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Lo que florece después.

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Blurb

Bárbara Ross juró que nunca volvería a Dillon.

Demasiados recuerdos. Demasiadas heridas. Demasiado de todo lo que intentó dejar atrás.

Pero hay deudas que no se pueden ignorar.

Y personas que no se pueden evitar.

Kieran D’Amato no cree en el amor, ni en las segundas oportunidades. Cree en el control, en los acuerdos claros y en no mezclar negocios con emociones. Por eso, fingir un compromiso con Bárbara debería ser sencillo.

Debería.

Porque lo que empieza como una estrategia pronto se convierte en algo imposible de manejar: miradas que duran demasiado, roces que queman… y una atracción que amenaza con arrasar con todo lo que creían tener bajo control.

En un pueblo donde el pasado nunca se queda enterrado y los secretos siempre salen a la luz, Bárbara y Kieran están a punto de descubrir que hay decisiones que cambian el rumbo de todo.

Y sentimientos que, una vez que nacen…

no se pueden detener.

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Mr. Frozen
«Él ha muerto. Tienes que regresar» Bárbara Ross leyó escuetamente esas palabras y sus pies se detuvieron en seco. Sus tacones de diez centímetros no eran aptos para permanecer de pie mucho tiempo, pero la noticia la había dejado paralizada. Leyó de nuevo esas palabras y sonrió. Debía saber que algún día pasaría, la muerte era algo natural en el ciclo de la vida, pero por alguna razón pensaba que aquel hombre era indestructible. Tragó en seco y guardó el móvil en su cartera, acomodó sus hombros y siguió caminando para llegar a la oficina. Era el peor momento para tomarse un día libre o viajar, la firma recién había sido adquirida por un consorcio italiano y Bárbara estaba esperando un ascenso, había luchado para merecerlo, había dejado la piel para demostrar que lo merecía. Sin embargo, que la firma hubiese sido adquirida por un consorcio turco/Italiano dificultaba que eso pasara, en mala hora Robert Henderson había accedido a vender la empresa. Colgó su bolso en su brazo, traspasó las puertas de Henderson & Asociados y saludo a las secretarias de la recepción. Llevaba 5 años en la firma, pero aún se quedaba sin aliento cuando leía el logo de la entrada, Henderson & Asociados había sido su sueño desde que había entrado en la facultad de leyes y cuando fue aceptada como pasante hizo todo lo que estuvo en sus manos para impresionar a sus jefes. Su teléfono vibro en su bolso, pero Bárbara lo ignoró, no quería distracciones, no las necesitaba, el sonido del ascensor le dio un alivio momentáneo y cuando las puertas se abrieron sus pies se congelaron. De nuevo. Los ojos de él se detuvieron un segundo en ella, pero solo eso fue suficiente para que Bárbara tragara en seco; sin embargo, se obligó a sí misma a seguir adelante. Cuando las puertas se cerraron, el aroma de su costosa colonia permaneció en el aire incomodándola, de manera mecánica oprimió su piso y le hizo una ligera inclinación de reconocimiento con la cabeza que él, por supuesto no respondió. Pocas personas incomodaban a Bárbara, pero aquel hombre no solo la incomodaba también la intimidaba, a su lado se sentía como una pasante recién graduada de la escuela de leyes. Levantó los ojos y los detuvo en los números de piso del ascensor, haciendo mentalmente un esfuerzo para que el número de su piso llegara rápido, ella se bajaba en el 10 y el seguiría hasta el último. 8…9…10…Ding. Cuando las puertas se abrieron, Bárbara respiró aliviada, sus tacones resonaron cuando salió, no obstante, la voz de él la detuvo. —Señorita Ross. Los cabellos de la nuca de su apretado moño se erizaron, Bárbara cerró los ojos y evitó maldecir en voz alta. De inmediato giró su cuerpo para encontrarse con su mirada penetrante. Nunca en su vida había visto unos ojos como los suyos, no eran un azul común, eran un azul penetrante que se acercaban al Cerúleo, tan fríos que nadie podía permanecer indiferente y tan malditamente avasallantes que nadie podía mantenerla la mirada mucho tiempo. Todo en él era absolutamente intimidante, su metro noventa, su traje hecho a medida, su voz de barítono, su cuerpo atlético y su presencia. El ascensor comenzó a cerrar sus puertas, pero de inmediato él alargó su mano y lo detuvo, parecía una acción normal pero las cosas que hacía Kieran D’Amato no parecían entrar en el rango normal, desde su salida de la universidad a los 21 años hasta convertirse en Ceo de su propia compañía en Italia a los 29. —Necesito que sea mi asistente hoy. Sofía está enferma. Era un insulto pedirle tal cosa, tal vez no era socia de la firma, pero era una abogada exitosa que le había hecho ganar a la firma 4 casos de demandas en el último año, tenía casos en su mesa de trabajo, cinco contratos que revisar, reuniones a las que asistir, pero nadie le decía que no a Kieran D’Amato. Técnicamente no era su jefe, aunque era el socio mayoritario de la firma. Y si las negociaciones prosperaban, su abuelo ocuparía pronto el cargo de socio director. Así que sí, en cierto modo, era un poco su jefe. —Revisé y Robert dijo que no tenías que ir a la corte hoy—Susurró Claro, como si mi trabajo