Me asignaron un nuevo hogar.
No estoy emocionada, no es mi hogar real. Estaré con extraños, un señor y una señora a los que no he visto, como si se tratara de una sorpresa.
Mis referencias sobre ellos no eran vagas. Una pareja de esposos que acogían adolescentes por un periodo de tiempo y al cumplir la mayoría de edad, debían marcharse. Se encargaban de pagar la colegiatura y de educarlos en un espacio de felicidad.
Claro, como cualquier hogar normal, término ajeno a mí.
Me acerco con mi maleta, mi cabello rojizo revolotea sobre mi rostro como un tornado de fuego, horrible. Lo recojo en una coleta maltrecha y espero con la supervisora a que los supuestos padres salgan a conocerme.
El entorno luce bastante amistoso, suburbios para familias sacadas de catálogos de fantasía.
Minutos después aparecen en escena. La pareja que va a acogerme como si fuera su hija.
Siento el calor en mis mejillas, el causante es el hombre que se aproxima con un porte delicioso. Madre santa, es alto, corpulento, sus ojos canela calcinan mi piel pecosa. Las puntas de su cabello hacia arriba, n***o, con algunas canas asomándose entre sus hebras.
Lleva una camisa gris que se ajusta de maravilla a sus brazos musculosos, pantalones de jean desgastados y zapatos deportivos.
Soy consciente de que luzco terrible. Una chamarra desgastada, jeans desteñidos, tenis a punto de desbaratarse. Quiero esconderme y presentarme con algo más presentable. Quiero que ese hombre, que será mi padre por los próximos dos años, tenga una mejor apreciación de mí.
Ya no soy una niña, dejé de serlo a los diez años.
Eso, creo que ya lo sabe. Espero que eso no le importe, aprendí a vivir con las cicatrices de aquellos días. Ahora, a mis dieciséis, trato de sobrellevarlos lo mejor que puedo.
La mujer que lo acompaña es más baja, delgada, cabello castaño, ojos enormes y verdosos. Lleva una expresión tranquila y dulce, como se esperaría de una madre cariñosa.
Me sonríe y trato de imitarla, pero todo lo que hago es ver a esa aparición que será mi padre y me pregunto si tienen sexo con mucha frecuencia. Debe estar bien follada y satisfecha, si estuviera en su lugar, yo lo estaría.
—Ella es Elizabeth. Está encantada de conocerlos.
—Es un gusto conocerte—Su voz profunda y poderosa, digna de un hombre fuerte, me hace estremecer.
Quiero escuchar su voz todos los malditos días de mi vida.
—Igualmente—me limito a responder, sonrojada.
—Estarás como en casa—dice la mujer —. Soy Mary y él es Dominik.
Dominik... amo su nombre.
Después de unos minutos de charla barata, la supervisora me deja con ellos. Me preguntan mi edad, mi fecha de cumpleaños, lo que me gusta, lo que me molesta. Intentan conocerme, a lo cual respondo más elocuente de lo habitual. Quiero que él me conozca, quiero que sepa lo que me gusta, y quiero conocerlo, enterarme de su vida y sus detalles.
No puedo dejar de mirarlo, de perfil sigue siendo atractivo. Nariz pequeña, labios delgados, barbilla firme, trasero redondo.
Me sorprende devorándolo con la mirada, pero se limita a sonreírme sin ninguna maldad o exhortación de por medio. Si tan solo supiera que quiero que se escabulla por las noches, separe mis piernas, entierre su rostro y devore mi coño hasta que me corra, me regresaría como paquete roto.
Porque sí, estoy rota, y fantaseo con las mismas cosas que hacía mi abusador.
Ese hombre entraba a mi habitación, me follaba con sus dedos y luego terminaba sobre mí. Así empezó todo.
Por eso estoy aquí, porque soy una más del sistema abusada y follada por un familiar.
Al final del día, estoy en mi habitación. Un espacio al que debo personalizar, tal como ellos desean que haga para que llame a esto mi hogar.
Me coloco mi pijama compuesta por una blusa de tiras que me permite apreciar las pecas sobre mis pechos, un short de tela fina que revela mis piernas pálidas.
Me coloco boca abajo, dirijo una mano a mi pecho y lo amaso, luego llevó la otra a mi clítoris. Primer día con mi nueva familia y me estoy tocando. Pienso en Dominik, en sus enormes manos colándose entre mi ropa interior, sus dedos jugando con mi botón, sus labios chupando mis senos. Imagino su dedo introduciéndose en mi coño jugoso y empapado, en su v***a dura y caliente rozando mi trasero. Imagino sus labios sobre mi cuello, viajando hasta encontrar mi boca en un beso demoledor.
Muevo mis dedos alrededor de mi clítoris, aprieto mi pezón y amortiguo un grito contra la almohada, invocándolo.
Lo deseo, quiero ser suya