Todo transcurría con absoluta normalidad en la aldea; los habitantes ejecutaban las tareas de su rutina diaria en un ambiente cordial entre ellos y los huéspedes de Barrikä.
Muy pronto Caína entró en confianza con los forasteros, en especial con el hombre de ojos azules, a quien le placía la compañía de la princesa. Hacía todo cuanto estuviere a su alcance para ganarse su amistad. Al final de las jornadas, cuando los hombres regresaban de caza y de explorar los territorios, se apostaban en el patio donde las mujeres tejían cestas y entonabanlindas canciones que parecían imitar el lenguaje de los árboles. Allí aprovechaba el hombre de acercarse a Caína. Cuando lo veían llegar, las compañeras de la princesa reían entre sí y decían:
—Ahí viene ojos de jaguar.
El cuerpo de Caína respondía a su presencia con violentos latidos de corazón. Algo en el estómago subía repentinamente y bajaba como si fuera miedo. No, no era miedo. Era otra cosa. Porque a ella le gustaba ese miedo. Le gustaba aquel hombre.Sus ojos, ese azul que solo había visto en el cielo, en algunas flores y en los ojos de los felinos que iban a tomar agua en los arroyos, la miraban y todo lo demás desaparecía. Esos ojos raros se robaban la atención de Caína y la de todas las muchachas; reían cuando el hombre se mostraba interesado en aprender a trenzar los bejucos, o cuando se pintaba el rostro, o bailaba torpemente junto a los aldeanos sin conocer del todo las ceremonias.
—Es bello —decía Caína a su amiga.
Amanon Wiriki guardaba sus reservas. «No lo conoces», decía. Pero Caína no tenía oídos para otra cosa que no fuere la voz suave y profunda de aquel hombre.
Fue por los días de recolección de maíz, cuando los aldeanos se ocupaban de los sembradíos, que Caína aprovechó de mostrarle al hombre ojos de jaguar el camino a su piedra. Para esto, debieron alejarse de las inmediaciones de Kavec. Quería disfrutar de su presencia sin interrupciones ni testigos. Su cuerpo era presa de una suerte de confusión, de emociones encontradas. A un tiempo sentía emoción y sosiego, luego dulzura y alegría, sumisión y altivez, todoenredado en su alma como una extensión del miedo y al mismo tiempo de la intensidad que precede al amor.
—Está enamorada —le anunció la anciana Tenemai-tesen a su amiga Amanon Wiriki.
Una mañana lo invitó a seguirla. Le mostraría el camino a la cuenca donde ella se acicalaba y sacaba de la tierra hermosas rocas luminosas. Lo tomó de la mano y lo condujo al borde donde los esperaba una curiara.
Caína remó y en pocos minutos la balsa tomaba la dirección al río Churun. El paisaje se abrió insospechado e indómito. La selva se cerraba sobre ellos. Al río, de aguas oscuras como de té verde, lo amparaban túneles de vegetación. Aquella extensión de bambúes y manglares parecía tener voz propia, una mágica vitalidad.
Llegaron a la gran piedracerca del mediodía: desde allí se vía el gigantesco Auyan-tepuy,surcado por su gran caída de agua. Le advirtió que no contara nada a su padre de aquel recorrido; Barrikä no estaba al tanto de las visitas que hacía a aquel lugar desde que erapequeña.
El hombre la siguió, se dejó guiar en silencio a través de aquel paraje hermético y enrevesado. Dejaron la balsa a orillas de un manglar y caminaron selva adentro. A su paso, notó que las criaturas se tendían a los pies de Caína; grupos de ñandúes les seguían de cerca, los gatos salvajes salían de sus madrigueras y se tendían en la h****a sumisamente. «¿Qué lugar es este? —se preguntaba mientras avanzaban—, ¿qué tipo de poder ejerce esta mujer sobre las bestias?». Llegaron al lugar, a la piedra donde Caína miraba en intimidad el universo. A lo lejos, el hombre observó con admiración la cascada más alta que hubiere visto jamás: ondeaba como una bandera de humo en lo más alto de una sobremesa montañosa de paredes verticales.
Lo aplastó esa belleza. Intuyó que aquellas mesetas debían tener no menos de dos mil millones de años erosionándose.
Miró a Caína, absorta en la corriente del río. Aquella mujer hermosa, libre, poderosa, formaba parte de algo mayor. No supo explicar de qué. De su interior comenzaron a surgir voces, voces enmarañadas y confusas. Era la voz de la montaña metiendo el nombre de Caína en su pecho. Por instantes quiso estar entre sus brazos, recitar lindos versos de viejos poetas, colonizar dulcemente su cuerpo, tomar la belleza de Caína traducida en el bosque. «¿Caína Libertad? —se preguntó—. ¿Qué significa?».
—Mi madre amaba el ríoCanaima. De allí viene mi nombre —dijo como si tradujera su pensamiento.
Por un momento quedaron en silencio.
—Yo —se señaló el pecho—: Tadeo.
—Tadeo —repitió Caína.
Tadeo, el hombre ojos de jaguar, comprendió que su corazón era de ella. Que de cierta forma le pertenecía a ella. Entonces se aproximó a Caína. Ella lo esperó sin retroceder.
La tomó del rostro y la besó en los labios. Fue un beso dulce. Recibió el aliento de Caína perfumado como fruta nueva. Y el río detrás, fluyendo serenamente, como si apenas se moviera detrás de ellos, resplandecía.
