Vlll El encuentro entre Caina y Amanon

3076 Words
VIII El encuentro entre Caína y Amanon Una mañana, Amanon Wiriki, la amiga predilecta de Caína, subió a la cuenca por arcilla. Era una joven hermosa, aunque su belleza era inferior a la hija del cacique. Wiriki estaba al tanto de su propia desventaja, y sin embargo, amaba a Caína. Otras muchachas del pueblo llegaban a sentir envidia por la princesa. Envidiaban su suerte, su belleza, su estatus en la comarca, su relación con la naturaleza y con todo lo que Dios había hecho.   “En verdad el enojo mata al insensato, la pasión hace morir al necio.”   (Job 5,2)   “El corazón manso es vida del cuerpo; la envidia es caries de los huesos.”  (Proverbios 14,30)   “¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterno su amor!   Dad gracias al Dios de los dioses, porque es eterno su amor. Dad gracias al Señor de los señores, porque es eterno su amor. El solo hizo maravillas, porque es eterno su amor.”  (Salmo 136,1-4)   Precisamente esa humildad y lealtad que sentía Amanon Wirikihacia ella, el amor que le profesaba, la había convertido en la amiga más respetada y amada de Caína. Su corazón era puro, como los cuarzos de los montes. Disfrutaban caminar juntas en la selva; Wiriki presenciaba la forma en que la naturaleza le abría las puertas de par en par. Admiraba la conexión que había entre Caína y Dios. Entre Caína y el espíritu de la selva.  —Apötököp e´day —le decía Caína mientras dejaba un beso en su frente. Es la forma dulce que tienen los pemones de decir te quiero.  Amanon echaba de menos su presencia. Con Caína entre ellos, la selva era amable. Echaba de menos su cariño, sus palabras. Estaba convencida que la belleza de Caína residía en la conexión que guardaba con Dios, una conexión tan estrecha, que él respondía a través de todas las criaturas.  Pensando en ella esa mañana, agachada junto al río, Amanon Wiriki percibió un olor chocante en la atmósfera. Un olor desagradable y penetrante, como a madera quemada.  La chica se levantó. Su olfato advertía que el origen de ese fuego no debía estar lejos. Guiada por su nariz, siguió el rastro de aquel olor. No era madera. Olía más bien a hoja podrida, a hoja quemada. Pensó en Caína. Algo le dijo que se trataba de ella. ¿Era posible que lo fuera, finalmente?Se abrió paso entre los árboles tumbados y los bejucos. Con paso constante y cauteloso siguió el rastro. Rogó a Dios que fuera ella. Se sintió embargada de un sentimiento inusitado: de algún modo se sintió acompañada de la selva. Caminaría un kilómetro, cuando entre dos enormes fachadas pedregosas, atisbó a una silueta. Desde luego se trataba de una mujer, parada en la lejanía, a la que el viento cálido hacía ondular su larga cabellera.  —¡Caína! —gritó Amanon. Era ella, sin duda era su amiga. Corrió hasta ella en auténtico alborozo.  —¡Caína! —¡Amanon Wikiri! —vociferó Caína.   “El amigo fiel es un apoyo seguro, quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro. El amigo fiel no tiene precio, su valor es incalculable. El amigo fiel es un elixir de vida, los que temen al Señor lo encontrarán. El que teme al Señor orienta bien su amistad, porque, según sea él, así será su amigo.”  (Siracides6,14-17) Se juntaron en un abrazo largo y profundamente amoroso. Amanon lloraba de alegría, hablaba, la abrazaba, contaba que todos la daban por muerta. Cuando su emoción dio paso a cierto alivio, Amanon vio la figura de una chica desventajada, delgada e hirsuta.  —¿Qué te han hecho?—preguntó espantada por aquella deplorable imagen— Regresemos a casa. Tu padre te espera. El pueblo te espera. —No puedo —se negó Caína. —¿Por qué? —Yarimba me ayudará a que regrese mi amado. Amanon Wiriki no comprendió lo que Caína decía. —Mira —dijo Caína—. Llevo oro y frutas para el dios de Yurimba. Traerá de nuevo la dicha a mi corazón. —¡Mö ekö! —profirió Amanon—. ¡Qué dices! ¡Yo conozco a tu Dios, el Dios maravilloso de cual me hablaste! ¡Estás equivocada! —Regresa a casa, AmanonWikira. Todavía no es mi momento. Amanon le rogó, pero Caína no escuchó sus súplicas. Volvió la espalda y se internó en la selva con las cestas llenas de oro.   “Por eso, yo cerraré su camino con espinos, la cercaré con seto y no encontrará más sus senderos; perseguirá a sus amantes y no los alcanzará, los buscará y no los hallará. Para que diga: "Voy a volver a mi primer marido, que entonces me iba mejor que ahora." No sabía ella que era yo quien le daba el trigo, el mosto y el aceite virgen, ¡yo le multiplicaba la plata, y el oro lo empleaban en Baal!”  (Oseas 2,8-10)   Pero Amanon no obedeció a su princesa. No podía regresar sin Caína ahora que la había encontrado. Lo que fuere que la estaba atormentando, ella lo encontraría. Esperó a que Caína se adelantara y fue tras ella. Se deslizaron por una pendiente, atravesaron arroyos y bejucales.Durante una hora Amanon Wirikipersiguió a su princesa en la distancia. Luego la vio internarse en una cripta de piedra, allí se perdió. ¿Era prudente regresar por ayuda? No, no tenía tiempo. Caína podía estar en peligro. Pasados algunos minutos, Amanon atravesó el umbral de la cueva. Allí, posada a los pies de una figura mitad hombre, mitad animal, yacía Caína Libertad. Vio que las paredes estaban cubiertas de cuarzo y sangre. —Regresa, regresa—imploraba Caína. Su voz retumbaba en la cueva. A su lado, vio a la mujer que le acompañaba. Tenía encendido en la mano un rollo de hojas de las que absorbía el humo. «Con que esta es la fuente de ese nauseabundo olor», pensó Amanon. Vio el suelo de la caverna forrada de oro, el oro que su princesa recogía para ella. A través de la semi luz que entraba por las estrechas aberturas, pudo advertir que junto a la estatuilla se apiñaban montículos de cráneos de animales. «¿Qué es todo esto?», se dijo horrorizada.  —¡Caína! —bramó Amanonsaliendo de las sombras. La mujer comprendió que habían seguido a Caína hasta la cueva.  —¿Qué haces? Levántate.—La tomó por el brazo. —¡Pasankekai ipanpé! —leadvirtió Yurimba—. ¡Aléjate de ella! —Ven conmigo —dijo Amanonhaciendo caso omiso de la mujer. —Ella me ayuda a recuperar a mi amor. Hará que él regrese —dijo Caína. —¡Levántate, te está engañando!  Pero Yarimba, enfurecida de que la joven Amanon Wirikiarruinara sus planes, comenzó avociferar: —¡Mi Dios te mandará la muerte! —Tu dios no tiene ningún poder sobre nada. Ni él ni tú.   “No tendrás otros dioses fuera de mí.”  (Éxodo 20,3)   “Por eso, queridos, huid de la idolatría.”  (1 Corintios 10,14)   “¡Que vayan las ciudades de Judá y los moradores de Jerusalén, y que se quejen a los dioses a quienes inciensan!, que lo que es salvarlos, no los salvarán al tiempo de su desgracia.”  (Jeremías 11,12)   “¿De qué sirve un ídolo, obra de escultor, si es imagen fundida, oráculo engañoso? ¿Puede en él confiar su creador, artífice de ídolos mudos?”  (Habacuc 2,18)   Yarimba no estaba dispuesta a perder los servicios de la princesa, a quien la naturaleza le permitía extraer dócilmente sus metales. De modo que se fue sobre Amanon Wiriki, azotándole con un palo. —¡Caína! —vociferó—.¡Vamos! Caína no pudo moverse. Ni siquiera dio un paso en defensa de Amanon. Su mirada estabapuesta en otro lado, en el mar, en un hombre. Amanon Wiriki retrocedió.  Como comprendiera que la mujer había esclavizado a Caína, y que no estaba dispuesta a dejar que la llevaran, Amanon Wirikitomó velozmente el sendero de regreso. Corrió sin mirar atrás. No supo dónde ponía los pies ni las manos. La selva se le hizo corta.  Cuando tocó el suelo anaranjado de Kavec, el sol ya se había metido detrás de los tepuyes.      Yarimba era el nombre de una mujer que años atrás había sido expulsada de la aldea. Sus prácticas siempre fueron dudosas a los ojos de la gente, y la gobernaba, además, una personalidad codiciosa y temperamental. Se trataba de una vieja enemiga de Barrikä.  Esto lo sacó Amanon Wiriki de la boca de una anciana llamada Yapikö, que en lengua originaria significa abrazo. La mujer narró lahistoria de una bruja temible y ambiciosa. Gustaba de prometercosas a la gente incauta y engañarla con extraños hechizos.  