III Visitas inesperadas

1298 Words
La celebración de los diecisiete años de Caína ocupó a toda la aldea. Fue una fiesta alegre, colorida, en la que se exhibió la abundancia de las tierras y el amor que el Gran Barrikä profesaba por la hija de Maya. Hubo cachamas y toda suerte de peces de agua dulce, frutas, batatas. Hubo música, danzasalrededor del fuego. Los aldeanos más jóvenes se reunieron cerca de las fogatas y las mujeres saltaban al ritmo de la percusión y la melodía del tetum-nosen, especie de flauta que fabricabancon los tallos de finos bambúes. Cada quien puso ramilletes de orquídeas en las puertas de las casas. El patio, todo, hasta la juventud de Caína, olía a flores. Las mujeres se habían pintado el rostro con pátinas de onoto; de sus orejas pendían enormes zarcillos de piedras preciosas, plumas de tucán y costrillas de río. Las mujeres más viejas cantaban y descamaban pescados; era bonito verlas brillar en la penumbra, porque de pronto aquellas escamas saltaban a su piel y las hacía ver como hermosas toninas cerca del fuego. A mitad del festejo, Caína bailó para el Gran Barrikä. Operó una danza dulce, una demostración de respeto y gratitud que la aldea acompañó con cantos y aplausos. El anciano reía. La luz del fuego iluminaba el rostro de un padre feliz. Recordaba su promesa, aquellas palabras que pronunció la noche que perdía a su mujer y ganaba a una hija: —Yo te cuidaré y velaré por ti hasta que lo decida el universo. Sin duda, el tiempo la había convertido en una joven hermosa, llena de gracia. Miró al cielo y agradeció su suerte. Pensó en Maya. Su esposa debía sonreír desde alguna estrella. A mitad del ritual, los cánticos fueron interrumpidos por los gritos del indio Auyan. Corrió velozmente, atravesó el patio y llegó a los pies de Barrikä. —Una cosa gigante encalló a orillas del río —exclamó con vozestentórea—. Son muchos señores que portan extrañas vestiduras. Caína escuchó desde el centro de la rueda la voz del indio Auyan. De inmediato el rostro de los aldeanos se cubrió de confusión. Los hombres y las mujeres se pusieron en alerta. —Será que el Dios de la montaña ha enviado al castigador de nuestros pecados para matarnos a todos —susurró una anciana detrás de una cortina. —Alguien subió a la montaña y enfadó a los dioses —respondió otra mujer. Caína se abrió paso entre la gente. Llegó a posarse junto al padre, atento a las figuras que emergían del horizonte. La amenaza era cierta. Pero no eran dioses; eran hombres trajeados de forma distinta. Una barca extravagante había encallado a orillas del río, de donde se bajaban más de veinte sujetos en dirección a la aldea. —No teman —dijo el Gran Barrikä. —¿Preparamos los arcos? —interrogó el indio. —Es lo mejor —sugirió Caína a oídos del padre—. No sabemos cuáles sean sus intenciones. El Gran Barrikä dirigió una mirada grave al indio y asintió con la cabeza. Las mujeres recogieron a los niños y se replegaron en los recintos oscuros de las chozas. —Guarda serenidad —dijo el Gran Barrikä—. No estamos solos. “No temas, que contigo estoy yo; no receles, que yo soy tu Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado, y te tengo asido con mi diestra justiciera.” (Isaías 41,10). El grupo de visitantes venía liderado por un hombre alto, barbado, de ojos claros, como nunca antes habían visto. A su rostro blanco lo enmarcaban cabellos dorados y ondulados. Entendió inmediatamente que Barrikä era el líder de la aldea. Aunque no fuere exactamente el más alto ni el más joven, era a quien lo sujetaba una singular fortaleza. A simple vista, guardaba la energía y serenidad de un líder. Tal vez su gente no estuviere bien armada, pero daba la impresión de estar protegido por la selva. El hombre se aproximó. Hubo un silencio entre ambas fuerzas. Una más grande que otra, una más poderosa que otra. Habiendo quedado cara a cara, la horda de forasteros soltóla risa ante el grupo de aldeanos semidesnudos. El viejo Barrikätambién rió, sin saber de qué, y junto a él, toda su gente. El sujeto blanco hizo muestras de amistad y dejó en sus manos algunos presentes en forma depequeñas piezas de cerámica pintada. —Paz usted me recuerda la historia de David y Goliat un humilde hombre pero con una fuerza enorme —dijo el sujeto, y presentó una extraña reverencia que el pueblo entendió como sumisión. (Samuel 17, 49-50). El viejo Barrikä se mostró complacido; no había razón para alarmarse. Los forasteros parecían pacíficos, así que dio órdenes de que continuara la celebración y a una voz de mando, sacó a las mujeres de sus escondites. La pequeña horda de forasteros se dejó conducir a las instalaciones del banquete. Fueron recibidos entre risas y salutaciones efusivas. Desde allí midieron la calidad de las riquezas de los aldeanos, abundantes alimentos restallaban a la luz de las fogatas. Las mujeres salieron de una en una, con sus cuellos y brazos forrados de metales preciosos. Una vez terminado el protocolo de bienvenida, el Gran Barrikä los invitó a formar parte de la rueda. Allí se tendieron junto al fuego; no entendían quécelebraban, pero dedujeron que se trataba de un evento especial.Bebieron, y sin saber tampoco qué comían, recibieron de buen gusto las carnes, hortalizas, bebidas y frutas, todo destilando un sabor nuevo y delicioso, ajeno a sus paladares. Los aldeanos no tardaron en llamarles “los dioses del más allá”.Tal vez porque lucían ropas sofisticadas, venía de lejos y tenían pelos en la cara como ciertos animales de la selva. Bien entrada la noche, el cacique Barrikä ordenó reanudar los bailes. Del recinto central emergió la bella Caína junto a su amiga Amanon Wiriki y otras jóvenes que la secundaron. Caína Libertad se abrió paso ante los ojos de los forasteros. Bailó como nunca, desbordante de vitalidad y gracia. Ellos, a su vez, apreciaron su hermosura; reían y bebían, hechizados por la singular belleza de las nativas. Caína bailó un buen rato. En especial porque el líder del grupo, el de los ojos color cielo, se había fijado en ella. Se conectó a esa mirada. Nunca antes había visto al cielo metido en los ojos de un hombre. Bailaba suavemente, otorgando a cada salto litúrgico una sonrisa. Si el hombre tenía el cielo en los ojos, ella, Caína, tenía el color y el olor de la canela en la piel. El color de la pantera en el cabello. El color oscuro del río Kukenán en sus ojos. A medida que avanzaba el baile, el hombre decía entre los suyos: —¡Hermosa mujer! Muy pronto, la percusión dejó de repiquetear. Daban la entrada al Gran Barrikä, que atravesó la rueda y puso en las manos de su hija una lanza, como símbolo de su mayoría de edad. —Ahora eres una mujer —dijo. Y esta vez se dirigió a los visitantes: —Esta es mi hija —profirió—:Caína Libertad. La más bella de la tierra. Todos los aldeanos repitieron su nombre a coro. Aquello fue más un murmullo sostenido, un mantra poderoso que parecía salir del centro de la montaña. La hija de Barrikä, tal como declaró Maya, simbolizaba libertad y abundancia para su pueblo. “Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el y**o de la esclavitud.” (Gálatas 5,1) “Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; solo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros.” (Gálatas 5,13)
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