CAPÍTULO CINCO. EL ECO DE UN COMPROMISO

1414 Words
Alphonse Lennox extendió la mano para ayudar a su esposa a bajar del vehículo. Había recibido un mensaje de Oliver: Zachary había llegado junto con los muchachos. Ni siquiera él había logrado convencer a su hijo menor de asistir a la celebración de su boda el próximo fin de semana. —Alphonse, ahora sí puedes decirme por qué estás tan nervioso. ¿Crees que Niven haya hecho algo imprudente? —preguntó Claudine mientras avanzaban hacia la entrada. —Niven no —respondió él con premura—. Zachary. —¿Mi pequeño volvió? —preguntó ella con emoción. —Claudine, amor… no sabemos por qué volvió. Y mucho menos qué hacía en Orlando con Eris. —Han sido mejores amigos desde niños. Tienen la misma edad. Con suerte, la llegada de Niven hará que Zachary vuelva al riel. Alphonse suspiró. Si eso sucedía, sería un milagro. Pero se detuvo en seco al ver la escena frente a él. Niven y Eris estaban demasiado cerca. Demasiado. A un suspiro de distancia. Y cuando los dos jóvenes se separaron bruscamente, ambos tenían las mejillas encendidas. —Oh… lo siento, no quería interrumpir —dijo Alphonse, aunque sabía perfectamente lo que había interrumpido. —Tío Alphonse —saludó Eris, recomponiéndose. —Mi niña preciosa, ¿qué tal la universidad? —Me encanta —respondió ella con una sonrisa sincera, saludando también a Claudine—. Es una institución increíble. —Me alegra que por fin llegaran, padre —intervino Niven, tomando la mano de Eris sin previo aviso. Ella abrió los ojos con sorpresa—. Podemos terminar esto cuanto antes. Zachary frunció el ceño cuando los vio ingresar a la sala. ¿Qué demonios había pasado en los cinco minutos que habían estado solos? —Muy bien —dijo Niven, llamando la atención de todos—. Esto será rápido. Eris portará desde este momento el anillo de compromiso familiar. La boda será dentro de seis meses, como estaba previsto. Esa será la única cláusula que se agregará al contrato. Ella podrá volver a Orlando a seguir con sus estudios, y yo volveré a Zúrich. Eris se apartó de él como si la hubiera quemado. ¿Estaba loco? —¿Por qué me miras así? —preguntó Niven, ofendido—. No entiendo por qué estás a la defensiva. Era lo que querías: volver a Orlando. Lo noté cuando le contabas a mi padre lo mucho que te gusta la universidad. —Eso no significa que usaré un anillo de compromiso —respondió ella, molesta—. Tendré que dar muchas explicaciones. Y quiero mantener un bajo perfil. —¿Cómo mantienes un bajo perfil? —Uso el apellido de mi madre. Melissa abrió los ojos. Hacía años que no escuchaba mencionar el apellido Haughs. Le dio un pequeño orgullo. —Pues tendrás que cambiar ciertas situaciones si quieres seguir viviendo en Orlando —dijo Niven, dejándose caer en un asiento. El calor lo estaba sofocando. —Lo único que me tranquiliza es que mi hermano sea tu roomie —siguió hablando—. No es lo mejor, pero tampoco lo peor. —Carajo, Niven —respondió Zachary, fastidiado—. ¿No puedes mantener la boca cerrada? El mayor de los Lennox sonrió de lado. Lo había dicho a propósito. Sabía que sus padres desconocían el paradero de Zachary desde su supuesto año sabático. —¿Ustedes dos viven juntos? —preguntó Alphonse, frunciendo el ceño. —Sí, padre —respondió Zachary, resignado—. Dos años. ¿Algún problema? Eris vio la tensión en el rostro del menor de los Lennox. No quería que discutiera con su padre. Se acercó y entrelazó su mano con la de él. —Tío Alphonse —dijo ella con suavidad—. Fue una pequeña mentira. Pero Enzo sabía todo. Pensé que él se los había dicho. Enzo sonrió. Eris había jugado la carta del hermano protector. —Sí, lo sabía —dijo él—. Me pareció mejor que vivieran juntos a que compartieran techo con un extraño. Y demostraron ser responsables. No vi la necesidad de mencionarlo. Eris sonrió. Amaba a su