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EL VAGO MÁS RICO DEL MUNDO

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Blurb

Mateo Ruiz es un programador madrileño pobre y apático sin perspectivas de futuro. Un fallo en su portátil activa un sistema cuántico oculto heredado de un proyecto científico prohibido, que le permite generar ingresos pasivos mientras descansa y lleva una vida relajada como un vago. Poco a poco se convierte en millonario, ayuda a los vecinos humildes de su barrio, se enamora de Lucía y lucha contra una corporación criminal que intenta robar el secreto del sistema. Al final renuncia a la riqueza fácil para preservar sus valores y construye una vida plena basada en el amor y la amistad.

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Capítulo 1 · El chico de la ventana al patio
El móvil vibró cuarenta y siete veces antes de que Mateo abriera los ojos. Cuarenta y siete mensajes de Inés. El último era un audio de w******p que empezaba con un suspiro y terminaba con una amenaza: —Mateo. Son las ocho. El cliente nos ha mandado un burofax. Si no presentas algo decente hoy, te juro por mis muertos que estás en la calle. Y tu madre llamó ayer preguntando por qué no le has mandado lo del mes. Así que ya me estás arreglando el algoritmo, que bastante tengo yo con hacer de psicóloga, de jefa y de tu madre sin serlo. Mateo parpadeó. La claridad que entraba por la ventana era sucia, de patio interior. En el techo, la mancha de humedad seguía teniendo forma de la península ibérica —con Portugal incluido, si entrecerrabas los ojos—. Llevaba dos años prometiéndose que la arreglaría. No había hecho nada. Como con todo en su vida. Buscó el móvil a tientas y vio lo que ya sabía que iba a ver: cuarenta y siete mensajes sin leer, tres llamadas perdidas de su madre, y el saldo del banco: 43,27€. El alquiler vencía en cinco días. La nevera tenía medio brick de leche y un tupper con algo que ya no se podía identificar. —Vale —dijo en voz alta, a nadie en particular—. Otro día de mierda. Se incorporó arrastrando los pies. La resaca le latía en la nuca como un segundo corazón. Anoche estaba terminando una demo para Compralia, copiando código de un repositorio cutre —de esos de las tres de la mañana, de esos de «descarga aquí, confía en mí, no es virus»—, compilando sin limpiar la caché porque total, qué más daba. Luego una luz blanca. La pantalla del portátil echando humo. Y luego nada. Agarró el móvil para ver la fecha. Parpadeó. La volvió a mirar. 17 de marzo de 2025. Ayer era 2023. Ayer tenía veinticinco años. Ayer lo único que le preocupaba era que Inés le echara la bronca por llegar tarde y que su madre le preguntara si había comido. —Esto no es normal —dijo. Se pellizcó el muslo. Le dolió. Se pellizcó otra vez. Seguía doliendo. Fue al baño —esquivando al profesor interino, su compañero de piso, que salía en calzoncillos camino de la cocina— y se echó agua en la cara. El espejo le devolvió la misma imagen de siempre: un chico de veintisiete años con barba de tres días, camiseta gris del mercadillo del Rastro —tres por cinco euros—, y cara de no haber dormido. Pero había algo más. En la esquina superior derecha de su campo visual, una línea verde neón parpadeaba. Como un HUD de videojuego. Como esas pantallas de Iron Man. Pero en sus retinas. En su cerebro. —Estoy colocado —dijo. Y entonces la línea escribió: [Sistema iniciándose...] [Estado actual: Cultivo Nivel 1 — Fase inicial] [Errores detectados: muchos. No me hagas contarlos] [Soy tu creación. Bueno, técnicamente soy la iteración 47 de un proyecto que no debería existir. Pero los detalles legales son aburridos. Llamame Sistema] Mateo se quedó mirando las palabras flotantes. —¿Sistema? ¿Qué clase de broma es esta? [Negativo. No es una broma. Aunque la pizza de anoche tenía pinta de ser una broma de mal gusto] [Y no, no estás colocado. Aunque tu nivel de cafeína en sangre sugiere que deberías estarlo menos] Se pellizcó otra vez. Se lavó la cara otra vez. La línea verde seguía allí, impasible, parpadeando como un anuncio de cerveza en una retransmisión de fútbol. —Vale —dijo al espejo—. O estoy en un brote psicótico, o me ha pasado algo muy gordo. [Un poco de las dos cosas, si te soy sincero. Pero la segunda opción es más interesante] Se vistió con lo de siempre: la misma camiseta gris de antes —no se había manchado—, pantalones de chándal, y las chanclas de imitación Croc que llevaba usando desde hacía dos años y que tenían un agujero en la suela por el que se le colaba el agua cuando llovía. En el espejo del ascensor —que hoy sí funcionaba, milagro— se miró y pensó que no parecía un viajero interdimensional. Parecía un pringado cualquiera. Pero con una línea verde en la cabeza. El barrio ya estaba en marcha. La calle Embajadores olía a churros, a tubo de escape y a esa mezcla inexplicable de Lavapiés que era mitad fritura y mitad multiculturalidad. El carnicero