Pasamos el resto del día limpiando y ordenando la casa. Cuando terminamos, ya eran las cinco de la tarde, así que, nos sentamos en el sillón y lo felicité por la ayuda que me había dado.
—Muy bien, señor Brown. Lo felicito por cumplir su palabra. Me ayudó en todo lo que le pedí, muchas gracias.
—De nada, soy un hombre de palabra— Me dijo, mientras yo le daba la mano en señal de agradecimiento, pero Arthur tenía otras intenciones. Tiró suavemente de mi mano y se acercó a mí, puso sus manos en mi rostro y me dio un beso, un beso cargado de deseo y pasión. Nos separamos y pegó su frente a la mía.
—Vamos por esa comida Ivanna, antes de que no nos podamos despegar más.
—Espera, debo cambiarme. No tardaré, lo siento— Le dije, porque había recordado que, cuando llegamos a la casa, después del desayuno, no me había cambiado ropa ni duchado ¡Era un asco! Así que corrí a mi habitación y me bañé lo más rápido que pude. En un tiempo récord para mí, estaba vestida con una falda a cuadros con líneas negras y grises, que me cubría hasta un poco más arriba de mis rodillas, junto a una camiseta blanca de mangas largas pero delgada, ideal para la brisa de la tarde. Me puse mis botas largas preferidas en color n***o con un pequeño taco, me dejé el cabello suelto, porque aún estaba húmedo y la brisa de la tarde lo secaría más rápido. Saqué del armario mi bolso preferido en color n***o y me maquillé solo un poco.
Bajé la escalera y vi a Arthur mirando por el ventanal que daba hacia el jardín delantero de la casa. Estaba viendo a los niños mientras jugaban en la calle. Volteó a verme y noté un leve rastro de tristeza en su mirada, pero me sonrió y desapareció ese sentimiento de su rostro.
—Estás hermosa, como cada día— Me dijo. Se acercó y me dio un beso en las mejillas.
—Gracias, no me sentía cómoda con la otra ropa.
—Podrías llevar ropa en talla extragrande y te verías igual de hermosa.
—No sigas, por favor— Le dije, mientras sentía mis mejillas arder. Bajé la mirada al suelo, porque ningún hombre me había dicho estas cosas antes.
—Acostúmbrate, te diré cada día lo hermosa que eres. Ahora vamos a comprar, muero de hambre.
—Yo también— Le sonreí y tomé las llaves para salir de casa.
Afuera, había una brisa exquisita, el día estaba soleado y agradable. Ya eran las cinco con cuarenta minutos de la tarde y afortunadamente, aún quedaban restaurantes abiertos donde comprar comida. Entramos a una tienda de comida al paso y vimos la carta. Mientras Arthur estaba ensimismado en la elección de la comida, noté a unas chicas que lo miraban como si fuera un envase de papas fritas. Sentí celos, por primera vez en mucho tiempo, y debo reconocer que eso me abrumó un poco. Debe haber sentido mi incomodidad, porque miró en la dirección en la que yo estaba mirando.
— ¿Qué sucede? — Me preguntó.
—Nada… Bueno sí, esas chicas de allá no te quitan la vista de encima— Le dije con mi ceño fruncido.
— ¿Estás celosa? Pues no me interesan esas chicas, son guapas, sí, pero ninguna como tú— Cuando me dijo eso, tomó mi rostro entre sus manos y me besó. Fue un tierno beso que recorrió todo mi cuerpo electrificándome por completo. Terminó su beso con un abrazo cálido, de esos que reconfortan y te hacen sentir segura.
Pedimos la comida y nos fuimos del lugar, pero antes de salir de la tienda, miré por última vez a las chicas y noté la cara de enojo de todas las presentes al verme con él. Eso me había encantado.
Cuando volvimos a casa, decidimos comer en la sala de estar y ver televisión un rato. Vimos una serie cómica y nos entretuvimos el resto de la tarde; comimos, nos reímos y comentamos los episodios que vimos. Resultó ser, que era una de las series favoritas de los dos. Me confesó que la veía en casa de vez en cuando y eso me dio risa por la forma en que me lo dijo, como si estuviese confesando un crimen. Le contagie la risa y comenzó a hacerme cosquillas. Como pude, le pedí que parara, pero él no quería. Dijo que era su dulce venganza.
— ¡Por favor, detente! — No podía parar de reír y ya me costaba respirar —No puedo… no… no puedo... ¡respirar! — le grité.
—Está bien— Me dijo, y en un movimiento rápido, me acostó en el sillón y se subió sobre mí, sosteniendo mis manos y conteniendo su propio peso, para no aplastarme con su enorme cuerpo lleno de músculos.
—No te vuelvas a reír de mi, Ivanna. Si no, la próxima vez no me detendré.
