me mira fijamente, desafiante.
- ¿Y qué hay de ti? -pregunta con dureza-. ¿Estás dispuesto a vivir con alguien que no quiere estar contigo?
Sus palabras me golpean más fuerte de lo que esperaba. No es una cuestión de lo que quiero o de lo que Anastasia quiere. Esto no tiene nada que ver con deseos.
- Eso es irrelevante -respondo, tratando de mantener la voz firme-. En tres días, seremos marido y mujer. Y aprenderá a adaptarse, igual que yo.
- Tres días... -murmura mi madre, más para ella misma que para mí-. ¿Por qué tan pronto?
- ¿Es una broma? -Bianca no me deja responder antes de lanzar otra pregunta, casi histérica-. ¡Tres días no es tiempo suficiente ni para organizar una boda, y mucho menos para procesar que te estás casando con la hija de Volkov! ¿Qué demonios pasa por tu cabeza? -me mira con incredulidad.
- Vincenzo, explícanos qué está pasando. Tres días es una locura, incluso para ti -la secunda mi madre, sé que su mente está procesando cada palabra, cada implicación.
Siento el peso de sus miradas sobre mí, como si ambos estuvieran tratando de descifrar en qué momento tomé esta decisión. Lo sé, es una reacción extrema, pero no había otra opción.
- Es parte del acuerdo -digo, midiendo mis palabras-. Viktor quiere que la boda sea cuanto antes para sellar la alianza. Cuanto más rápido se haga, menos tiempo tendrán nuestros enemigos para reaccionar.
Bianca deja caer las manos y me mira como si no pudiera creer lo que está escuchando.
- Esto no es un maldito contrato de negocios, Vincenzo. Estamos hablando de una boda, de tu vida, de la de ella. No puedes simplemente... -se interrumpe, sacudiendo la cabeza-. No puedes hacer esto tan rápido.
- Hijo, lo que Bianca intenta decir, aunque de una manera un tanto brusca, es que esto no parece prudente. ¿Estás seguro de que esto es lo mejor para todos?
Respiro hondo, sabiendo que cualquier respuesta que les dé no será suficiente para apaciguar sus preocupaciones.
- No hay elección. Esto es lo que debe hacerse -respondo con firmeza-. Tres días es lo que tenemos, y nos guste o no, debemos actuar.
Bianca me lanza una última mirada furiosa, antes de girarse y salir del salón de un tirón, dejándonos a mi madre y a mí en el silencio que ella siempre ha manejado mejor.
La sala queda en un silencio incómodo. Mi madre me mira con esa mezcla de orgullo y preocupación que siempre he visto en sus ojos desde que tomé el control. Sé que no está de acuerdo, pero entiende que esto es lo que tiene que suceder.
Finalmente, mi madre suspira, alzando la barbilla con esa dignidad que siempre la ha caracterizado.
- Solo espero que sepas lo que estás haciendo, Vincenzo. Esta decisión no solo te afecta a ti, afecta a Vittoria, a todos nosotros.
Asiento, apretando los puños. Sé que tiene razón, pero el camino ya está trazado.
- Lo sé, mamá -en tres días, me casaré con Anastasia Volkov, y eso sellará nuestro destino, para bien o para mal -. Créeme, lo sé.
Vittoria baja las escaleras en ese momento, llevando su pequeña mochila, y el aire se siente más pesado, como si el futuro de nuestra familia se hubiera sellado en ese instante.
- Vamos -le digo a Vittoria, tomando su mano -. Es hora de irnos.
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El trayecto de regreso fue silencioso. Mantenía la mirada fija en el paisaje, pero mi mente estaba enredada en una maraña de pensamientos. A mi lado, Vittoria iba absorta en su muñeca, ajena, aparentemente, a las decisiones que tomé y que van a transformar nuestras vidas sin que ella lo supiera aún.
Ella estaba en paz, y por un momento dudo.
¿Sería prudente decirle ya?
¿Debería explicarle que en tres días habría alguien nuevo en la casa, alguien que cambiaría nuestras rutinas y nuestros momentos juntos?
Siento un nudo en el pecho; no había palabras que me parecieran correctas.
Llegamos a la mansión, y tan pronto cruzamos el umbral, Vittoria corrió hacia su habitación de juegos, donde todo era suyo y nada podía perturbarla. La veo desaparecer tras la puerta, y luego de un suspiro profundo me dirigo a mi oficina.
Una vez en mi escritorio, trato de distraerme con cualquier documento que encontrara a mano, pero la decisión se repetía en mi cabeza como un eco insistente: debía decirle. Era mejor que escuchara de mí la noticia, con palabras sencillas, antes que las cosas cambiaran de golpe y ella se sintiera traicionada.
