Días previos a la llamada:
—¿Dónde carajo se supone que está metida esa maldita mujer? —reclamó Graham a uno de sus hombres—. Te quedó grande, pues. Solo a ustedes se les escapa una insignificante mujer como Anna.
Apenas regresó de su luna de miel, ansioso por quitársela al hombre que ella se encargó de presentar en su matrimonio, Graham movilizó a sus hombres y a todos sus contactos para tratar de dar con el paradero de Anna, y al no dar con ella cada día se ponía peor. El mal humor que se gastaba no era tan normal para un hombre recién casado y con tantos éxitos en su negocios.
En realidad, Graham no tenía motivos para estar enfadado, sus empresas marchaban bien, seguían produciendo más ingresos, su patrimonio legalmente reconocido iba en incremento, e incluso su reputación como empresario ejemplar, se mataba trabajando para ello; pero no solo eso, también sus negocios turbios iban en incremento considerable; las relaciones con Baltazar O’Brien estaban cada vez má afianzadas. Aparentemente no tenía nada de qué preocuparse. Económicamente tenía una satisfacción que pocos podían darse el lujo de disfrutar. Y su matrimonio, bueno, su matrimonio pese a dar un giro inesperado después de los sucedido con Anna, se mantiene normal, aceptable, casi en una rutina tediosa para ser apenas el comienzo de la convivencia con la mujer que antes le parecía fascinante, no por amarla sino porque se llevaban bien, en la cama eran más que compatibles y fuera de ella, Loreta era la novia ideal, y ahora la esposa necesaria. Lo apoyaba en todo, pero él no sentía el mismo deseo hacia ella ni la misma satisfacción. El fantasma del recuerdo de la Anna que hizo mujer lo ha perseguido desde el mismo momento que le vio en brazos de ese hombre. Todo porque estaba acostumbrado a poseer sin dejarse arrebatar sin luchar.
La desaparición de Anna había ido coartando toda posibilidad de tenerla una vez más cerca y demostrarle que él tenía el control de su vida, desde el momento en el que ella accedió a entregarse a él, a su modo de entender, paso a ser una más de las mujeres que mantiene en reserva, eso quiso entender, pero la misteriosa desaparición de ella lo lleva ansioso y malhumorado. No ha logrado satisfacción alguna en ninguna de las mujeres a las que ha recurrido para bajar ese maldito deseo que lo atormenta por ella, ni siquiera Loreta ha logrado satisfacerlo.
Había discutido la noche anterior con su esposa, todo porque él preguntó qué noticias tenía de la rebelde de Anna. Aparentemente Loreta estaba de mal humor, no sabía la razón, tampoco se molestó en preguntarlo. Sus caprichos no eran importantes para él. Eso le sirvió de excusa para salir de casa y se fue a un club nocturno, exclusivo que frecuentan políticos y grandes empresarios donde además de tomarse un buen trago, podía escoger a la mujer que quisiera entre las anfitrionas, todas vestidas de manera elegante, refinadas pero debajo de esas ropas y esa supuesta educación son los seres más aberrados que un hombre espera encontrar en una mujer.
Se decidió por una mujer morena, con similares características a Anna, hasta su estatura baja lo atrajo. Una mujer con poco verbo, pero dispuesta a complacerlo apenas ingresaron al área que él escogió para dejar fluir su fantasía.
—¿Qué estás dispuesta a hacer por mí? —le preguntó a la chica que lucía una camisa de mangas largas, un conjunto tipo blazer con falda, lentes de supuesta corrección, labial de rojo intenso, mirada achinada, cabello largo y abundante, toda una diosa con apariencia de ejecutiva.
Estaban en una terraza, al aire libre en uno de los compartimientos, un área que era perfectamente visible para algunos otros que al igual que él decidieran arriesgarse a desencadenar su fantasía ahí a riesgo de la vista de muchos. Lo que era casi imposible, ya que la mayoría de los que tomaba esos reservados solo hacían con una única intención, coger hasta el cansancio, sin importar el mundo alrededor. Era mucho lo que pagaban por estar ahí, además las mujeres eran tan provocativas que no valía la pena distraerse pendiente de lo que pudieran hacer los otros.
