—¿Qué tal si pasamos a cenar y tomarnos una copa? —propuso Israel mientras acaba su auto del parqueadero de la empresa.
Anna que estaba en silencio, cohibida por todo lo que ha venido sintiendo hacia él, se sorprendió por su propuesta.
—No tienes que llegar a comerte otro sandwich, vamos —insistió.
—Estoy agotada —le dijo ella.
—Por eso, solo cenaremos y te llevo en seguida a tu palacio —siguió insistiendo y le guiñó un ojo de manera amigable.
Anna se convenció de que no puede estar así. Como ya sabía a qué atenerse con él, si la vida insistía en mantenerla al lado de ese hombre, siempre que no caiga en cosas malas no tiene por qué andar prevenida.
—Está bien —accedió seria.
Israel la llevó a un restaurante lujoso. En el pasado había asistido a algunos en compañía de sus padres, pero jamás llegó a apreciarlo como lo estaba disfrutando. Sentada en una mesa redonda decorada con un arreglo floral delicado, unas velas que iluminaban el espacio y las copas de vino que Israel pidió antes de que les llevaran la comida se sintió bien, relajada, en paz, esa serenidad que no había conocido. Le ha costado acostumbrarse a su nueva vida, y más aprendiendo a vivir sola. Acepta que aunque es duro no verse rodeada de gente, estar sola es mejor que rodearse de quienes solo buscan minimizarla.
—¿Cómo te sientes en el departamento? —inquirió Israel como si leyera su mente.
Anna se sonrió, por primera vez lo hizo después de varios días de mantenerse seria y precavida ante él.
—Bien, adaptándome. Me siento extraña por verme tan sola pero es lo mejor, así lo siento, por lo menos mi mente está tranquila. No tengo ese temor que me perseguía de esperar que me reprocharan por hacer y por no hacer. Eso es lo único incómodo.
—Me alegro de eso —celebró Israel mirándola por encima de la flama de la vela.
—Gracias a ti mi vida está fluyendo, me gusta el proyecto —se tomó un sorbo del vino.
—No hay nada qué agradecer —suspiró y la adoró a la luz de la vela—. ¿No has recibido noticias de tu familia? ¿No han intentado atormentarte?
—Apagué mi teléfono hace días, no quiero que nadie me perturbe. Estoy pensando en comprarme otro móvil, no sé, lo encenderé tal vez en dos meses. Quiero adaptarme a esta vida y aprender a endurecer un poco más mi carácter para enfrentarlos.
—Para ser una mujer insegura, el día de la boda de tu hermana y el día de la mudanza demostraste tener carácter, el suficiente para dejar claros tus límites —advirtió Israel elogiándola con sutileza.
—Eso solo fueron vestigios de una crisis de desesperación, créeme me falta mucho —confesó y ahí cayó en cuenta que había dejado pasar muchos días para planificar mejor su venganza.
Debe propiciar un encuentro con Graham, estimó que él era la pieza fundamental para atacar a Loreta y a su padre. Como nada tenía que perder, decidió arriesgarse por ese lado.
Les llegó la comida y sumergidos en temas laborales, degustaron los tres platos. Anna se sintió como una verdadera mujer, la adulta que su familia decía que no llegaría a ser. Israel aprovechó para consultar su opinión de un nuevo proyecto y se sintió feliz de ser tomada en cuenta en algo tan bueno e importante. Comenzó a ver como una verdadera burla las constantes afirmaciones que pretendían hacerle creer que de verdad era una inútil. Así fue, pero solo hasta que llegó el hombre que tiene al frente.
—Bueno, ya está en su palacio —le dijo Israel cuando estacionó en la entrada del edificio.
—Gracias por la cena. Me agradó la velada.
—Esa era la idea, sorprenderte con algo bueno.
—Bueno, me voy, mañana debemos estar temprano en la oficina —le recordó Anna e intentó abrir la puerta.
—Espera te abro —se ofreció Israel y salió de su auto.
