La señorita del árbol de noni.

1083 Words
Me había recuperado, ya mi pie estaba bien, aunque tenía otra cicatriz en el mismo pie, igual no dejaba de ser la niña inquieta de siempre. Por ellos salía a jugar con mis amigos del barrio donde vivíamos, una zona muy tranquila al sur de la isla, dónde no se hacía diferencia entre ricos y pobres, en esta zona estamos mezclados todos, desde la clase obrera, clase media y lo que llaman la clase alta o ricos, una casa sencilla podía estar en la misma ubicación de una mansión y eran vecinos y vivían tranquilos, pues así es la zona donde crecía. Mis amigos eran mis primos. Hermano y hermana, salíamos a jugar y a hacer desorden y una noche de esas que decidimos hacer desorden pasó lo inevitable. Me llegó. Me llegó mi primer periodo, sentí cómo algo bajaba por mis piernas, yo estaba encaramada en un árbol de Noni cuando sentí que me bajaba. Mi amigo y vecino Andy se dio cuenta y me dijo que tenía sangre en el pantalón. Al principio me asusté, pero luego se me vino a la mente toda la información que mi mamá me había dado y las clases de educación s****l del colegio. Me había llegado mi primer periodo y yo estaba feliz, no sé por qué lo estaba, pero lo estaba. Flashback . . . Recuerdo aquellas clases de educación s****l en el colegio, donde nuestra profesora, la señorita Rodríguez, nos explicaba con detalle y claridad sobre los cambios que nuestro cuerpo experimentaría durante la pubertad. Estábamos sentados en el salón de clase, con nuestras mesas y sillas, y la señorita Rodríguez escribía en la pizarra con tiza blanca. Recuerdo que llevaba un vestido amarillo y sus gafas de lectura colgadas de una cadena alrededor de su cuello. — Hoy vamos a hablar sobre la menstruación — dijo la señorita Rodríguez, mirándonos a todos con una sonrisa amable. — Es un tema importante que todas las mujeres deben conocer. La señorita Rodríguez comenzó a explicar que la menstruación era un proceso natural que ocurría en el cuerpo de las mujeres cada mes, cuando el útero se preparaba para una posible implantación de un óvulo fertilizado. Nos explicó que, si no había implantación, el útero se desprendía y salía en forma de sangre. — Es como si el cuerpo estuviera diciendo: “No hay embarazo, así que voy a deshacerme de esto” — dijo la señorita Rodríguez, sonriendo. Recuerdo que algunas de mis amigas se miraban entre sí, un poco incómodas, pero yo estaba fascinada. Quería saber más. La señorita Rodríguez nos explicó que la menstruación podía durar de 3 a 7 días, y que algunas mujeres podían experimentar síntomas como dolor de cabeza, cansancio y cambios de humor. — Pero no se preocupen — dijo la señorita Rodríguez. — Hay muchas formas de manejar estos síntomas. Y lo más importante es que la menstruación es un signo de que el cuerpo está funcionando correctamente. Recuerdo que me sentí un poco más preparada después de aquella clase. Sabía que la menstruación era algo natural y que no debía tener miedo. Y cuando finalmente me llegó mi primer período, mientras estaba encaramada en aquel árbol de Noni, pude recordar las palabras de la señorita Rodríguez y sentirme un poco más tranquila. Fin del flashback La llegada de mi primera menstruación fue un momento que nunca olvidaré. Tenía solo 9 años de edad, y aunque me habían preparado para este evento, no estaba segura de qué esperar. Recuerdo que estaba jugando con mis amigos en el barrio cuando sentí un extraño hormigueo en mi cuerpo. Al principio, no supe qué era, pero pronto me di cuenta de que era mi primera menstruación. Corrí a mi casa a colocarme una toalla sanitaria como me lo habían enseñado, y yo estaba más que preparada para este evento. Me puse la toalla, salí del baño y le dije a mi mamá que me había bajado. Tan solo tenía 9 años de edad y mi mamá me dijo que ya me había convertido en una señorita. Esa palabra no me gustó porque sentí que me hizo crecer unos cinco años de un solo golpe, así que decidí no prestarle atención. Para mí, yo Kendra aún era una niña, la que quería jugar a la pelota, al quemado, al Jimmy, el escondite. Yo no estaba lista para ser ninguna señorita. Aunque mi cuerpo me recordaba lo contrario, para tener apenas nueve años, ya usaba una talla 34 en brasier y copa B. Tenía caderas anchas y una cintura de avispa. En mi cuerpo parecía una mujer, pero en mi rostro se notaba que aún era una bebé. La alegría por la menstruación no me duró mucho, cuando empecé a sentir los primeros cólicos, tremendos cólicos que me estaban partiendo el alma en pedazos. Déjenme explicarles la sensación: era un dolor desde la planta de los pies hasta la espalda baja, luego unos calambres por la pelvis, además las ganas de cagar que no se iban, y la cereza del pastel eran unos calambres en el culo que no le dejaba sentar. No podía colocar mi culo en una silla porque sentía como si me estuvieran cruzando con una varilla por allá atrás. Era espantoso, así que luego de eso deseaba que no me llegara más. Pero creo que las palabras tienen poder porque solo tuve 3 menstruaciones ese año. No sé qué pasó, pero no la volví a ver más, no volví a ver mi regla más y tampoco le dije a mi mamá nada. Hasta que pasaron muchos meses, casi un año, cuando mi mamá se dio cuenta de que no pedía dinero para toallas y las que ella me había comprado estaban intactas. En esa hermosa madre tomé la decisión de llevarme al médico. La señora pidió una cita médica y me llevó con el doctor Méndez. El médico no hizo ningún tipo de examen ni nada, solo me recetó unas pastillas de ácido fólico y otras que eran rojas. Creo que se llaman sulfato ferroso, algo así. Empecé el tratamiento y me bajé la menstruación, yo estaba cabreada por los cólicos, así que le dije a mí misma que debía ser más cauteloso para que no se dieran cuenta de mi plan. El plan era deshacerme de la regla de una buena vez y por todas, no la volvería a ver. No tomaría más pastillas. No haría nada por tener ese martirio en mi vida otra vez.
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