—¿Qué carajo crees que estás haciendo con tu vida? —reclamó Graham cuando finalizaron, la ayudóa ponerse de pie, tomó la misma servilleta que decoraba la mesa y limpió el sexo de Anna. Algo grotesco pero para él tan básico como es cuidar a quien acaba de darle una gran satisfacción.
—Puedo sola —rechazo Anna evadiéndolo, pero ya era demasiado tarde, Graham no solo la había limpiado sino que también llevó el panti a su lugar.
Antes de cuidar protegerse, se cuidó en protegerla a ella, y era algo extraño en un hombre tan prepotente. Solo que ella no sabía que esto era parte de su forma de tratar a su amante si era de las que habían llegado a ocupar un lugar importante en su vida s****l.
—Toma asiento, ya nos vamos de aquí —le dijo en una orden.
—No eres nadie para mandarme, no sabia que eras tu quien me llamó, esto es una abuso —reclamó después de saciarse también de sus arrebatos, le fascinó pero no lo iba a reconocer—. Me voy —dijo ella dando por terminado el encuentro.
—Si no quieres ser objeto de malas miradas al salir de esta área, yo tú, no me arriesgaría, la gente hablará de ti —le recordó él.
—Eso debiste haberlo pensado antes de exponerme a esto, eres un bruto —le dijo con rabia, eso pretendió demostrar.
—Bruto, pero gozaste tanto como yo el momento —respondió incorporándose de la silla para terminar de arreglar su traje—. ¿Dónde estás viviendo? No me digas que estás con el muñeco ese.
Anna guardó silencio, no estaba dispuesta a darle explicaciones, no fue allí a eso. Aunque no estaba segura de que él fuera quien la buscó, estaba bien definida de cómo sería la comunicación con ellos de suceder dicho encuentro. Aquí están, y si ahondar en detalles piensa llevarlo a su terreno, guardar silencio en su vida era una forma de mantenerlo al margen.
—Ya tengo tu número, te llamaré después —le dijo ella decidida a no importarle que las personas allí murmuren al verla salir del lugar que acababa de dar el mayor espectáculo.
—Espera, sal conmigo, la gente no hablará —intentó Graham.
—No me interesa el qué dirán, igual, lo que deben es estar envidiosos, porque ellos no han disfrutado loq eu yo acaba de comerme a gusto —le dijo descarada y tomó su bldo, le dio la espalda y caminó decidida por los espacios hasta bajar al primer nivel y salir del restaurante.
Perturbada por lo que acababa de pasar allá dentro, se encaminó por la larga avenida calle abajo. Necesitaba perderse de la vista de los hombres de Graham y aparentemente lo estaba logrando, porque llegó un momento que no lo vió más.
Tal como había previsto que sucedería, uno de los perros sabuesos de Graham la siguió, celebró llevar en su bolso la llave del departamento que había arrendado. Tomó un taxi dos calles más abajo y se embarcó en un taxi hasta la nueva dirección.
Iba extasiada, con la piel erizada y el corazón a mil después del encuentro. Aun si Graham no hubiera puesto a sus hombres a seguirla, no iba a correr el riesgo de irse a su departamento. No podía delatarse ante Israel. En su piel lleva impregnado el aroma de la lociónd e Graham, su sexo sudoroso, y palpitante por la exquisita invasión que sufrió de manera sorpresica y su piel estaba al toque. Todo en ella la delataba de haber estado con alguien, y ese alguien no era cualquiera sino con quien era prohibido, e inconveniente y poco digno de presentarlo como un contacto cariñoso. No podía herir a Israel y tampoco le convenía que graham certificara si estaba o no con él.
Cuando el taxi se detuvo en la entrada del edificio, no se molestó en mirar atrás, no lo quería porque estaba segura de ser perseguida. Con suerte había armado esa parte de su plan, el auto de alquiler que tenía allí era para salir de allí sin ser reconocida por ellos.
Por lo pronto, le urgía una ducha.
—Señor, ya descubrí donde está viviendo la señorita —anunció el escolta de Graham que la siguió.
—¡Perfecto! Regresa, debemos ir a otro lugar, ya me encargaré de ella —aclaró Graham saliendo del restaurante donde hizo todo menos comer—. Toma, entrégale esto al gerente para compensar su receptividad a que pudiera desencadenar mis instintos allí —le dijo Graham a su hombre de confianza entregándole un fajo de billetes—. Creo que es suficiente para el trauma.
