El viaje de regreso al departamento de Anna transcurrió en un silencio denso, cargado de pensamientos ocultos y verdades no dichas. Israel mantenía ambas manos firmes en el volante, su mandíbula estaba bastante tensa denotando preocupación excesiva, y como mantenía la mirada fija en el camino, Anna no lo notaba; la mente del hombre estaba atrapada en la conversación con Graham. Su desconfianza había crecido con cada palabra velada, con cada amenaza implícita. Pero no podía decírselo a Anna. No en ese instante. Anna, ajena a la tormenta interna de Israel, estaba sumida en su propio conflicto. Miraba la ciudad a través de la ventanilla del auto, pero no veía los edificios ni las luces que pasaban en una estela difusa. Sus pensamientos estaban fijos en Iris, el ama de llaves de la casa de su

