Los días pasaron y con Arthur nos veíamos cada noche. No pude cambiar mis turnos en el restaurante, puesto que los había pedido con antelación. Ya estaban listos y agendados hasta el final de mis vacaciones. Había tomado solo los turnos de las tardes, desde las tres hasta las diez de la noche, así que, solo me quedó aceptar mi error y aprovechar cada noche con Arthur y a veces con Henry junto a nosotros, cuando cenábamos los tres. Ellos realmente se llevaban muy bien. Cada día que pasaba, sentía a Henry como un padre. Se preocupaba mucho por mí y siempre me decía que quería presentarme a Milly, su esposa. Según me dijo Arthur un día, ellos no tenían hijos.
Cumplimos un mes con Arthur viéndonos solo en las noches. Él pasaba por mí al trabajo en la semana y nos quedábamos en mi casa a cenar y a las doce de la noche en punto, se retiraba. Los días sábado en la noche, pasaba por mí al restaurante y luego salíamos a cenar en algún lugar; los días domingo, salíamos a hacer alguna actividad al aire libre, pero nada agotador. Este hombre realmente amaba ir de excursión. Le encantaba la naturaleza y sabía mucho sobre ella.
Una noche de sábado, pasado nuestro primer mes juntos, Arthur me preguntó si podía quedarse. Mis nervios estaban a flor de piel. Le dije que sí. Cuando Henry se fue, nos quedamos viendo televisión en la sala de estar.
—Quiero preguntarte una cosa— Me dijo Arthur, con una sonrisa nerviosa en su rostro.
—Claro, dime.
— ¿Quieres ser mi novia?
— ¿Quieres colocarle un nombre a esto?
—Es lo que más deseo— Cuando me dijo eso, sin pensarlo dos veces, me acerqué a él, tomé su rostro entre mis manos y lo besé con pasión. Una pasión que bien sabía nos llevaría a otra cosa.
—Sí, quiero ser tu novia— Le dije, cuando detuve el beso. Sus ojos de color celeste caribe me miraron con tanto amor, que fue imposible para mí sostenerle la mirada. Tomó mi mentón y me besó tiernamente. Luego me tomó de la cintura y me levantó en el aire, para colocarme encima de él a horcajadas. Lo miré y pude ver la emoción en sus ojos. Nos envolvimos en un beso apasionado, cargado de deseo y de muchos sentimientos. Me detuve y me puse de pie. Tomé su mano y lo conduje hasta mi habitación. Frente a la cama, nos miramos con sinceridad, con pasión y deseo. Me quitó la camisa y yo desabotoné la suya lentamente. Mis manos temblaban del nerviosismo. Él lo notó y tomó mi mentón para darme un beso tierno. Nos desvestimos y me recostó en la cama. Se colocó encima de mí y comenzó a besarme. Sus labios recorrieron mi cuerpo, mis manos tocaron el suyo, sus abdominales perfectos, sus brazos musculosos, sus pectorales, su espalda marcada y amplia. Él era perfecto.
— ¿Estás lista? — Me dijo. Yo ya estaba más que lista, solo con sus besos ya estaba lista para todo.
—Sí, quiero todo contigo.
—Y yo contigo— Me respondió. Se introdujo en mi ser y sentí cómo tomaba mi cuerpo con delicadeza, con dulzura. Su mirada se topaba con la mía y acariciaba mis mejillas. Sus besos me transportaban a otro universo, uno donde solo existíamos él y yo. Completamente solos. Sentí florecer mi alma y decidí abrir mi corazón al amor.
Sus embestidas comenzaron a ser más intensas, mientras él masajeaba, a la vez, mi zona. Sentí una sensación exquisita en mi cuerpo y supe que el clímax estaba por llegar. La sensación me envolvió por completo y acabamos juntos. Sus jadeos y los míos, nublaron mi mente. Su respiración entrecortada y la mía eran un ruido exquisito. Me besó alocadamente y yo hice lo mismo. Rodó por la cama, dejándome a mí encima de su cuerpo. Dejé que entrara en mi cuerpo nuevamente, y comencé a moverme yo. Me sentía una diosa mientras él masajeaba mis pechos y yo me apoyaba en su pecho. Estábamos tan sumergidos en nuestros gemidos, en nuestra respiración, que no fuimos capaces de decir nada. Hace años que no tenía sexo, pero creía, que esta vez, estaba haciendo el amor. Me sentí plena y amada por primera vez en mi vida. Alcanzamos el clímax nuevamente, casi al mismo tiempo y caí sobre su pecho. Cansada y tratando de recuperar el aliento, sus brazos me envolvieron en un abrazo fuerte. Me recostó a un lado de él y me acarició el rostro.