De noventa años, Yapikösabía quién había nacido y muerto en algo menos de una centuria. Barrikä la llamaba Amai Yapikö —mamá Yapikö—, a quien consultaba sus decisiones y escuchaba gustosamente la historia de su gente. Decían que era la única mujer capaz de descifrar las emociones de los aldeanos con solo mirarle a los ojos. Y para cada cosa guardaba un sabio consejo. La historia que contó la anciana Yapikö fue la siguiente: En la aldea había dos jóvenes muy hermosas. Ellas crecieron siendo muy amigas, pero había una gran diferencia entre la personalidad de ambas: Maya era dulce, humilde, trabajadora. Nada ambiciosa, se conformaba con lo que tenía y mostraba gratitud a Dios por lo bueno y por lo malo. Su amiga Yarimba, aunque muy bella, era ambiciosa y soñaba de ser la reina de un imperio muy rico. Muchos decían que en sus ojos escondía su maldad.Envidiaba a Maya porque ella se ganaba el cariño de todos;mientras que a ella la despreciaban por su mal carácter.Ya adultas, Maya y Yarimba se enamoraron del hijo del cacique. Sí, sí, Barrikä. Para entonces, el papai de Barrikä le dijo a su hijo: «Hay dos bellas muchachas en la aldea. Escoge la mejor para que te ayude a gobernar cuando yo ya no esté». Así comenzó Barrikä a conocer a cada una y cuando llegó el momento de elegir a la que sería su esposa, eligió a Maya. Fue así como Amanon supo que la madre de Caína y Yarimbahabían disputado el amor de Barrikä. Eso, y que Yarimba, profundamente celosa, entre gritos y llanto le juró a Barrikä que su liderazgo no triunfaría. Así que antes de que se celebrara el casamiento entre Maya y el cacique, Yarimba huyó de la aldea con planes de vengarse de él.  —Ahora dime —preguntó la anciana—, ¿por qué preguntas?¿Encontraste a Caína? Amanon no estaba preparada para esa pregunta. Mucho menos para la respuesta, porque en realidad no sabía a ciencia cierta si contando a Barrikä lo que había visto, era traicionar a su amiga o salvarla.  Yapikö, que sabía de silencios, comprendió lo encontrada que se hallaba Amanon. —¿De qué sirve saber lo que ahora sabes —dijo— si no harás nada con ello?         Una tarde, persuadida por las palabras sabias de Yapikö, Amanon Wikira se plantó frente al agonizante Barrikä: —Gran tatai, a Caína la tomóuna bruja de esclava. Se llama Yarimba. Yo la vi.  El anciano detuvo la hamaca. «¿Yarimba? —se dijo— ¿Vive?». Hace más de cuarenta años que no escuchaba mencionar el nombre de la mujer que lo maldijo, a él, a su familia, a la comarca. «Llegó la warpö», susurró, que era como decir que habían llegado las tinieblas al pueblo. Así que, después de todo, la bruja cumplía su palabra. Ha pasado tanto tiempo y su corazón sigue siendo igual de vengativo. Por encima de estos pensamientos, como una marca de agua, sintió alivio de saber que Caína estaba viva. Lo sabía. Solo faltaba suconfirmación. —¿Dónde está? —interrogó Barrikä por fin. Amanon Wiriki señaló con el dedo a la distancia: al pie del Auyantepuy.   “Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser d*********o”  (Marcos 4,22)   —La tiene sometida —dijo la joven Amanon—adorando a un falso dios. Caína le sirve, ofrendándole tesoros, esos que el Dios verdadero le obsequia. Eso era lo que necesitaba escuchar el padre de Caína, confirmar que estaba viva. La tristeza de perderla había debilitado todavía más su salud. Sintió que le abandonaban las fuerzas. Amanon lo ayudó alevantarse del chinchorro. Su serenidad, la misma de alguien que sabe lo que tiene que hacer, le inspiró confianza a Amanon.  —Dígame qué debo hacer —dijo ella, preocupada por la debilidad del cacique. Le dio instrucciones de llamar al indio Auyan. Y esto hizo velozmente. Cuando Auyan atravesó la recámara, el Gran Barrikä todavía hacía grandes esfuerzos por respirar. Lavó el rostro y las manos del anciano.  —Reúne a los más fuertes —dijo Barrikä con dificultad—. Ve y busca a Caína y rescátala de las fauces de la warpö.  Esas fueron las instrucciones que le dio el cacique al indio Auyan antes de que su aliento se uniera para siempre con la brisa que a esa hora mecía el cabello de las palmeras y los matorrales.     La muerte del cacique produjo un gran revuelo en la aldea. Fue recibida con alaridos y el llanto copioso de mujeres y parientes. Como de costumbre, las mujeres rodearon al difunto y lo lloraron, mientras los hombres organizaban el ritual funerario ajustado a la importancia de su jefatura. Lo ataviaron hermosamente con prendas preciosas, quisieron devolverlo a la tierra tal como vivió. Sobre su cuerpo dibujaron al hombre sabio y aguerrido que fue, el que había marcado una época de abundancia para el pueblo. Lo enrollaron en su chinchorro; adentro, pusieron sus pertenencias más amadas: su arco y su lanza. Con esos objetos fue enterrado. Los hombres rodearon el fuego durante horas danzando y cantando a coro su despedida. El gran Barrikä se había unido a las estrellas del firmamento.     