Para confirmarlo, la mujer comenzó a complacerse ahí sentada en frente de él en un diván, sin molestarse en quitarse la ropa, inició su sesión de satisfacción superficial, y eso visualmente tienta a la razón. Hubiera querido que fuera Anna la que ocupara el lugar de la mujer que frente a él insiste en presionar sus pechos sobre la ropa y contener su deseo de introducir sus dedos en su entrepierna al aumentar la necesidad de solo ver como el m*****o de Graham crece dentro del pantalón, mientras él se mostraba tranquilo, tomando sorbo a sorbo su trago, tenía controlado sus instintos.
Complacido, terminó llevando su mano a su entrepierna cuando la mujer no aguantó más y de piernas abiertas, aun luciendo sus tacones llevó sus dedos a su interior y se complació de manera descontrolada, eso hizo que él dejara su trago y se incorporara del sillón para acercarse a la mujer, alzar sus piernas en sus hombros, liberó su virilidad y luego de colocarse un preservativo sin mayor esfuerzo la castigo de la forma más exquisita que ella puede disfrutar. Aberrado jugó un buen rato con ella sin necesidad e quitarse la ropa, pero eso sí, nos e cuidó de dejar de gruñir como bien le encanta.
Imaginando que era Anna a quien tenía ahí para él, jugó con sus dedos y su virilidad entradolos y sacándolos de la cavidad de esa experta del placer.
Al finalizar solo se dedicó a arreglar su pene en su pantalón, acomodó el resto de su ropa, le dio una propina y abandonó el lugar volviendo a sentirse tan satisfecho como malhumorado al aceptar que la condenada de su cuñada lo tenía agarrado de los testículos. Necesitaba encontrarla.
Recordar esa escena de la noche anterior, le hizo sentir frustrado al no creer como una mujer insignificante, en una sola ocasión logró jugar con él.
—Señor, hemos hecho todo por encontrar a su cuñada,s e escondió muy bien, y para mala suerte nadie tiene el nombre de su novio —recalcó su hombre de confianza.
—¿Cuál novio? —reclamó dando un golpe en el escritorio—. Anda a buscarla y deja de decir idioteces.
Su hombre de confianza abandonó el despacho. Su jefe no estaba en sus mejores días.
Graham preocupado, volvió a tomar su móvil y fue cuando marcó por enésima vez el número de Anna. Como había insistido tanto no esperaba encontrar respuesta, pero para su suerte, está vez si logró contactarla, y ahí estaba sentado en el reservado de un restaurante exclusivo a la espera de verla aparecer.
Tiempo presente:
—Señor, la señorita está entrando —le anunció su hombre de confianza.
Se paró de la mesa y se fue a otro lugar a esconderse para sorprenderla.
—No se preocupe, llegó sola en un taxi —agregó el sujeto y colgó la llamada.
Como la había imaginado, ahí estaba más apetecible que nunca. Anna ingresó al restaurante y luego de hablar con el anfitrión en la entrada se dirigió a las escaleras que conducían al segundo nivel que era donde Graham reservó el espacio.
Curiosa por la elegante y discreta decoración, buscó a Graham con la mirada.
—¿Anna O’Brien? —preguntó una anfitriona.
Con el corazón en la boca al no saber quien es el hombre que impuso tanto misterio en ese encuentro, Anna al ver la seña que la chica le hizo la siguió. No se habái dado cuenta que detrás de ella, al pendiente de todos sus movimientos se encontraba su real anfitrión, su cuñado, un hombre deseoso por volver a atraparla, pero esa vez no por escasos diez minutos, quería más de ella. No pudo terse y caminó directo para quedar pegado a ella, sin importarle que la anfitriona estuviera ahí, restregó su virilidad encarnecida a los deliciosos glúteos de una Ana nerviosa y que quedó en parálisis, Graham pegó sus labios a su oreja al tiempo que apretó una de sus nalgas en señal de posesión.