Finalmente, después de darle vueltas al asunto y respirar hondo, me dirigo a la habitación de juegos. La encuentro en su mesita de dibujo, absorta en lo que está haciendo.
Sin hacer ruido, tomo una de las pequeñas sillas y me siento a su lado. Vittoria apenas me mira un segundo y vuelve a concentrarse en su dibujo. Busco las palabras, pero no sé cómo empezar. Respiro despacio, buscando el modo adecuado de abordar el tema, pero las palabras se me atascaban en la garganta.
¿Cómo le decía algo así a una niña de cinco años? Frente a mis hombres, daba órdenes sin titubeos; sin embargo, hablar con mi hija pequeña se me hacía extrañamente complicado. Vittoria parecía notar mi incomodidad.
- Papá... -me llama con esa suavidad que me hace detener todo - ¿Te vas a casar? - preguntó de repente sin despegar la vista de su dibujo.
La pregunta me toma por sorpresa. Me pregunto cómo llegó a esa conclusión. Tal vez lo escuchó cuando hablaba con mi madre y Bianca.
Respiro profundo, buscando las palabras correctas. No quiero mentirle, pero tampoco puedo lanzarle la verdad completa.
- Sí, Vittoria, voy a casarme -le digo con cuidado, sin quitar la vista de ella -. Será pronto.
- ¿Con quién? -pregunta, ladeando un poco la cabeza. Su voz sigue siendo suave, deja el lápiz y me mira, hay una atención aguda en sus ojos.
- Con la hija de un socio -no estaba diciendo toda la verdad, pero tampoco le mentia.
- ¿Y ella... va a vivir aquí? ¿Con nosotros?
- Sí, ella vivirá con nosotros -trato de sonar firme y tranquilizador-. Será parte de nuestra familia.
Baja la mirada, dibujando círculos en su hoja.
- ¿Pero por qué? ¿No estamos bien solos? ¿Por qué necesitamos a alguien más?
- Lo estamos, claro que lo estamos- respiro, tratando de explicarlo -. Pero a veces las familias crecen, Vittoria. A veces, nuevas personas vienen a acompañarnos para cuidarnos y apoyarnos.
- ¿Pero no la conocemos, papá? ¿Y si es... como un extraño? -Vittoria me mira de reojo, con preocupación.
- Es una extraña ahora, sí. Pero poco a poco, sé que se va a volver alguien importante para nosotros. Y tú no tienes que preocuparte, porque nada entre nosotros va a cambiar.
Ella se queda en silencio unos segundos pensándolo.
- ¿Ella va a entrar a mi cuarto? -Sonrío un poco.
- Solo si tú quieres. Nadie va a cambiar tus cosas ni a estar en tu espacio, ¿de acuerdo? -Vittoria asiente, aunque parece algo dudosa.
- ¿Y si no me gusta? -pregunta en un murmullo-. ¿Puedo pedirle que se vaya?
- No tendrás que pedirle que se vaya -le tomo la manita, acariciándosela con suavidad -. Solo quiero que la conozcas, que le des una oportunidad. Nadie va a ocupar mi lugar contigo. Yo siempre seré tu papá y siempre estaré aquí para ti.
- ¿Me lo prometes, papá? -me mira, sus ojitos buscando algo en mi expresión.
- Te lo prometo, Vittoria. Nada va a cambiar entre nosotros -ella suspira y vuelve a su dibujo, aunque aún algo insegura.
- Está bien, papá... la conoceré. Pero no prometo que me guste -sonrío y le doy un beso en la frente.
- Eso es suficiente para mí, pequeña.
- ¿Y tú... la quieres, papá? -la pregunta me golpeó como un puñetazo en el estómago.
Vuelve a mirarme muy atenta a mi respuesta.
- Ella vendrá a ayudarnos a ser una familia más fuerte -siento un peso en el pecho -. Y eso... me gusta mucho.
Vittoria vuelve a bajar la mirada y comienza a jugar con la esquina de la hoja.
- Pero... ¿Y si no le gusto?
- No tienes que preocuparte por eso. Ella va a quererte, estoy seguro -le acaricio el cabello, deseando que mis palabras la consuelen.
- ¿Seguro que no puedo decir que no? -esbozo una sonrisa triste
- Si no te gusta... pero solo una -Vittoria volvió al dibujo, como si intentara procesar aquella idea en su pequeño mundo.
Siento una punzada de preocupación, pero sé que no hay mucho más que decir en este momento. Este matrimonio iba a ser un cambio para ambos, pues Anastasia era una completa desconocida, incluso para mí.