—Te quiero, Ivanna— me dijo. Lo miré a los ojos y le respondí.
—Te quiero, Arthur. Siempre te esperé, siempre supe que estabas en algún lugar.
—Y yo te estaba esperando a ti. Diez años no son nada, ahora que te tengo a mi lado— Su mirada era intensa —No quiero que te asustes, porque no usé protección— Cuando dijo eso, el pánico se apoderó de mí —No te asustes, te dije. Me hice la vasectomía cuando murió Anna. No quería que mis encuentros casuales de una noche me ataran a algo. Siempre usé protección de todos modos y en aquellos años, preferí someterme a ese procedimiento. No quieres hijos, ¿verdad?
—Para nada, jamás ha estado en mis planes tener hijos. Creo que la mujer vino a esta tierra a hacer cosas grandiosas, no solo a criar hijos. No me malinterpretes, respeto a las mujeres que deciden tener hijos, mi admiración está con ellas, pero no es la vida que quiero. Menos a los veintitrés años.
—Bueno, si algún día decides retractarte, las vasectomías son reversibles con un cincuenta por ciento de probabilidad de éxito— Me dijo, con una sonrisa.
—No creo que me retracte. No es lo que deseo— le respondí.
—Lo entiendo y apoyo cada decisión que comiences a tomar desde hoy en adelante.
—No te proyectes tanto, quizás la vida nos separe.
—La vida, pero jamás será por mi decisión— Me respondió. Lo miré con una sonrisa y besé sus labios.
Pasamos la noche haciendo el amor. Nunca más me iba a cansar de él, de esto, de nosotros. Se convirtió en una droga para mí esa noche y yo en la suya.
Desperté con mucho calor, el sol entraba por la ventana de mi habitación. Había olvidado cerrar las cortinas en la noche. Pero no solo el sol me daba calor. Noté unos brazos enormes abrazándome por la cintura. Traté de levantarme y esos brazos me detuvieron. Sentí una erección en mi trasero y comencé a reír despacio.
— ¿A dónde vas? — Me dijo Arthur con voz adormecida.
—A dónde quieres llegar tú, mejor dicho, siento algo en mi trasero— Arthur se carcajeó despacio.
—Es la emoción de despertar a tu lado, por fin.
—Yo también estoy emocionada, pero no lo puedo demostrar físicamente. Así que, puedes soltarme y dejar que me levante al baño, por favor.
—Bueno, pero no te demores— Me soltó y me levanté lo más rápido que pude, unos minutos más y me hubiese orinado.
Ya en el baño, decidí cepillar mis dientes y lavar mi rostro. Sabía que el cuerpo humano expelía olores y era algo normal, pero era la primera vez que dormíamos juntos y no quería sentirme incómoda.
Volví a la cama y él se levantó al baño. Tomé mi teléfono para revisarlo y ver los mensajes. Pasé de un chat a otro, vi el chat que tenía con Arthur. Su nombre me causaba risa, porque decía “ANCIANO” junto a un corazón. Estaba sonriendo, cuando vi a Arthur asomar la cabeza desde la puerta.
—Vi que tienes un cepillo de dientes nuevo ¿te molesta si lo ocupo?
—Para nada, mi casa es tu casa— Le dije.
—Bien— Se encogió de hombros y cerró nuevamente la puerta. Al rato, salió del baño y caminó hacia la cama completamente desnudo, al igual que yo — ¿Y bien? ¿Qué haremos hoy? — me preguntó.
—No lo sé ¿qué quieres hacer tú? — Me miró con cara pensativa y me respondió.
—Me gustaría que fueras a mi casa, quiero presentarte a Milly y quiero que conozcas un poco más de mi intimidad— Me tomó por sorpresa su respuesta. Pensé que aún dejaríamos pasar otro mes, hasta que me llevara a su casa. Venir a la mía era fácil, yo vivía sola.
—Mmm bueno, si es lo que quieres— Lo miré y me encogí de hombros.
— ¿No quieres?
— ¡Sí! Claro que sí, mientras esté a tu lado y no me dejes sola.