“Ante todo, tened entre vosotros intenso amor, pues el amor cubre m******d de pecados.”
(1 Pedro 4,8)
“Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.”
(Juan 15,12)
“Ámense cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros”
(Romanos 12,10)
“Que el Señor guíe vuestros corazones hacia el amor de Dios y la tenacidad de Cristo.”
(2 Tesalonicenses3,5)
Tiempo después de aquel primer beso vinieron otros. Y otros encuentros en nuevos parajes que Caína exhibía con devoción.
Trascurrieron meses en aquellas grandes sabanas en las que el cauce del río era el centro de actividad. Allí se bañaban los niños, allí pescaban los hombres, allí tejían cestas las mujeres.
Tadeo admiraba la belleza del paisaje, también el encanto y la fuerza de Caína. Su destreza para desenvolverse en un lugar que a su parecer seguía siendo indócil, lleno de misterios. Ella le enseñaba a pescar con lanza; él le mostraba la forma de pescar con sedales. Ella le enseñaba a sacar metales de las tierras y él le enseñaba nociones básicas de álgebra. Así pasaban los días, intercambiando secretos, palabras, técnicas.
Sin embargo, Tadeo reflexionaba sobre ciertos asuntosque Caína jamás hubiera podido sospechar.
Con los días, sus pensamientos ensombrecieron el rostro de ojos de jaguar. Ella representaba la belleza de un mundo contrario a sus planes. Secretamente, lo sujetaba la ambición. Hasta acá lo había atraído la noticia de una tierra rica que podía compensar a un reino en quiebra. Caína representaba una vida distinta a la suya. Aún si la amaba, jamás podría llevarla a su lugar de origen, porque Caína sería para los ojos de su sociedad una bonita salvaje que hablaba con los ríos.
Ciertamente se hallaba ante la presencia de una mujer única; sin embargo, no podía llevarla consigo, sería perder su prestigio. No tenía el coraje para contradecir ese mundo llevando como esposa a una nativa semidesnuda que se comunicaba con las nubes.
Estaba seguro que no la valorarían, que nunca sería digna ante los ojos de los suyos.
Fue así que Tadeo prefirió mantener al pie de la letra sus planes. Hasta para eso era propicio el amor. Caína sería su instrumento, ahora que confiaba en él, que todos confiaban en él.La inocencia de Caína estaba a su favor. Su amor le daría todo. Y él lo tomaría todo de ella: su cuerpo, su riqueza.
—Mi felicidad está contigo —le susurró Caína una noche, sembrada en sus brazos.
“Guárdame como la pupila de los ojos, escóndeme a la sombra de tus alas de esos impíos que me acosan, enemigos ensañados que me cercan. Están ellos cerrados en su grasa, hablan, la arrogancia en la boca. Avanzan contra mí, ya me cercan, me clavan sus ojos para tirarme al suelo.”
(Salmo 17,8-11)
De modo que Tadeo era de sus planes y Caína era de él. Pero ella no lo sabía. Se entregó al hombre ojos de jaguar y no hubo nada ni nadie que pudiera impedir que se entregara fervientemente al cuerpo de su hábil enamorado.
Lo hizo una noche, después de que Tadeo leyera frente al fuego un libro que hablaba del amor. Narraba la historia de dos amantes, como él y ella, atravesados por el d***o y la veneración mutua. O eso era lo que Caína profesaba.
Se trataba nada más y nada menos que del Cantar de los Cantares, tal vez escritos por un rey de nombre Salomón, compuesto entre el siglo IV y el siglo X:
«Si no lo sabes, ¡oh la más bella de las mujeres!, sigue las huellas de las ovejas, y lleva a pacer tus cabritas junto al jacal de los pastores.
»A mi yegua, entre los carros de Faraón, yo te comparo, amada mía.
»Graciosas son tus mejillas entre los zarcillos, y tu cuello entre los collares. Zarcillos de oro haremos para ti, con cuentas de plata.
»Mientras el rey se halla en su diván, mi nardo exhala su fragancia.
»Bolsita de mirra es mi amado para mí, que reposa entre mis pechos.
»Racimo de alheña es mi amado para mí, en las viñas de Engadí.
»¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres! ¡Palomas son tus ojos!
»¡Qué hermoso eres, amado mío, qué delicioso! Puro verdor es nuestro lecho.
»Las vigas de nuestra casa son de cedro, nuestros artesonados, de ciprés.
(Cantar1,8-17)
»Yo soy el narciso de Sarón, el lirio de los valles.
»Como el lirio entre los cardos, así mi amada entre lasmozas.
»Como el manzano entre los árboles silvestres, así mi amado entre los mozos. A su sombra apetecida estoy sentada, y su fruto me es dulce al paladar.
»Me ha llevado a la bodega, y el pendón que enarbola sobre mí es Amor.
»Confortadme con pasteles de pasas, con manzanas reanimadme, que enferma estoy de amor.
»Su izquierda está bajo mi cabeza, y su diestra me abraza.
»Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas del campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca.”
(Cantar 2,1-7)
»¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres! Palomas son tus ojos a través de tu velo; tu melena, cual rebaño de cabras, que ondulan por el monte Galaad. Tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo que salen de bañarse: todas tienen mellizas, y entre ellas no hay estéril»
(Cantar4,1-2)
Esa fue la noche que Caína dejó ante los ojos de Tadeo su cuerpo d*****o. Se entregó a él, con la ternura y calidez de un ave.