—No seas malo— Traté de calmar mi respiración, pero se volvió a agitar cuando Arthur se acercó a mi rostro y me dio un beso cargado de pasión. Me solté del agarre de sus manos y acaricié su cabello, su espalda, sus hombros. Lo devoré con mi boca. Él hizo lo mismo, tocó mi cuello, bajó por mis pechos y luego se posó en mis muslos acariciándolos con suavidad. No era una experta en el sexo, solo había tenido sexo dos veces con un exnovio. Pero de algo sí estaba segura, y era que jamás nadie, me había hecho sentir lo que sentía en ese momento. Deseo, pasión, excitación. Quería todo con ese hombre, pero sabía que era muy pronto. Y como si leyera mi mente, Arthur se separó de mis labios, me miró a los ojos y vi en él la excitación del momento.
—Debo detenerme, no quiero faltarte el respeto.
—Está bien— Le dije, tratando de calmar mi respiración.
—Terminemos de comer antes de que se enfríe por completo la comida.
—Bueno— Le respondí tímidamente. Se puso de pie y se pasó las manos por el cabello, respiró hondo y soltó el aire tratando de calmarse. Se sentó en el sillón, yo arreglé mi ropa y me senté al lado de él.
—Esta comida quizás tiene algún afrodisíaco— Le dije, con toda la coquetería que poseía y me serví un poco de comida.
—La comida no, tú eres el afrodisiaco. Irresistible en mis manos.
—Y tú el mío— Le dije. Seguí comiendo y mirando la televisión. No sé en qué momento me quedé dormida, mientras veíamos la serie, porque desperté asustada y con frío, unas manos cálidas acariciaron mi rostro en ese instante.
— ¡Ey! Bella durmiente, debes acostarte, ya es tarde.
— ¿Qué hora es?
—Son casi las diez— Me levanté del sillón media adormilada y restregando mis ojos con un enorme bostezo.
— ¿Cuánto llevo durmiendo?
—Unas tres horas, vi dos películas realmente buenas, me reí a carcajadas y nunca despertaste, tienes el sueño muy profundo. Si hubiese un terremoto, dudo que despertaras.
—Lo siento, trabajo mucho últimamente y estoy muy cansada. Necesito un vaso con agua, tengo mucha sed— Dije mientras me dirigía a la cocina. Mientras tomaba un vaso con agua, Arthur se paró detrás de mí y se apoyó en el umbral de la entrada de la cocina.
—Creo que ya es hora de irme.
— ¿Te viene a buscar Henry?
—Henry lleva dos horas estacionado afuera.
— ¿Qué? ¿Por qué? ¿Por qué no lo hiciste entrar?
—No quiso. Le dije que entrara, pero no quiso— Se encogió de hombros —Le dije que viniera por mí a las ocho, pero no despertabas y yo no te quería dejar sola, así que, nos quedamos a esperar.
—Podrías haberme despertado— le dije tratando de sonar obvia.
— ¿Qué? ¡No! ¿Quién crees que soy? Jamás interrumpiría el sueño de nadie.
—Gracias— Le contesté. Sacó sus manos de los bolsillos del pantalón y se acercó a mí, me abrazó y yo hice lo mismo — ¿Te volveré a ver?
—Todos los días por el resto de tu vida— Me respondió. Con una mano tomó mi mentón y me dio un beso. Sus labios eran exquisitos.
—Muchas gracias por este día— Le dije, casi como un susurro.
—Me encantaría quedarme contigo, pero sé que nos queda mucho camino por recorrer.
—Me encantaría que te quedaras, pero sé que es muy pronto. Después de todo, solo nos conocemos hace tres días.
—Estaré ansioso por volver a verte mañana, claro, si me lo permites.
— ¿Todos los días dijiste? — Le pregunté, entrecerrando los ojos y haciendo una mueca en tono de burla.
—Bueno, si no quieres, entonces, no te puedo obligar.
—Es una broma— Me reí y me acerqué a él para acariciar su rostro, tratando de memorizarlo. No sabía cuándo nos volveríamos a ver, podía pasar cualquier cosa en estos días.
—Me encantas, Ivanna, insisto. Me has hechizado en cuerpo y alma, y no sé si podré alejarme de ti.
—Me encantas, Arthur. Memorízalo. Y ya te dije que no me quiero alejar de ti— Le respondí y él me dio un beso.
—Debo irme, te veré mañana y antes de que se me olvide, tomé tu teléfono mientras dormías y anoté mi número, espero que no te moleste.
— ¿Invadiste mi privacidad? ¡Wow!
—No invadí nada, solo anoté mi número de teléfono. Y deberías tener una clave más segura que “uno, dos, tres, cuatro”.
—No lo necesito, porque no escondo nada. ¿Y qué nombre te colocaste?
—Revísalo tu misma— Su sonrisa pícara, me indicaba que no se había colocado solo “Arthur” —Nos vemos, preciosa— Me dijo. Me dio un último beso y se alejó, saliendo de la cocina. Lo seguí hasta la puerta de entrada y cuando él mismo la abrió, se giró y me miró sonriendo.
— ¡Me encantas! — Gritó y cerró la puerta. Por el ventanal lo vi subirse a la camioneta con Henry al volante, dejándome ahí, con un montón de emociones nuevas y con la esperanza latente en mi corazón.