Así, se embarcó hasta su empresa, e ingresó directo a la sala de juntas. Sorprendemente su estado de ánimo cambió de inmediato.
Mientras tanto, Anna después de tomar la ducha se sentó a tomarse un café mirando al exterior en la pequeña terraza del apartamento tipo estudio a la espera de que la ropa cumpliera el ciclo en la secadora. Tenía todo bien pensado. Lograr su objetivo lo valía.
Su siguiente paso era comenzar a poner nerviosa a Loreta. Inmadura o no esa decisión, es lo que había decidido, así como Loreta jugó con su confianza durante mucho tiempo, ella lo haría, pero tocaría la parte más sensible de su presente. Allí tomó la decisión de poner a un detective a seguir a Graham y averiguar a cuáles lugares visitaba. No le tomó mucho encontrar a uno con buenas referencias.
Lo recibió en el apartamento tipo estudio, le dio señas de Graham y una fotografía.
—Ya sabes, necesito fotos, no importa el calibre de esas fotos, solo necesito que retrate sus momentos más crudos, más íntimos y me envié esas imágenes en el mismo momento.
Luego de pagarle la primera parte del contrato, el hombre se fue dejándola sola.
Mientras tanto en la mansión de los O’Brien, Loreta acababa de llegar. Atendiendo al llamado de su padre postergó la visita al salón de belleza.
—¿Apareció Anna? —fue lo primero que preguntó.
—No, ojalá aparezca esa inutil, solo sirve para darnos dolores de cabeza —reclamó Baltazar.
—¿Por qué lo dices papi? ¿Que pudo hacer si no sabemos nada de ella desde hace muchos días?
—Hasta desaparecida la estúpida parece destinada a jodernos la vida Loreta —comentó su madre—. Hoy leyeron la otra parte del testamento del señor Gonzalo y la señora Marieta.
—¡Qué raro! Hubiera jurado que ya se había leído todo —comentó soltando su bolso de mano para tomar asiento al frente de sus padres interesada en conocer la noticia que ellos le tenían—, ¿Qué tiene de nuevo?
—En esas escrituras e dejan otra propiedad a la tontuela, y aquí impusieron uan sola condición para que ella pueda seguir disfrutando de los bienes que ya le han sido entregados y estos nuevos.
—¡Wow! Papi, y los viejos desgraciados esos ¿A mí no me dejaron nada? —inquirió sintiendo ira y envidia al ver cómo fueron de injustos sus abuelos con ella.
—NO, hija, una vez más los malditos se encargaron de humillarnos —comentó Baltazar—. He podido controlar la lectura del testamento y sus anexos porque el notario es de mi confianza porque de lo contrario no tendríamos nada de lo que tenemos ni acceso al contenido si ella no estuviera presente, y aun así sigue siendo el peor obstáculo que tenemos. Se fue de la casa y debería ser nuestra liberación y al contrario no.
—Y esos que eran tus padres —le recordó Lucrecia, su esposa—, parece que te odiaban y te lo siguen recordando después de muertos.
—No teníamos muy buena relación, pero no viene al caso, lo cierto es que todo se lo han ido dejando a esa desgraciada porque ni siquiera contratando a un asesino bajo sueldo podremos quedarnos con todo.
—¡Y eso porque papi? —inquirió Loreta frustrada.
—Porque las condiciones establecidas en el testamento dicen que si ella fallece todos los bienes pasarán a una fundación que ellos crearon para atender a niños abandonados.
—¡Desgraciados! —Gritó Loreta apretando los dientes—. Yo soy tan nieta de ellos como la estúpida esa, ¿Por qué me hicieron a un lado?
—Loreta, deja la malcriadez, no es hora de hacer dramas, más bien debemos unir fuerzas para buscarla, necesitamos asegurar que no le pasara nada, necesitamos asegurarnos esos bienes, sabes bien que estamos a riesgo de perder los bienes, solo teniéndola aquí podremos controlar todo —le dijo lucrecia su madre, una mujer tan fría como su hija y su esposo.
—¿Cómo la vamos a encontrar? Graham creo que contrató a un investigador para encontrarla y hasta hay nada que dá con su paradero —recordó Loreta.
—Algo hay que hacer, si es necesario sacar a ese hombre del camino, no deberíamos dudar, mientras menos personas estén al lado de ella mejor, así podremos controlarla más —opinó Baltazar.
—¿Hablas en serio? —quiso saber Lucrecia.