Nomás se dio por terminado el ritual, el indio Auyan organizó una asamblea en la que informó la situación de Caína. No tardó en reunir armamento, hombres y curiaras. Irían en búsqueda de la hija del cacique a través del río siguiendo las instrucciones de Barrikä: a la cabeza de AmanonWiriki.   “El temor de Yahveh es el principio del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la instrucción.”  (Proverbios 1,7)   “El temor del Señor es sabiduría, apartarse del mal, inteligencia"  (Job 28,28)   “Y ahora, Israel, ¿qué te pide Yahveh tu Dios, sino que temas a Yahveh tu Dios, siguiendo todos sus caminos, amándolo, sirviendo a Yahveh tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma?”  (Deuteronomio 10,12)     Al amanecer, la pequeña flota que armara el indio Auyan penetró la selva.  Introdujeron las curiaras por los bordes del río; la expedición tomaría algunas horas, y sin embargo, sería mucho más fácil acometer a Yarimba de esta forma que atravesando la montaña a pie. Amanon Wiriki iba a la cabeza de la curiara principal junto al indio Auyan. Hasta ellos llegaba el chillido de los monos y los pájaros. Las montañas se presentaban imperturbables y herméticas de lado a lado. Solo a veces, una serpiente caía de una rama a las aguas, causando un sutil estrépito.  Detuvieron las balsas al noreste del tepuy. Amanonreconocía la ruta. Habían llegado a la cuenca donde percibió el tufo del algo podrido y quemado. Luego subieron la cuesta. Los hombres atravesaron la selva guiados por la memoria de la muchacha. —Allá —indicó Amanon con la mano. Señalaba la cripta de Yarimbaa lo alto de una montaña. En veinte minutos un pequeño ejército de indios bordeaba la entrada. Yarimba los esperaba sentada sobre una roca. —Volviste —le dijo a Amanonen tono riente—. Y traes a mi casa a mis enemigos. Debo pensar cómo castigar esta imprudencia. —Es ella, la bruja —indicó la chica a Auyan, sin amilanarse—.Tiene hechizada a Caína. Yarimba rió con escándalo: —¿Caína? ¿Una jovencitaque anda llorando por un hombre en toda la sabana? —Se echó a reír—. No, no sé de quién hablas. —¡Apártate —advirtió Anamon— o pasaremos sobre ti! De todas formas no esperaron, porque Auyan ya había tomado la iniciativa de abrirse camino. Dio señales a los hombres y pasaron al interior dela cueva, haciéndose acompañar de la mitad de ellos. En efecto, Caína yacía tendida frente a una extraña estatuilla, mitad hombre, mitad lo que parecía un tapir. Frente a la imagen, vieron decenas de cabezas de animales cuya sangre pintaba el suelo pedregoso.  —Caína, levántate —indicó Amanon. La muchacha no pudo responder. Semiacostada sobre una roca, lucía sumida en un estado de ensoñación. No tenía muy claro quién era, ni dónde estaba, ni quiénes la estaban imprecando.  —Soy yo, Amanon Wiriki. —La chica se agachó y retiró del rostro ensangrentado de su amiga mechones de pelo tieso—. Vamos, princesa. —No puedo —respondió Caína sin defenderse del todo—. Debo quedarme hasta que regrese mi amado. —No regresará —dijo—. Esta mujer te está embaucando. Te está usando para despojarnos de lo que nos pertenece. Vamos a casa. Caína se negó. Tampoco tenía fuerzas para seguirla. De inmediato se dio cuenta que había sido rodeada por su propia gente. —Me has traicionado —dijo con tristeza. Amanon comprendió que había una mejor forma de hacerla entrar en razón: —Tu padre ha muerto —dijo. Caína escuchó estas palabras y no las entendió de principio. Observó el suelo, las flores, las frutas salpicadas con sangre de animales. Luego lloró profusamente. —Llévensela —ordenó Amanon. Su voz fue rotunda y seca. La cueva la devolvió en una serie de ecos. Auyan siguió este mandato. Tomaron a Caína por la fuerza y la sacaron de la cripta, aun sobre losgritos enfurecidos de la bruja que se había subido a la roca a deslenguarse en frases violentas contra Barrikä y toda su descendencia.  Amanon Wiriki ignoró sus amenazas y encabezó la fila de los hombres que se internaron en la selva llevando a cuestas a la hija desmayada del cacique.        
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