Cuando los vi marcharse, recordé de quiénes se trataba. Sabía que los conocía ¡Sabía quiénes eran! Eran los padres de Anna. Nunca los había visto en persona, solo en fotografías que Arthur conservaba en un rincón de la oficina de la casa, así que, sabía perfectamente quiénes eran ellos. De seguro habían ido a reírse de la muerte de Arthur, estaba segura. ¡Malditos viejos! Habían pasado diecisiete años y seguían odiándolo. No debían estar presentes en ese momento. Yo no tenía la culpa de lo que le había pasado a Anna, no deberían haber ido y mucho menos mirarme a la cara. Anna había tenido a Arthur muchos más años que yo. Yo solo lo había disfrutado siete cortos años. Deberían estar agradecidos. En un momento, mi rabia me nubló la razón, porque comencé a caminar en dirección hacia donde ell

