Desperté con el ánimo repotenciado, no había otra forma de verlo cuando amanecía y al abrir mis ojos lo primero en lo que los posaba era en una pecosa espalda que me encantaba y por la que deslicé mi mano abierta deseosa por comprobar una vez más su suavidad. -Buenos días- dijo con voz pastosa y le correspondí con una adormilada sonrisa. -Buenos días. -¿Qué hora es?- preguntó estirando el cuello, ya sentada sólo tenía que estirar la mano y alcanzar alguno de los celulares que estaba encima de la mesa de noche. -Siete y doce- restregué mi rostro con ambas manos- El hospital inicia con el horario de visitas a las nueve de la mañana. - recordé con un poco de frustración y un puchero se dibujó en mis labios, a diferencia de los de el oji violeta quien lucía más despierto que hace un par de

