Amargos arrepentimientos

1443 Words
Después de haber salido de Cartier, Kieran hizo una pequeña parada en un restaurante italiano para reunirse con uno cliente. Bárbara agradeció mentalmente hacer algo relativamente normal y que podría catalogarse como trabajo ya que el incidente de comprar una sortija de compromiso en Cartier aun la molestaba e inquietaba. El restaurante parecía salido de una postal italiana: mármol blanco, música instrumental apenas audible, y camareros que se deslizaban como sombras elegantes. El tipo de lugar donde el silencio se sentía caro. Bárbara caminó detrás de Kieran con pasos medidos, agradeciendo internamente— de nuevo— haber elegido su conjunto Armani más caro esa mañana. Aunque nada la preparaba para sentirse como una intrusa en el círculo de los hombres que lo tenían todo. —Bienvenido, señor D’Amato —saludó el gerente con una reverencia. Casi literal. —El señor Macerotti ya ha llegado —añadió, girándose para guiarlos. Kieran asintió sin necesidad de palabras. Bárbara lo siguió, con la compostura cuidadosamente tejida que usaba en la corte: espalda recta, mirada fija, emociones bajo llave. La mesa los esperaba al fondo del salón, con vista panorámica a la Quinta Avenida. Paolo Macerotti, un hombre robusto de sonrisa fácil y mirada afilada se levantó como si los conociera de toda la vida. —Chao Kieran ¿Cómo has estado? — Paolo es bueno ver que la demanda de divorcio no agrió tu humor. El hombro hizo un ademán con la mano sin importancia, cuando sus ojos aterrizaron sobre ella, Bárbara se tensó. — ¿Y que tenemos aquí? ¿Has despedido a Sofía? —No, ella está enferma. Te presento a la señorita Ross, va a acompañarme en el almuerzo hoy. Cuando Paolo se acercó y beso sus nudillos, Bárbara se obligó a comportarse, parecía ser el típico gesto de galantería italiana, pero cuando sus labios se demoraron más de lo usual, ella se irritó. —Bella Donna. Bárbara estaba a punto de replicar algo elegante, pero Kieran se le adelantó. —Está fuera de tu liga, Paolo. La frase la desconcertó. No tanto por lo que decía… sino por cómo lo dijo. Frío. Calculado. Como si le estuviera recordando al otro hombre que había jerarquías invisibles que no debía cruzar. Cuando ambos tomaron asiento, Paolo se disculpó un momento y salió hacia el pasillo, Bárbara se estaba acomodando en la silla y estaba a punto de quitarse el saco cuando Kieran la sorprendió pasándole un pañuelo. — ¿Para qué es esto? Él la observó estoico y con seriedad respondió —Para que te limpies los nudillos. Lo intentó, pero las comisuras de sus labios se elevaron, no quería sonreír, quería estar molesta con él para siempre pero ese gesto había sido muy considerado. Kieran bajó los ojos y se entretuvo en el menú. Bárbara tomó el pañuelo y se limpió los nudillos con precisión, el pañuelo era de seda y tenía las iniciales gravadas ¿Quién llevaba un pañuelo en con sus iniciales gravadas en este siglo? Solo ese hombre. — ¿Es usted alérgica a algo señorita Ross? Bárbara dobló el pañuelo con precisión antes de guardarlo en su bolso, sabía que sería una descortesía no entregarse de inmediato, pero sospechaba que para aquel hombre sí sería una descortesía entregárselo sucio, lleno de babas, sin lavar y mucho menos planchar. — A las almendras señor. Los penetrantes ojos azules se elevaron y la miraron un largo rato. Kieran D’Amato era un nombre muy italiano, pero el hombre que estaba frente a ella no parecía italiano en lo absoluto. Era demasiado frío y su piel demasiado blanca como para parecer alguien del sur europeo, podía justificar su curiosidad diciendo que ella no sabía nada de su vida personal, pero sabía por chismes en la firma que era mitad turco, su padre era de Florencia y su madre de Turquía. Había crecido entre los dos países y hablaba ambos idiomas con fluidez. —Es una pena, la tarta de almendras es una especialidad del chef. Paolo regresó a la mesa y el mozo apareció para tomar sus órdenes. Bárbara eligió pasta —el mal menor en términos de calorías— y un agua mineral. Kieran, por supuesto, pidió el plato más costoso del menú y el vino más exclusivo, sin mirar dos veces la