hermano. Nunca la dejaba sola. Oliver suspiró. —Empiezo a creer que en algún momento dejamos de ser buenos padres. Melissa soltó una risa suave. En ese momento, Matilde —la nana de Eris— apareció. —¡Nany! —gritó Eris, corriendo a abrazarla. —Mi muchachita —respondió la mujer mayor—. Si hubiera sabido que venías, te preparaba tu postre favorito. Eris sonrió con nostalgia. —Vendré la próxima semana, Nany. Este solo fue un viaje exprés. Matilde asintió, comprendiendo más de lo que decía. —La comida está lista —anunció. Cuando se retiró, la tensión volvió. Niven no dejaba de mirar a Eris. Ella lo sentía como un peso sobre la piel. —Niven, acompaña a mi hija a la cava —dijo Oliver—. Unos buenos vinos nos vendrán bien. —Yo voy sola, papá —respondió Eris, entrando a la casa sin esperar respuesta. Escuchó pasos detrás de ella. —Si vas a seguirme… —comenzó a decir, pero se detuvo al ver quién era. —Tranquila, muñe —dijo Zachary—. Mi hermano jamás seguiría una orden de tu papá. Ni siquiera lo intentó. Por eso vine yo. La cava de Oliver Hayes era enorme, con más de mil botellas. Eris rara vez entraba. Sabía cuánto valor sentimental tenía para su padre. —Podemos irnos ahora mismo a Orlando —dijo Zachary—. No hay necesidad de quedarnos. —No le haré una grosería a mis padres —respondió ella. —¿Y qué hay de ellos? Trajeron a Niven sin avisar. ¿Qué esperaban que pasara? —No lo sé —admitió Eris—. Quizá querían evitar que fuera tan sorpresivo verlo el día de la boda. O quizá… como dijo tu hermano, querían cambiar el contrato. Zachary apretó la mandíbula. Odiaba esa palabra. —¿Alguna vez lo leíste? —No. —¿Y piensas casarte sin leerlo? Eris tomó dos botellas. Nunca había tenido interés en leer algo que su padre escribió hace años. A veces dudaba que el contrato existiera realmente. Pero entonces recordó… Flashback “…Un joven Enzo pateaba un balón que caía en las manos de un pequeño Niven. Era el último día de verano. El internado esperaba. —Niven, ¿te irás hoy? —preguntó Enzo. El niño pelinegro asintió, triste. —Le dije a papá que no quiero. Pero dice que tengo que cumplir con mi gran futuro. —¿Futuro? —preguntó la pequeña Eris, acercándose con un tímido Zachary detrás—. Mamá dice que falta mucho para el futuro. —Eris, no seas tonta —respondió Niven—. Tengo que cumplir con mi futuro. Y cuando vuelva… papá dijo que nos casaremos. —No quiero casarme. Quiero jugar —dijo ella, haciendo una mueca. —Tu futuro es casarte conmigo. —No…” La pequeña Eris había salido corriendo. Y al día siguiente, Niven se había ido. Quince años sin verlo. Hasta ahora. —Nunca pregunté —dijo Eris, encogiéndose de hombros—. Mi padre siempre tuvo mi futuro planeado. Me habló de Niven, del porqué debía casarme con él. No me quejo. Cuando te meten una idea desde niña… no puedes luchar contra ella. —¿Quién dice que no? —Zachary se acercó, molesto—. ¿Nunca pensaste en enamorarte? —Vamos, Zach. Toda mi vida me han dicho que a los veintiún años me casaré con Niven. No puedo permitirme enamorarme de otro hombre. —¿Y Matthew Day? —preguntó él con una sonrisa amarga. Eris rió suavemente. Hacía años que no escuchaba ese nombre. —Fue amor de adolescencia. Algo fugaz. —¿Y crees que podrás amar a mi hermano? —El tiempo dirá. Caminaron hacia el jardín. —¿Y si nunca te enamoras? —insistió Zachary, poniéndose frente a ella—. ¿Podrás vivir en un matrimonio sin sentimientos? —¿Crees que no puedo enamorarme de Niven? —preguntó ella, con una sonrisa tranquila. —No, Eris —respondió él, con brutal sinceridad—. Creo que Niven nunca se va a enamorar de ti. En él no hay amor. Eris abrió la boca para responder… pero se detuvo. Niven estaba al final del pasillo. Mirándolos. Serio. Inmóvil. Las manos en los bolsillos. ¿Había escuchado todo?
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