—Ya estás a mi lado— Se acostó más abajo en la cama y me arrastró con él.
Hicimos nuevamente el amor, con ternura, con delicadeza y nos envolvimos en el clímax como dos enamorados.
Henry llegó al rato a buscarnos. Lo saludé con un abrazo cuando lo vi al abrir mi puerta y él correspondió a mi gesto.
—Henry, buen día.
—Buen día, señorita Ivanna ¿Cómo está?
—Excelente, muchas gracias.
—Me alegro— Me respondió, regalándome una sonrisa.
Nos demoramos unos treinta minutos en llegar a la casa de Arthur. Su casa era preciosa y grande. Con un estilo de campo, pero aumentado a los doscientos porcientos. En color café oscuro con detalles en n***o, situada en un terreno enorme que, a simple vista, no tenía límites. Era de estilo casa de campo, pero de millonario. Mientras bajaba del auto, vi tres autos de alta gama. No tenía ni la más mínima idea de qué autos eran. La entrada y el jardín eran enormes, lleno de flores, plantas y árboles de diversos tipos por todos lados. Todo era verde y contrastaba con el color de la casa, que era de dos pisos y grandes ventanales.
Arthur me condujo hacia la entrada y en ella nos recibió una señora, con mirada amable y una sonrisa enorme.
—Buen día Arthur.
—Buen día Milly ¿cómo estás hoy?
—Muy bien, gracias.
—Milly, te presento a Ivanna Williams, mi novia.
— ¡Oh por dios! es hermosa— Milly se acercó a mí y me abrazó como si nos conociéramos de hace años.
—Mucho gusto señora, encantada de conocerla al fin.
—Ivanna, dime Milly, no soy tan vieja. Me han hablado mucho de ti y me alegro de que, al fin, hayas venido.
—Muchas gracias Milly— Entramos detrás de ella, que nos condujo hasta el salón principal, un espacio enorme con sillones blancos y una enorme chimenea. Las paredes eran de ladrillo y los muebles de un color café oscuro. Era armoniosa y preciosa, tanto por dentro, como por fuera. Todo combinaba en esa casa.
—Ven Ivanna, siéntate— Me dijo Arthur, mostrándome un espacio junto a él en el sillón.
—Gracias, tu casa es preciosa y enorme.
—Si, la compré cuando me casé con Anna, esperando a tener muchos niños corriendo por el lugar, pero el destino quiso otra cosa.
— ¿La extrañas?
—A veces. Al principio fue un infierno, realmente nos amábamos demasiado. Ahora solo pienso en ella cuando alguna ocasión me la recuerda, pero la recuerdo con cariño. Creo que, simplemente, aprendí a vivir sin ella. Y bueno, luego llegaste tú con tu altanería y sin mirarme a los ojos en el restaurante. Así que, tuve que llamar tu atención agarrándote del brazo para pedirte un agua mineral que jamás consumí.
En ese momento, Milly entró en el salón, para avisarnos que la terraza estaba lista. Cruzamos la casa y salimos por una puerta amplia ubicada en el fondo de la casa, que daba hacia el patio trasero. Me corregí al instante, no era un simple patio. Creo que eran hectáreas y hectáreas de un campo verde intenso con árboles alrededor, una piscina olímpica, reposeras con sombrilla y con vista hacia las montañas. Era una imagen digna de un cuadro de pintura.
La terraza era enorme, tenía una parrilla, una mesa exageradamente larga con puestos para unas veinte personas fácilmente. Todo era muy exagerado. Quizás la familia de Arthur era enorme.
Almorzamos los cuatro juntos, Henry, Milly, Arthur y yo. Realmente ellos tres eran una familia. Me encantaba la cercanía y amistad de ellos. Me hacía pensar que Arthur estaba muy solo y que se apoyaba en ellos desde que enviudó. Conversamos de todo un poco, hasta que me preguntaron por mi último año de universidad.
—Y cuéntame, Ivanna, qué harás una vez termines la universidad— Me preguntó Milly.
—Aún no lo decido con exactitud, pero me gustaría trabajar en una editorial, detrás de los libros. Darles la oportunidad a escritores emergentes que son rechazados. Pero sé que debo recorrer un camino muy largo para llegar a un cargo como ese en una editorial.
—Arthur tiene una editorial, quizá podrías intentar ahí— Me dijo Milly con una expresión de “un no sé qué” … quizá Arthur le mencionó que me ofreció trabajar con él, pero que yo lo rechacé.