carta. —¿Has pensado en lo que te dije? —preguntó Kieran mientras giraba suavemente la copa entre los dedos. Los platos no habían tardado nada en llegar. Paolo bufó, con un trozo de langosta aún en la boca. —No pienso darle ni un centavo a esa perra. Ella se largó, abandonó el hogar. Que se pudra con sus abogados y su amante de yoga. Bárbara mantuvo el rostro impasible, pero apretó los dedos sobre la servilleta. No era la primera vez que escuchaba a un hombre hablar así de su exesposa. Pero había algo en la manera vulgar de Paolo que le revolvía el estómago. —He visto el acuerdo —respondió Kieran con calma peligrosa— Es justo. Muy justo, considerando que tú eres el que sale perdiendo si esto llega a juicio. Paolo resopló. —¡Quiero ir a juicio! Y golpeó la mesa con la mano abierta. Kieran dejó la copa en la mesa con la precisión de un bisturí. Se limpió los labios con una servilleta de lino blanco. Cada gesto era un acto de control. —Te lo diré solo una vez, Paolo. Si sigues comportándote como un idiota narcisista, no solo renunciaré al caso. Yo mismo le entregaré a tu esposa las pruebas que necesitas para dejarte en la calle con tu ropa interior manchada de bronceador. El silencio que cayó fue glacial. Paolo lo sostuvo un segundo más… y luego se levantó bruscamente, murmurando improperios mientras se marchaba. Bárbara respiró por fin. —¿Suele aceptar casos de divorcio por compasión? —preguntó sin poder evitarlo, mirando el filete intacto en su plato. —No. Lo hice por Tatiana. El nombre colgó en el aire como una nota amarga. —¿Su prometida? —preguntó. Kieran no respondió. Solo alzó una ceja, y volvió a cortar su filete con precisión quirúrgica. Bárbara comprendió entonces que solo el poder de una mujer como su prometida podría hacer que el hombre más frio y ocupado de New York se rebajara a aceptar un caso de divorcio. Ella lo observó a través de sus pestañas, no parecía ser un hombre enamorado, pero debía estarlo si pasaron gran parte de la mañana escogiendo un anillo de compromiso y ahora malgastando el tiempo en una asesoría que podía llevar cualquier abogado de la firma. Él levantó la vista y le sostuvo la mirada. Esos ojos malditos, azules en apariencia, pero imposibles de descifrar, la observaban, la analizaban. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, Bárbara se levantó y se excusó para ir al baño. Cuando se miró en el espejo, hizo un esfuerzo por no torcer el gesto. El labial que se había aplicado esa mañana ya había desaparecido, y su peinado mostraba señales de friz. Odiaba su cabello. Su frondosa cabellera rojiza era un desafío a la hora de peinarse. El color no era nada especial ni llamativo; no era un rojo fuego que pudiera confundirse con las llamas o un hermoso atardecer, sino más bien un tono apagado, plano, como el de los clavos cuando se oxidan. A diario tenía que ir al salón de belleza para lograr un alaciado que pareciera natural, porque si lo dejaba secar al aire libre, terminaba siendo un desastre. Sacó de su bolso el labial color ciruela y se lo aplicó con cuidado. El pequeño lunar n***o cerca de su labio superior le daba un toque sensual a su boca. Sin embargo, no se observó mucho tiempo. Aquel lunar traía consigo viejas heridas. Ese lunar te hará una estrella, Barb. Cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza, tratando de espantar esos pensamientos escurridizos. Increíble que, después de tantos años, él siguiera rondando en su mente. El móvil volvió a sonar dentro de su bolso. Bárbara lo sacó, y su rostro se congeló al ver que no era Anna. El entierro será mañana. Ven, solo te pido eso. Despídete, para que no tengas amargos arrepentimientos. ¿Amargos arrepentimientos? Bárbara bufó en voz alta. Amargos arrepentimientos tendrían si regresaba a ese maldito pueblo. Sin embargo, la sola idea de volver para ver cómo su cadáver se hundía en la tierra la hizo considerarlo. ¿Por qué no? Quizás volver, tal y como estaba ahora, sería una patada en el culo para todos los que la despreciaron. Sonrió, egocéntrica. Alistaría las maletas. Iría al jodido entierro.
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