ecuatoriano colocaba el género. La peluquería de señoras tenía dos clientas con el cartón en la mano. Pasó un repartidor de Glovo esquivando a una señora con el carro de la compra y a un niño que iba en patinete como si la acera fuera suya. Todo normal. Todo igual que siempre. Pero Mateo sentía un zumbido eléctrico bajo la piel. En el bar Manolo, su rincón de siempre, se sentó en la barra y pidió un ColaCao con porras. Manolo, gallego de sesenta años, bigote y delantal blanco que había visto mejores décadas, servía cafés con la misma expresión de hastío de los últimos cuarenta años. En el taburete de al lado, Paquito el gato dormía hecho una rosca perfecta. Dieciocho horas diarias. Mateo lo admiraba profundamente. Era su modelo a seguir. —Hoy llegas tarde, ¿no? —dijo Manolo sin levantar la vista del vaso que estaba secando. —Cosas del teletrabajo. —Pero si tú no teletrabajas. —Pues cosas del trabajo presencial. O algo. Manolo lo miró por encima de la barra con esa expresión que reservaba para los clientes que le pedían cócteles. Mientras removía el ColaCao, un flash le cruzó la memoria: justo antes del apagón, una línea de código que no había escrito él. La recordaba perfectamente ahora, como si el Sistema se la estuviera mostrando: *// Proyecto Cangrejo de Río — Iteración 47 — No desplegar sin autorización.* La había borrado sin leerla. Como quien borra los términos y condiciones. Como quien acepta las cookies sin pensarlo. —Oye, Manolo. ¿En qué año estamos? Manolo dejó el vaso sobre la barra con un golpe seco. —Deja las drogas, muchacho. —No, en serio. —2025. Para lo que me preguntas. Y Paquito sigue durmiendo dieciocho horas. Y tú sigues sin pagar los churros del mes pasado. Mateo asintió muy despacio. Dejó unas monedas sobre la barra —las justas, que no estaban los tiempos para propinas— y salió. La luz de Madrid le dio en la cara como una bofetada amable. La línea verde seguía ahí. Y ahora, además, un icono nuevo: una rueda dentada girando lentamente. Se detuvo en la boca del metro de Lavapiés. Un repartidor le soltó un «¡Aparta, coño!» que no registró. Una turista alemana le pidió indicaciones y él señaló hacia cualquier parte. No estaba para geolocalización. —Vale, Sistema. ¿Qué se supone que tengo que hacer contigo? [Pues mira, el plan es el siguiente] [Tú eres el administrador. Yo soy el motor del juego que programaste sin querer] [Estamos fusionados. Almas gemelas. Qué bonito. Como en las películas] [A cambio, tienes acceso a todas las funciones] [Pero hay una pega. Siempre hay una pega] —Siempre hay una pega. [El sistema solo responde a actividades comerciales. Negocios. Empresa. Pasta, vaya. Si lo intentas usar para vaguear, jugar o cocinar, se te va a petar todo. Probado y confirmado. No me preguntes cómo. Digamos que la tortilla de patatas no es mi fuerte] Mateo apoyó la mano en la barandilla de la entrada del metro. El cielo de Madrid estaba azul, sin nubes, de ese azul que solo pasa en primavera. Una bandada de palomas pasó volando. Paquito, desde la ventana del bar, las miró con desprecio. No se movió. —O sea, que tengo superpoderes, pero solo para currar. Un Ferrari en el cerebro, y solo puedo ir al Mercadona. [Exacto. La ironía es maravillosa, ¿no?] Empezó a bajar las escaleras del metro. Pero una pregunta le taladraba la cabeza, una pregunta que no se atrevía a formular en voz alta: ¿y si lo intentaba? ¿Qué era lo peor que podía pasar? Si el sistema estaba diseñado para negocios, quizá había alguna forma de engañarlo. Un bug. Un exploit. Como en el FIFA cuando encontrabas un fallo en el motor del juego y metías goles desde el centro del campo. El sistema no respondió. Y eso era lo que más miedo le daba. En el vagón, rodeado de gente que iba a trabajar con cara de no querer ir a trabajar, Mateo se quedó mirando su reflejo en la ventanilla. Un chico de veintisiete años con camiseta de tres euros y cara de no haber dormido. Pero con una línea verde en la cabeza. Y con dos años perdidos. Y con cuarenta y siete mensajes de su jefa. Y con la cuenta del banco en números rojos. —Vale —dijo en voz baja, mientras el metro se lo tragaba—. Pues a ver qué pasa. El sistema parpadeó. [Eso es lo que quiero oír. Por cierto, tu jefa tiene razón. El algoritmo de Compralia es una castaña. Pero no te preocupes. Para eso estoy yo] [Ah, y una cosa más: no soy el único sistema que existe. Y los otros no son tan simpáticos como yo. Pero eso ya te lo contaré luego. Ahora curra, que hay facturas que pagar] Mateo sintió que el vagón se le caía encima. —¿Qué? Silencio. La línea verde seguía ahí. Pero ya no parpadeaba. Autor: ¿Qué haríais vosotros si os despertarais con un sistema cuántico en la cabeza que solo funciona para trabajar? ¿Lo probaríais en algo prohibido o seguiríais las reglas? ¡Dejadme un comentario! Y si queréis ver hasta dónde llega Mateo, votad y añadid a la biblioteca. 🦀

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