El pacto

1120 Words
Un rayo de sol tocó los párpados cerrados de Caína. Se había dormido sobre las faldas de las rocas. Allí, entre despierta, entre el sueño y la vigilia, escuchó su nombre. Era una voz suave y bullente, como salida de los intersticios de los farallones. —Caína —susurraba la voz de una mujer—. Caína. Wakupe krüaudesaman tanno tuy pona. —¿Quién eres? —interrogó la chica buscando la fuente de dónde provenía la voz. Se levantó. Caminó y buscó detrás de las rocas. No había nadie con ella. —Caína… ¿Acaso era su nombre traído por los vientos? ¿Eran las piedras que le hablaban? ¿Los hierbajos? —Caína… Cerró los ojos. Escuchó de nuevo esa dulce voz. Al abrirlos, vio a una mujer de grandes ojosverdes, enmarcados por largas pestañas. Su cabeza lucía adornada por una corona de flores.  —¿Quién eres? —Sígueme. La condujo por detrás de los farallones, por donde comenzaron a descender. Las paredes verticales de la cumbre se encontraban revestidas de cuarzos.  Bajaron todavía más, hasta llegar a un gruta en la que yacía una escultura en forma de hombre y animal, fabricada en barro, y a su alrededor, un centenar de cabezas de animales. Caína se espantó. No sabía a dónde estaba siendo conducida. —Confía en mí —le dijo la mujer. Entraron a la grita. Se abrió ante ella un paisaje era distinto, cierta pesantez gobernaba la caverna. —Tu upetoi… —¿Uyawachirü? —Caína preguntaba por su novio. —Innna. —¿Dónde está? ¿Dónde?¿Atuntö? La mujer de largos cabellos y voz dulce habló. Contó la forma en que el hombre ojos de jaguarhabía tomado el afluente que conducía al mar, en las ramificaciones del Delta.  Caína escuchó el relato con el rostro bañado en lágrimas. ¿Por qué?, se repetía una y otra vez. Le abrió las puertas de su aldea, de la montaña. Le enseñó el nombre de cada cosa, y la forma en que cada cosa y ser vivo podíaser tratado.  —¿Qué debo hacer?—interrogó Caína. —Confía en él —la mujer señaló a la figura con rostro de hombre y cuerpo de tapir—. Él lo traerá de vuelta. Caerá arrodillado ante ti y limpiará tu honor. —¿Él? —preguntó confundida—. ¿Quién es? —Mi Dios. Ahora tu Dios. Traeoro y piedras preciosas, como pago del favor que te concederá.   “Hijo mío, si los pecadores te quieren seducir, no vayas. Si te dicen: «¡Vente con nosotros, estemos al acecho para derramar sangre, apostémonos contra el inocente sin motivo alguno devorémoslos vivos como el seol, enteros como los que bajan a la fosa!; ¡hallaremos toda clase de riquezas, llenaremos nuestras casas de botín, te tocará tu parte igual que a nosotros, para  todos habrá bolsa común!»: no te pongas, hijo mío, en camino con ellos, tu pie detén ante su senda”  (Proverbios1,10-15)   “Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira.”  (Juan8,44)   Caína aceptó el pacto. Sin saberlo, su inocencia la conducía a su siguiente error: confiar en la bruja Yarimba. Ocurrió entonces que Caína creyó en ella. Y Yarimba, aprovechaba la ingenuidad de la única mujer que podía sacar dócilmente los tesoros de la montaña.  Comenzó a persuadirla para que se entregara al dios de barro, ofrendándole piedras preciosas, oro y flores. Poco a poco fue desplazando a su antiguo Dios, el verdadero, el que moraba en la cumbre de los tepuyes, el que animaba los pájaros, los ríos, las cerbatanas.  Desesperada, inocente, pronto cayó Caína de rodillas ante la estatuilla mitad humano, mitad tapir. Hizo todo lo que Yarimba le pidió, realizando prácticas abominables ante los ojos de su Dios. Asistía al asesinato de animales a quienes decapitaban, empleando sus cuerpos en función de cruentos sacrificios. Luego de colocar sus presentes, Caína se arrodillaba ante la gran estatua y fumaba rollos de hierbas. Jamás lo había hecho, pero Yarimba se aseguró de adiestrarla. La bañaba con hierbas e infusiones, y sangre de animal, asegurándole que era la única forma de obligar a su amado a retornar a Kavec.  La persuasión de Yarimbasurtía efecto. Caína creía en ella y en la bondad de aquella m*****a. Se reía secretamente en señal de triunfo, porque sabía que el oro y las piedras preciosas que Caína traía conformarían su riqueza. Podría formar su propio reino donde gobernaría a  su antojo.     Transcurrieron meses en las cuevas de Kavec.  —Fuma —le ordenabaYarimba—. Hechízalo. Solo de esta forma podrá regresar. Estas palabras surtían efecto en el corazón de Caína.Obcecada, también obligándose a no aceptar el abandono, empleaba toda su fe en el retorno de Tadeo.  Aquellas prácticas, junto al exceso de trabajo al que era sometida la princesa, comenzó a menguar su espíritu y su cuerpo. Ya no era la misma, la misma muchacha hermosa y vivaz. Al contrario, su salud desmejoraba. La piel iba tomando la opacidad del cuero de las serpientes, ligeramente escamada y maltratada. Adelgazó de forma temible. No era la misma muchacha poderosa que atravesaba las sabanas, sino un fantasma desdichado y profundamente mortificado. Desaparecieron su sonrisa y la ternura de su corazón. Nada la conectaba a la selva salvo la explotación y la m*****a. Las criaturas ya no le hablaban, como si de pronto la hubieren repudiado. Sus días cabalgaban sobre una profunda desidia; días grisesseguían a más días grises.Tristeza, sangre, hierbajos, componían una versión terrible de sí misma, opuesta a todo cuanto había hecho. Y Dios, ya no estaba con ella.   “En pleno día tropezarás tú, también el profeta tropezará contigo en la noche… Perece mi pueblo por falta de conocimiento. Ya que tú has rechazado el conocimiento, yo te rechazaré de mi sacerdocio; ya que tú has olvidado la Ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos. Todos, cuántos son, han pecado contra mí, han cambiado su Gloria por la Ignominia.”  (Oseas4,5.6-7)   “Mi pueblo consulta a su madero, y su palo le adoctrina, porque un espíritu de p**********n le extravía, y se prostituyen   sacudiéndose de su Dios. En las cimas de los montes sacrifican, en las colinas queman incienso, bajo la encina, el chopo o el terebinto, ¡porque es buena su sombra! Por eso, si se prostituyen vuestras hijas y vuestras nueras cometen adulterio”  (Oseas 4,12- 13)    
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