Xll El relato de las piedras

316 Words
    —¡Cuenta de nuevo la historia de mi madre! —pide una joven a los pies de la anciana. Una bella mujer, de cabellos largos y canos, se mece cobijada en su kamï a la altura del fuego.  Cuando recuerda su pasado, su rostro se ensombrece. Ir atrás, volver a ver lo que sus ojos vieron, la llena de nostalgia  —Sí, Ko´wai, cuéntanos de nuevo la historia de Caína —ruega una de ellas. La anciana achica los ojos y posa la mirada en aquella montaña. Su rostro es iluminado por la fogata. Es Amanon Wiriki, ahora entumecida en un cuerpo de ochenta y dos años. Por las noches, cuando está de buen humor y el río parece serenarse, y las ranas revientan con sus canciones la superficie de los pozos, narra pequeñas historias a las hijas de sus hijas, y a las hijas de Caína. Va agregando hazañas, victorias, luchas, proezas. A veces inventa un poco y tuerce desenlaces, cabalga sobre nuevas aventuras que hacen reír y llorar a sus oyentes. Le gusta contar, dice que para eso se llega a vieja: para dar cuentas del pasado. Esta vez, la acompaña un grupo de señoritas que se trenzan el cabello entre ellas. El fuego ilumina las retinas de Amanon. Tantas veces ha contado esa historia… Conoce la historia de Kavec más que nadie: ella misma ayudó a Caína a reconstruirla y a defenderla.  —La historia de Caína Libertad está grabada en las paredes más altas del Auyantepuy—dice. Toma un trago de sopa de la cuenca. Medita un poco antes de empezar. Las muchachas se acomodan. Escuchan con atención. Es que la voz de Amanon Wirika sosiega sus corazones y pone a todo el color de sus relatos. —Caína nació una noche oscura y borrascosa, a los pies de un tepuy, en un poblado llamado Kavec…       
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