Kieran D'Amato

1031 Words
Kieran hizo una mueca de fastidio cuando Tatiana comenzó a llorar frente al él. Romper el compromiso había sido idea suya, claro, pero ella tenía gran parte de la culpa. Es decir, si vas a follar con otra persona, procura que esa persona no sea el hermano de tu prometido. Y, ya que estás en esas, procura que no te atrapen. La traición aún le escocía, no porque estuviera enamorado de Tatiana—ambos sabían desde jóvenes que ese matrimonio se pactó con fines puramente comerciales— La familia de Tatiana poseía una empresa petrolera en Arabia, y los D’Amato querían entrar en el negocio. A su vez, la familia de su ex prometida deseaba acceder a las bodegas vinícolas en Italia y a las operaciones comerciales en América. Todo era pura estrategia. Así que no, él no estaba realmente herido por Tatiana, lo que realmente le dolía era la traición de su hermano menor. Mientras Kieran dirigía la firma de abogados en América. Anthony se encargaba del viñedo familiar en Italia. Habían crecido juntos. Se querían. O al menos eso pensaba él. Antes de que sus padres murieran en aquel accidente aéreo, su relación era estrecha. Pero luego de que Kieran se marchara a Italia con su abuelo a los 18, dejando a Anthony en Turquía, todo cambió. Lo peor era no saber si su hermano realmente se había acostado con Tatiana por venganza... o simplemente para fastidiarlo. —Yo... yo lo lamento, Kieran —gimoteaba Tatiana, sentada en el costoso sofá de su oficina. Sus pestañas postizas estaban a punto de desprenderse, empapadas por las lágrimas, y su cabello corto lucía alborotado de tanto pasarse la mano por él— Podrías olvidarlo, por favor... No estábamos oficialmente comprometidos y nadie tiene por qué enterarse. Kieran permaneció en silencio un momento. Se levantó, dándole la espalda, y clavó la mirada en el paisaje que se extendía más allá de los ventanales. La vista era espléndida: desde allí podía ver el Empire State y la avenida Manhattan. Había comprado el edificio y trasladado las oficinas solo por esa panorámica. —Pudiste haber elegido a cualquier otro hombre, Tatiana —susurró, sin girarse— Ignoré muchas de tus indiscreciones antes, no podía exigirte nada porque tú tampoco me exigías nada a mí. Pero esto no puedo pasarlo por alto. —Kieran, este compromiso es importante para ambas familias. No podemos cancelarlo así como así. —Eso debiste pensarlo antes de revolcarte con mi hermano. Se dio la vuelta. Su mirada helada la atravesó. Tatiana tembló sin darse cuenta y, al no poder sostenerle la mirada, bajó la cabeza. Se conocían desde los quince años. Sus familias habían acordado posponer el compromiso hasta que fueran adultos funcionales. Se reunían dos veces al mes para cenar y tratar de encontrar intereses en común. Kieran sabía que Tatiana era una buena chica—algo impulsiva y egoísta, sí—, pero con un buen corazón. Sin embargo, el hecho de que se hubiese acostado con su hermano cambiaba todo. Ya no podía confiar en ella. Y para Kieran, la confianza lo era todo. Más incluso que el amor. —Solo ocurrió una vez, Kieran. —No me mientas, Tatiana. Ella volvió a sollozar. —él dijo…él dijo que no te importaría. …—Balbuceó. Kieran la miró. Él desprecio en su mirada, era evidente. —El compromiso queda cancelado. Avisa a tus padres. Yo hablaré con mi abuelo —declaró con la clara intención de terminar la reunión. —No puedo hacerlo. Ellos confían en esta fusión, Kieran. Por favor... por piedad. —Hazlo tú, Tatiana. Porque créeme —sus ojos azules brillaron, peligrosos—, no querrás que lo haga yo. Salió de la oficina sin mirar atrás, sin importarle que su ex prometida se estuviera desmoronando. Sacó el teléfono y envió un mensaje a su abuelo cancelando el compromiso. Por si acaso intentaba convencerlo de reconsiderarlo, adjuntó la foto de Tatiana y Anthony juntos. No había marcha atrás. El compromiso estaba roto y él era libre otra vez. No le gustó la sensación. Se sentía a la deriva. Había planificado su vida cuidadosamente, comenzando por casarse con Tatiana a los veintinueve años. Si todo marchaba bien, en cinco años consideraría tener un heredero. Luego expandiría la firma hacia Italia, donde finalmente se establecería. Todo estaba fríamente calculado. Jamás pensó que su prometida y su hermano acabarían en la misma cama. Kieran odiaba los cambios. Le gustaba tener siempre el control. Cuando algo se salía del guion, se irritaba. Y mucho. Su terapeuta solía decir que era parte de su obsesión por el control, y que aprender a aceptar el caos lo haría más humano. Pura mierda, según él. Suspiró y metió las manos en los bolsillos de sus pantalones. Su teléfono comenzó a vibrar, pero lo ignoró. Necesitaba hacer algo. Ayer había terminado toneladas de trabajo en un intento por no pensar en la traición de Anthony. Su secretaria, Sofía había terminado de pasar los informes, y todo lo pendiente estaba al día. Necesitaba una distracción. Entró en el ascensor y, justo cuando iba a presionar el botón del estacionamiento, el sonido de unos tacones de al menos diez centímetros lo detuvo. Su dedo se congeló a medio camino. ¿Sería posible? Levantó los ojos en cuanto los tacones se detuvieron. Para su decepción, era solo una pasante con un montón de carpetas entre los brazos. Lo miró, titubeó, y luego se marchó en dirección contraria, dejando tras de sí el eco de sus pasos. Kieran sonrió con desgano. Pocas personas se atrevían a compartir el ascensor con él. Podía contar con los dedos de las manos, aquellas personas que se atrevían. Supuso que estar en un espacio reducido con alguien que puede despedirte no era bueno para el corazón. Suspiró y presionó el botón para cerrar las puertas. Últimamente, cada vez que escuchaba unos tacones acercarse, pensaba en ella. Bárbara Ross. Le gustaba su nombre. Le gustaba cómo lo miraba, como si mentalmente lo mandara al diablo cada vez que se cruzaban. Era una criatura interesante. Y, lo fue aún más, cuando vio su nombre parpadear en la pantalla de su teléfono.
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