Lo rodeó y abrió la puerta. Caminó a su lado para acompañarla a la entrada del edificio. Se detuvieron en la entrada para despedirse, y en ese instante ambos tuvieron la duda de darse el acostumbrado beso en la mejilla, y en medio de la duda Israel terminó depositando el beso en la comisura del labio de la mujer.
Esa acción confusa tuvo efectos importantes en ambos, Israel sintió un cosquilleo en su lengua y sus labios, y Anna terminó de reflejar ese tierno beso en una contracción abdominal de susto ante la necesidad de que él hubiera continuado esa acción. Si bien se separaron, quedaron muy de cerca mirándose fijamente a los ojos.
—Disculpa, no fue mi intención —se excuso Israel mintiéndole.
—No…, no… —Anna intentó responderle pero no pudo.
El temblor de sus labios fue una provocación más para Israel porque esperando lo que ella le fuera a decir, se quedó mirándolos y sintió que su boca se hizo agua de deseo por probarlos, pero de verdad. No en una actitud confusa ni inocente. Lo que siente por ella estaba lejos de la ingenuidad, en su sentir nada inocente había más que tratarla como su niña, una niña a la que adoraba acariciar palmo a palmo.
No se contuvo, y se volcó sobre la carnosidad de esos labios brillantes. Anna se sorprendió pero no lo apartó, dejó que Israel la besara, y no en un beso tierno, sino desesperado, hambriento de ver a qué sabían, y como los suyos lo recibían, lo disfrutó, pero sentía que no podía parar.
Por espacio de varios minutos estuvo besándola, esperando que en algún momento ambos le dieran fin. No lo consiguieron, no para despedirse, sino para aceptar que habían abierto una puerta de placer que debía ser explorada sino querían pasar noches de insomnio preguntando qué sería sí… No, él no estaba dispuesto a pasar por eso, eso se lo deja a los niños, y como Anna y él no son niños, se atrevió a besarla un poco más y sin separarse del todo de ella, dijo lo que tal vez pudiera escucharse como un insulto.
—¿Vamos arriba? —pregunto con toda intención.
Ella asintió en un movimiento de cabeza.
—Espérame que llevo el auto al parqueadero —le dijo él y esperó a que ella entrara, bajó apresurado e ingresó el auto.
La encontró al pie del ascensor. Emocionado como niño cuando le prometen un chocolate, la tomó de la mano y la jaló al interior del ascensor cuando las puertas de este se abrieron. Como si no pudiera contenerse la pegó de las paredes del ascensor y retomó el beso.
Anna extasiada de lo bien que se sentía, no hizo nada para oponerse, más bien buscó pegarse al cuerpo de él. Habían despertado un volcán en su ser, y más si tenía unas copas de vino en su cuerpo, eso le ayudó a no negarse a lo que venía deseando.
—Dame las llaves —le pidió Israel cuando estuvieron en la entrada del departamento.
Ella se las dio, Israel abrió, la empujó al interior y metió la llave en la cerradura para pasar el seguro. Vio que ella tenía intención de separarse y no se lo permitió, la tomó de la cintura y la arrastró a la sala de estar, la sentó en sus piernas y n perdió tiempo, retomó el beso pero en una actitud maps desesperada, le encantaba tenerla ahí para él. No sabe en qué momento le había quitado la blusa y el brasier, solo se vio sorbiendo de sus pechos con una felicidad inimaginable, mientras que Anna ante las sensaciones de su piel no podía decir que no, no podía, solo deseaba que él avanzara.
Isael no la hizo esperar y al bajarla de sus piernas la acostó en el sofá para terminar de desvestirla y probar de toda ella como había anhelado, se la disfrutó, logró hacerla suya, la tuvo para él como quiso.
Amanecieron en los brazos del otro, dormidos y totalmente desnudos.
—Perdón por no contenerme —le dijo él.
Anna adormilada no lo entendía, pero luego unos segundos después cayó en cuenta de su negación, lo que no había hecho sino postergar ese momento, porque la atracción entre ambos ya existía.
