Esa mañana Caína hizo lo mismo que venía haciendo cada día: despertar a Tadeo con infusiones calientes, risas y flores.
Sin embargo, ese día sobrevendría distinto.
No lo halló en la recámara, ni leyendo en la kamï que le habían asignado las mujeres.
Buscó en el traspatio, en el corral de los ñandúes. Tampoco lo halló. En la cocina, preguntó a las abuelas que trituraban las raíces para el casabe matutino: no tenían noticias. También interrogó a los hombres que afilaban lanzas en el arsenal. Nadie lo había visto, excepto un joven indio que aseguró ver zarpar la barca desde la cuenca.
Caína desesperó. ¿Qué significaba? ¿Se había ido? ¿A dónde? ¿Volvería? Uno de los versos se le vino a la memoria: «En mi lecho, por las noches, he buscado al amor de mi alma. Le busqué y no le hallé. Me levanté, pues, y recorrí la ciudad. Por las calles y las plazas busqué al amor de mi alma. Le busqué y no le hallé».
—¿Dónde estás? —se preguntó.
Miró a los tepuyes, como si ellos supieran la respuesta, y corrió a buscar su lanza. Tomó el camino a la selva.
A grandes zancadas, Caína cruzó la sabana. Durante horas se empecinó en su búsqueda, pero por ningún lado obtuvo noticia ni respuesta. Nadie había visto a Tadeo ni a su tropa.
Regresó a la aldea. Allí, cerca de un banano, clavó su lanza. Se alejó de la m******d y se echó a llorar. «Se ha marchado, como el amado del poema», repetía entre sollozos. Su corazón le decía que Tadeo ya no estaba entre ellos. La selva aparecía ante ella impasible, sin respuestas, sin secretos. Miró la sabana en su extensión, por si hubiere metida en ella un pálpito distinto al suyo. «No hay nadie. No hay Tadeo», se dijo con amargura. Era posible que la selva tuviera alguna respuesta que no estaba leyendo con atención. Entonces caminó hasta el río, echó una curiara al agua y se marchó a buscar aquellas señales.
A oídos del Gran Barrikä llegó el rumor de que su hija buscaba al hombre de ojos de jaguar. Cuando llegó a la aldea vio su lanza clavada en la tierra.
Miró al cielo, como si viera a Maya. Y lo entendió todo: el momento había llegado. Hasta allí podía velar por su hija, porque ahora era el universo que decidía por ella, tal como lo había profetizado la alumbradora el día de su nacimiento.
Aceptó esta revelación no sin dolor. Su cuerpo ya venía siendo diezmado por el cansancio. Desde hace meses su salud desmejoraba, y lo lanzaba al chinchorro prendido en fiebre, bajo el sopor de un total agotamiento.
Comprendió que la gran debilidad de Caína Libertad era su corazón, y que por culpa de un amor lo perdería todo. Estaba claro que ya el destino de Caína Libertad no estaba en sus manos. Exclamó con voz conmovida hacia el cielo:
«Le enseñé todo lo que sabía —dijo lleno de tristeza—. Hoy Caína decide cuál camino andar. A partir de hoy será ella quien determine cuáles serán sus acciones para obtener en su vida lo que se merece».
Así el viejo Barrikä tomaba la decisión de dejar en manos de su hija su destino. Fue al río, tomó agua en una cuenca de barro, y lavó sus manos como símbolo de que respetaba aquella decisión.
Llegó a su choza cansado, contemplativo, y sacudido por una profunda debilidad de su energía.
Dio la espalda a la aldea, se recostó en la kamï.
Esa noche la luna alumbró el rostro compungido de las mujeresde su pueblo. Sentían en silencio el gran dolor del cacique Barrikä.
—Se lo han llevado todo —informó el indio Auyan a Tenemai-tesen.
Era cierto. El hombre ojos de jaguar se había llevado buenaparte de los tesoros de las tierras, las joyas de las mujeres, las joyas del cacique, los brazaletes de las muchachas, las gargantillas de las ancianas. Todo el ajuar de oro e incrustaciones de piedras preciosas. Esculturas de metal, oro. Se había llevado también gran cantidad de raíces, animales, frutas, semillas.
Tenemai-tesen agachó la mirada. Le habían dado cabida a la peste.
—Se avecinan grandes tribulaciones —dijo viendo un racimo de nubes grises que surcaba los asentamientos de Kavec.
“El dará a cada cual según sus obras: a los que, por la perseverancia en el bien busquen gloria, honor e inmortalidad: vida eterna; mas a los rebeldes, indóciles a la verdad y dóciles a la injusticia: cólera e indignación. Tribulación y angustia sobre toda alma humana que obre el mal”
(Romanos 2,6-9)