El rojo atardecer a través de la ventana brilla como el fuego en la oscuridad de sus pupilas, recordándome lo tarde que se hace, lo pronto que voy a tener que irme. Pero me llevaré el recuerdo de esos ojos cuando me vaya, la forma en que me están mirando ahora. Se me pone dura sólo de pensar en sus ojos sin importar dónde esté o con quién esté, pero no me importa. Joder si eso no es la verdad. Trato de contenerme un poco más, de ejercer ese mismo control que uso cada día en mi trabajo. Pero ella añade, con una voz tan cargada de deseo que cada palabra parece un candado más uniéndonos: —Tu semen, papi. Lo necesito dentro de mí... Y estoy acabado. —Ahora. Nena, ahora, otra vez, córrete conmigo. — Exploto, mis pelotas se agarrotan y bombean mi caliente liberación en su pequeño cuerpo de