—Toda decisión que se tome es poco para la magnitud de la pérdida que tendremos si ese hombre que está con ella o cualquier otra persona descubren la herencia y las condiciones y quieran abrirle definitivamente los ojos.
—Bueno, ¿Y no fue lo que hizo? —cuestionó Loreta.
—No, no ha abierto los ojos a la verdad, solo reaccionó a una actitud malcriada, es tan tonta que no ha descubierto todo lo que hay a su alrededor —aclaró Baltazar.
Frustrada, Loreta se puso de pie para ir a servirse un trago.
—¿Supongo que está vez también nos vamos a repartir está parte? —preguntó dejando ver la ambición —. No es justo, ella no se merece nada de lo que los malditos viejos cacrecos le han dejado. Debiste matarlos después de ponerlos a firmar un documento de transferencia de todo. Te dormiste y mira la sorpresa que te dieron. Tremendo amor el que te profesan. Más bien parecen padres de la maldita de Anna.
Con mucho odio se sirvió el trago y se tomó la mitad de este. Ha deseado ahorcar a Anna para verla implorar en sus manos. Ahora sabe que ese deseo no podra hacerse realidad porque simplemente Anna les sirve más viva que muerta.
—¡Qué fastidio! Voy a hablar con Graham está noche y pedirle que vuelva a contratar a ese investigador. Estoy segura que él comenzará a moverse. Estaba preocupado por el riesgo que pudiera estar corriendo en la calle. La odio, quisiera que se la llevará un oso en la boca y destrozara su insignificante cuerpo con sus dientes.
Se tomó el otro sorbo restante del trago.
—Pues te tocará no solo defenderla del oso sino también hacerte su amiga, su hermana incondicional —dispuso Baltazar—. Te toca traerla de vuelta a casa.
Escandalizada por la orden que ha dado su padre, Loreta se giró sobre sus pies para verlo.
—¿Yooo? ¿Por qué yo? No soporto ver su rostro, menos escuchar su estúpida voz sumisa.
—Pues te cuento que ese tono desapareció —advirtió su padre—, la última vez que hablé con ella, lo pude ver. El día que tomó la mala decisión de irse con ese hombre, me habló como nunca antes. Tenía fuerza y autoridad en sus palabras. Anna me demostró la determinación que nunca había tenido.
—No tengo estómago para soportarla —comentó Loreta sin saber que los papeles se invertirán.
A esa misma hora, en New House Brish, el conjunto residencial donde Anna tiene arrendado el apartamento, está comenzó a vestirse para volver a su departamento. Ya había oscurecido. Era tiempo suficiente para darle a Graham un margen de espera, y al ver que no dió señales de vida, decidió volver a casa.
Enfundada en otra ropa y luciendo una peluca, Anna tomó el volante del auto de alquiler y solo cuando estuvo cerca de su departamento, se despojó de la peluca. Dejó el auto en unos de los puestos alquilados en su edificio y subio en total tranquilidad. Con suerte nunca le dió a Israel llaves de su departamento.
Se sintió totalmente satisfecha, el día había rendido verdaderos frutos. Descaradamente disfrutó de la sensación de disfrutar en su cuerpo dos formas distintas de amar y tan placenteras que bien sabía que podrían convertirsele en una adicción. Aunado a ello, con el investigador al pie del cañón buscándole pistas con las cuales podría comenzar a atormentar a Loreta, luego de darse otra ducha y ponerse ropa cómoda, esto es, un top sin tiras y solo un panti, se fue la cocina para buscar que comer y una copa de vino. La ocasión ameritaba que celebrará, y esa vez era un triunfo mediano pero individual y con grandes resultados. Tan motivada estaba que decidió bajar una receta de internet y por primera vez enfrentarse a la cocina. Quiso comer algo cacero, algo preparado por sus manos que no saben más que armar sandwich y poner a funcionar la cafetera.
Feliz encendido su reproductor de música central y se concentró en preparar verduras al vapor, una ensalada y milanesa salteada con vegetales. Algo sencillo pero para ella significativo, corría el riesgo de que las verduras metidas en agua terminarán quemándose, así tal cual debe poner atención a su plan.
Debe cuidar que los dos conejos que estaba asando, es decir, Graham e Israel no se dieran cuenta de lo que estaba haciendo y que Loreta sufriera a su merced.
Ambos objetivos eran dos platos distintos, pero que le aportaban una satisfaccion orgasmica, el papitar de su sexo al unisono que su estómago se lo confirmó.