—Curiosamente el día que nos conocimos, le entregué una tarjeta mía. Nunca más me volvió a hablar del tema— Comentó Arthur mirándome inquisidoramente.
—No, porque quiero abrirme camino sola, sin ayuda de nadie.
—No creo que sea ayuda, es solo un empujón para que logres grandes cosas— Me dijo Milly siendo muy insistente.
—Si, bueno, lo pensaré, aún me queda un año completo— Les dije, esperando que, con esa respuesta, se calmaran las preguntas y los cuestionamientos. Creo que notaron mi incomodidad.
Continuamos hablando de trivialidades, hasta que se hizo tarde y yo ya debía volver a mi casa. Arthur estaba en la sala, preparándose un trago cuando lo encontré.
—Arthur ya debería retirarme a mi casa, ya es tarde y mañana debo trabajar.
—Creo que no será posible. Henry estuvo bebiendo cerveza y yo igual. No podemos manejar en ese estado.
—Ok, tomaré un taxi— Caminé hacia la entrada y Arthur me agarró del brazo.
—Espera. No te enojes, es solo que… promete que no te enojarás.
— ¿Enojarme? ¿Por qué? ¿Qué sucede?
—Bueno… cuando te estabas duchando, tomé ropa de tu armario, la ropa con la que trabajas obviamente y la guardé en un bolso que Henry me entregó rápidamente mientras estabas en el baño. Y bueno, la traje hasta aquí para que te quedaras— No sabía si ese gesto me emocionaba o me enfadaba, era como si me obligara, pero sinceramente, no quería irme, no quería separarme de él. Sin pensarlo, me lancé a sus brazos y lo besé con todas las ganas que tenía acumuladas.
Con una rapidez que me sorprendió, me tomó en brazos, mis piernas rodearon su cintura, y caminó hasta la escalera. La subió con facilidad y se dirigió a su habitación. Me bajó sin despegar su cuerpo del mío y me desvistió con mucha sensualidad. Hice lo mismo con su ropa, pero esta vez, me detuve en sus pantalones. Me arrodillé frente a él, los desabotoné y bajé el cierre. Le bajé los pantalones y su ropa interior, quedando frente a mí su prominente m*****o. Lo miré a los ojos y con una sonrisa traviesa me dispuse a dar el mejor sexo oral que pude. Estaba extasiado, su respiración se entrecortaba y sus gemidos eran mi placer. Sentí un cambio en su postura y noté que estaba llegando al clímax. Me aferré a su trasero lo más fuerte que pude y dejé que se corriera, tragándome la excitación. Me tomó de los brazos con delicadeza, pero, a la vez, rápidamente y comenzó a besarme con pasión, probando su propio sabor. Caminamos hacia la cama, donde me recostó con mucho cuidado y se subió a horcajadas sobre mi cuerpo desnudo. Besó mi cuerpo por todas partes y bajó hasta mi sexo. Me hizo el mejor sexo oral que había tenido en la vida. Me sentía frenética, excitada, mis gemidos eran desesperados y sentí dentro de mí, cómo se acercaba el clímax. Llegué a la cúspide, en medio de un prominente gemido que traté de silenciar para que nadie me escuchara en la casa. Arthur me embistió con fuerza, pero no me hizo daño. Su cuerpo era mi perdición, sus besos, mi droga. Lo necesitaba con ansias. Quería ser solo suya. Quería ser su mujer.
Los dos nos envolvimos en el clímax y disfrutamos de nuestros cuerpos, como si nos necesitáramos desesperadamente. Arthur se recostó a mi lado y me atrajo con sus brazos. Estábamos bañados en sudor, pero no me importaba. Por instinto, me subí sobre él y lo besé con fuerza y pasión. Sentí como su m*****o comenzaba a levantarse y a rozar mi sexo nuevamente. Lo tomé con mi mano y lo introduje nuevamente. Comencé a moverme a un ritmo rápido, desesperado, quería más de él y él también. Sus gemidos me excitaban cada vez más. Me sentía poderosa sobre él, una diosa en mi propio olimpo. Llegamos al clímax, juntos otra vez. Y el cansancio me tomó por sorpresa. Me recosté a su lado, me di vuelta para quedar de espaldas y así me pudiese abrazar, y nos quedamos dormidos en medio de nuestros jadeos.