—Ya se hizo el daño —le dijo ella en un susurro y comenzó a acariciar el abdomen de su amante, se dio cuenta de cuán sensible era a su tacto, su virilidad se despertó de la manera magistral—. ¡Wow! —la tomó en sus manos y sintió su potencia. No se contuvo y curiosa se sentó encima de ella con una lentitud que arrancó un gruñido de Israel.
Haciendo movimientos lentos, se adentró semejante instrumento, bailó sobre él acelerando la danza y luego la ralentizaba. Sentía demasiado en ese juego pero Israel no estuvo de acuerdo en darle larga a eso y la cambió de posición. Sintiendo un animal dentro de sí, la tomó sin compasión.
—Me fascinas —le dijo Israel mientras estaban sentado a la mesa desayunando.
—¿Esto cambia algo? —preguntó Anna preocupada.
Israel acarició su rostro y su cuello provocando una oleada estremecedora en su espalda que la obligó a cerrar los ojos.
—Claro que cambia todo —afirmó sin dejar de tocarla, llevó su mano adentro de la camisa, liberó uno de sus abultados pechos—. Ahora te deseo más.
Ella no hizo nada para evadirlo, lo dejó acariciarla, Israel había despertado su piel, y al más mínimo contacto estaba siendo difícil poner fin al encuentro que comenzó la noche anterior. YA deberían estar en al oficina aun asi parecia que iba por la siguiente sesión de sexo.
—Ven —le dijo él luego de hacer a un lado lo que tenía frente a sí en la mesa, levantó a Anna y la ayudó a quitarse la parte de abajo de la ropa—. Necesito un poco más de eso. Prometo quedarme tranquilo después de esto.
Anna solo le sonrió, sabían que ya no podrían parar, solo un evento inmenso haría desaparecer lo que habían comenzado por contención. Israel le robó un gemido al introducir su lengua en esa parte de su cuerpo que estaba aprendiendo a ser la más feliz, tanto que terminó con las piernas temblorosas y luego se vio invadida por el m*****o recrecido de su socio.
—No quiero que nadie se entere de esto —lo sorprendió Anna cuando iban camino a la casa de él a cambiarse de ropa.
Israel no reaccionó pero sí le llamó la atención su comentario.
—Está bien, lo respeto —aceptó.
Dado que apenas se iniciaban en esa relación extraña para Anna prefería no decirle a nadie.
—Pierde cuidado, nadie se va a enterar de que me has hecho feliz —acarició su rostroè. Pero ¿Cómo harás con tu familia? Ellos asumen que soy tu novio. Que sepan que andamos cogiendo no es malo, todos los novios lo hacen.
—Que lo sospechen, no voy a confirmarle mi vida a nadie —respondió seca.
—Perfecto. Siempre que no me cierres las puertas aceptaré.
—No, no lo voy a hacer, necesito compañía, y solo te tengo a tí.
—No pienso darte solo compañía, quiero enseñarte a vivir.
—Ya lo estás haciendo —tomó su mano y la acarició.
—No imaginas cuanto me complace ser correspondido.
—En el sexo —aclaró ella.
—Sí, en el sexo.
—Por cero, es demasiado bueno aceptó ella.
Israel iba entrar el automóvil al parqueadero, ella lo detuvo.
—No lo hagas, te espero aquí —dijo firme—. Si subo no saldremos hoy a ningún lado. Tenemos pendientes.
—Recuerdas que soy el jefe, puedo posponer citas y si quiero cerrar la empresa —le dijo al tiempo que la tomó por la nuca para atraerla hacia él, le robó un beso—, y el día de hoy se me antoja de puro coger, ¿Qué opinas? Ahora toca en mi casa, ¡Dime que sí!
—Pero ya sabes, solo sexo, nada de compromiso, nada de expectativas, no queiro nada de eso, si accedes aceptaré coger hoy y las veces que se te antoje.
—Sin compromiso, pero coger día y noche.
Ambos se carcajean al ver lo descarados que puede volverlos la lujuria.