solo fuera ir a la corte y caminar con tacones altos, pensó con amargura Bárbara. —Estoy a sus órdenes, señor —respondió ella con una sonrisa profesional, pulida durante años. Especialmente para él. Podía pedirle a cualquiera de los pasantes que tenía la firma que fuera su asistente, demonios podía pedirle a cualquiera recepcionista de la sala de espera que se ocupara de sus asuntos, pero en su lugar se lo pedía a ella. Era como si quisiera fastidiarla, como si supiera que odiaba estar en su presencia. Bárbara compuso una sonrisa y caminó de vuelta al ascensor, él soltó la puerta y de nuevo quedaron solos, rebuscó en su bolso e hizo caso omiso a los mensajes de su hermana y le escribió a Anna que hoy no podía llegar a la oficina y que se ocupara de todo, aplazó algunas reuniones y reprogramó la agenda. La puerta del ascensor se abrió y Kieran se apresuró a caminar, Bárbara respiro varias veces antes de seguirlo. Todos en la recepción se levantaron para saludarlo, pero él no se molestó en devolver el gesto. Gracias a Dios llevaba su conjunto n***o de Armani, el más caro que poseía, reservado para citas importantes. Al doblar la esquina un auto n***o los esperaba, un hombre alto que Bárbara intuía era el chofer se apresuró a abrirles la puerta, una vez dentro, Kieran le dijo al chofer que la primera parada sería en Cartier. El ceño de Bárbara se frunció, Cartier era una lujosa tienda de joyas que se caracterizaba por su extravagancia ¿Qué rayos tenían que hacer ellos allí? Su móvil vibró. Anna respondía que posponer reuniones era un desastre. “¡Más vale que te estés muriendo de peste bubónica!”, escribió. Bárbara sonrió. Luego le contestó que era el señor D’Amato quien la había sacado de la oficina. Las respuestas fueron una avalancha de emoticones horrorizados. "Espero que sobrevivas a Mr. Frozen", leyó entre risas. Bárbara respondió que un solo día al lado del tempano de hielo no la mataría, en cuyo caso podía ganar experiencia en intimidación. Estaba tan ensimismada en el móvil que no se fijó que el carro se había estacionado, cuando levantó la vista los penetrantes ojos fríos del señor D’Amato estaban sobre ella. —Cuando quiera señorita Ross. Ella guardó el celular de inmediato. —Lo siento, señor. El interior de Cartier olía a cuero caro, madera lustrada y discreta exclusividad. Bárbara supo al instante que el lugar había sido cerrado solo para ellos. Por supuesto. Kieran D’Amato no compartía espacios con simples mortales. Se mantuvo unos pasos atrás, observando cómo una vendedora perfectamente maquillada desplegaba sobre el mostrador una selección de anillos que brillaban como estrellas engarzadas en oro. Iba a sentarse discretamente en un banco cercano, deseando dar descanso a sus pies castigados por los tacones, cuando la voz grave de Kieran la alcanzó como un chasquido elegante. —Señorita Ross, acérquese. El tono no era una petición. Bárbara apretó los dientes. Caminó hasta su lado y le dirigió una sonrisa educada a la vendedora, que parecía demasiado nerviosa para hablar. —Estas son nuestras opciones de anillos de compromiso —dijo finalmente la mujer, como si eso aclarara todo. Bárbara frunció el ceño. ¿Compromiso? Giró el rostro hacia Kieran, quien ni siquiera se molestó en mirarla. —Ella no es mi prometida —aclaró en voz baja, como si se tratara de un detalle irrelevante— Pero tiene buen gusto. Ella elegirá la sortija. Bárbara sintió cómo la sangre se les subía a las mejillas. ¿Buen gusto? ¿Elegir el anillo de compromiso de su futura esposa? ¿Por qué no lo hacía él? ¿Por qué tenía que involucrarla en esa farsa incómoda? ¿Qué pretendía? Pensó. De los casi doce meses que llevaba en la firma, 3 veces se habían saludado. Es decir, no eran cercanos. Ni siquiera solían hablar. Y, sin embargo, ahí estaba, usándola como si supiera exactamente cuánto la descolocaba su presencia. Como si le divirtiera. Bárbara apretó los labios y desvió la mirada hacia el mostrador. La colección era impresionante, pero uno en particular captó su atención: un anillo de corte ovalado, brillante, arrogante. Perfecto para alguien que tuviera que soportar a Kieran D’Amato y aun así seguir en pie. —Ese —dijo con sequedad, señalando con el dedo. La vendedora casi suspiro de alivio. Con movimientos delicados, sacó el anillo de la caja y lo sostuvo frente a ella. —¿Podría probárselo? —preguntó, sin mirar directamente a Bárbara. Por un segundo, Bárbara pensó en negarse. Pero sabía que era inútil. Así que extendió la mano, rígida como una estatua. El anillo se deslizó en su dedo anular con la suavidad de una condena. —Le queda perfecto, señorita —comentó la vendedora, con sincera admiración. Bárbara giró su muñeca con lentitud, admirando la joya como si realmente importara. Luego levantó la mano, con un gesto deliberado, casi desafiante. —¿Qué tal me queda? —preguntó, sin molestarse en ocultar el veneno elegante de su tono. Kieran la miró. Por primera vez, de verdad la miró. Sus ojos cerúleos se posaron en los de ella, y por un instante, el mundo pareció detenerse. —Perfecto —dijo, con una voz tan baja que casi fue un susurro. Pero Bárbara lo sintió en cada maldita célula de su cuerpo.

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