El silencio era abrumador. Cuando llegaron al departamento de Anna, la tensión entre ambos era un nudo apretado que ninguno se atrevía a deshacer. Se separaron casi de inmediato, como si la proximidad pudiera ser peligrosa, como si compartir el mismo aire aumentara el riesgo de enfrentar lo que ambos evitaban. Israel se dirigió directamente al bar. Sus pasos eran pesados, su respiración, irregular. Sentía una presión en el pecho que no lograba disipar. Necesitaba beber. Algo fuerte. Algo que le quemara la garganta y lo hiciera olvidar, aunque fuera por un instante, la sensación de amenaza que Graham había dejado en el aire. Cada palabra suya había sido una advertencia velada, una declaración de dominio que Israel no terminaba de comprender… o quizás sí, pero no quería hacerlo. Se sirvió