—No vuelvas a hacerme esto —adujo en su oreja y le dio un leve mordisco.
Apenada por la escena, la anfitriona con discreción se alejó.
Por segundos Anna quedó hipnotizada por el efecto de su loción, su actitud posesiva, su voz demandante y la necesidad marcada en la dureza de su m*****o pegado a sus nalgas. Había cerrado los ojos para dejar pasar el estado de indefensión y a la vez exquisito que el maldito le dio a ese recibimiento.
—Eres mía pequeñita, y te lo voy a demostrar —con sus brazos alrededor de la cintura de Anna, la arrastró al compartimiento que tenían asignado y no le dio oportunidad de decir ni protestar.
Anna no sabe en qué momento lo hizo, lo cierto es que sin importarle el lugar en el que se encontraban, liberó su m*****o corriente de deseo, y subió su falda hasta su cintura y de espalda haciendo a un lado el panti, la hizo suya.
—¡Aaaah! —exclamó ella al sentirse extasiada incapaz de rechazar ese pedazo de carne tan abrumador que se apoderó de su ser, mientras Graham la tenía agarrada por el cuello de una manera sensualmente amenazante.
Graham además de saciarse de la mujer que se atrevió a jugar con él al desaparecer durante todo ese tiempo, también quiso castigarla, demostrarle que con él nadie barría el piso. Aprisionó su cuello dándole peligrosidad a esa situación, sin importarle que alrededor tenía espectadores que si bien no los observaban si sabían que estaba sucediendo en ese espacio, él gruñía al confirmar lo que Anna puede causarle, y nada menos que una satisfacción abrumadora que confirmaba su necesidad de tenerla. En contra de su sexo volcó toda la ira y la necesidad por ella.
—Señor Riverel, pare con esto —escucharon desde el otro lado del compartimiento—. Su conducta está incomodando a los comensales, sino llamaré a las autoridades.
Sin salir de Anna, se carcajeó.
—Haga lo que guste, pero eso sí, luego no se queje por las consecuencias, no estorbe —respondió y retomó su sesiónd esexo creciente.
Si bien no es hombre de escándalos, sí hace lo que quiere y cuando lo quiere. Por lo que poco le importan las autoridades, tiene dinero y la influencia necesaria para salir de esa sin levantar sospechas en su reputación. Por lo que decidió terminar lo que había comenzado, y más después de tanto tiempo de espera. Mucho era lo que había sufrido por tener a Anna ahí, sobre él, a su merced.
—Ya por favor —le pidió ella al reaccionar—. Nos van a detener.
—Esto acaba cuando me sacie —respondió tajante—. cierra los ojos y siente lo que es tener a un verdadero hombre.
—Pero…, el señor dijo… —iba a insistir y Graham cubrió su boca con sus manos.
—El señor dice que debemos terminar —completó—. El señor soy yo, y digo que dolo cuando logres saciarme saldremos de aquí, así que muévete, danza sobre mí.
Tomándola en peso la obligó a saltar sobre él de manera ruidosa, el peligro, la adrenalina, lo prohibido le dio un gusto tremendo a esa situación.
Así, Anna, incapaz de cortar el gusto que Graham le estaba dando rompió el contacto. No esperaba que esa invitación fuera para esto, y menos en un espacio público, pero el ingenió, lo atrevido que es Graham le dio a entender que no tiene límites. Ella al entregarle su virginidad el propio día de su boda con su hermana, no hizo sino enviarle un mensaje ineludible, y era que poco le importaba el mundo, menos traicionar a su sangre, y como Graham es un ser frío, no resintió traicionar a su esposa con quien deberá ser solo su cuñad.
Para ese encuentro debía haberse mostrado arrepentido, preocupado por Loreta, pero no, su preocupación era porque desesperado no la encontraba, y al tenerla allí, la necesidad de revivir las sensaciones que ella le provoca, se olvidó del mundo.