ESTAMBUL, TURQUIA. Lo odiaba, pero más odiaba la sensación en su pecho. —Señora, quiere… —¡No! —exclamó a Aysu y de inmediato se dio cuenta de que había levantado la voz. Ni siquiera había podido subir a la habitación. No dejó de dar vueltas por toda la sala y sentía una sensación asfixiante en el cuerpo. Estaba molesta con ella misma, ardía, ardía por dentro—. Lo siento Aysu. No quiero comer. No creo que Ruzgar venga a la cena y creo que tampoco querré tomar el desayuno. —¿Ha pasado algo? —No, nada. Absolutamente nada. La respuesta no le convenció. No paró de caminar de un lado a otro desde que entró y aunque Ahmet le seguía de cerca con la mirada, ella no se atrevió a hacerle ninguna pregunta. No quería ni menos necesitaba saberlo. Tenía sus celos y posesividad controlados por un

