La traición

1528 Words
Capítulo 3 – La traición --- Kendra . . . . . Estaba en la flor de la adolescencia, cometiendo locuras. La locura de no querer verla más. No quería verla, no quería sentir más cólicos, no quería sentirme invadida por esa rutina sangrienta que llegaba a recordarme que estaba creciendo. Y se cumplió: no la vi más. Pasaron meses, luego años, y no volvió. No le dije nada a mi mamá; ella no se dio cuenta. Y mientras la vida seguía su curso, yo me sentía libre. Libre del dolor, libre del recordatorio de que el cuerpo de una niña se estaba convirtiendo en el de una mujer. Pero después vino esa otra etapa: la del cosquilleo, el enamoramiento, las mariposas en el estómago y las torpezas que uno comete creyendo que el amor adolescente es eterno. Vi a un chico que me encantó. Me fascinaba. Tenía mi edad, quizá un año más, y para mí era lo más cercano a la perfección. Anthony. Solo su nombre ya me aceleraba el pulso. Tenía esa sonrisa traviesa y una mirada que parecía prometerme el mundo. Yo tenía trece años, y según mi mente de niña-adulta, estaba segura de que él sería mi primer amor verdadero. Me propuse que me pidiera ser su novia. Y vaya si me esmeré. Le coqueteaba, le lanzaba miradas, le sonreía, le hacía dibujos con corazones en las hojas de mis cuadernos. Era mi forma de decirle “mírame”. Y lo logré. Me miró. Una tarde me invitó a vernos en un sitio cerca de mi casa, en la playa. Era un lugar donde solían hacer bailes los fines de semana, pero esa noche estaba cerrado. Fuimos mi prima, mi amiga, Anthony y su amigo Juan. Recuerdo perfectamente el viento del mar jugando con mi cabello, las olas golpeando con suavidad las piedras y las risas nerviosas que llenaban el aire. Y ahí pasó. Mi primer beso. El chico que me gustaba, el que me hacía dibujar corazones en los cuadernos, me estaba besando. Tenía trece años. Él catorce. Todo era tan nuevo, tan emocionante, tan puro y a la vez tan peligroso. Ese momento debía ser solo un recuerdo bonito de adolescencia, pero se transformó en algo más. —Kendra —me dijo Anthony, con voz baja, casi temblorosa—, ¿me vas a dar la pruebita de amor? Sus palabras me helaron. —¿Qué? —le respondí, fingiendo que no entendía. —La pruebita de amor —repitió, con una sonrisa que ya no era dulce, sino distinta. Sabía perfectamente lo que significaba. Mi mamá me había advertido muchas veces que los chicos, cuando vieran que ya tenía cuerpo de mujer, vendrían con esas frases disfrazadas de ternura, pero llenas de intención. Y justo así fue. Me quedé callada. Mi mente se llenó de la voz de mi mamá diciéndome: “Los hombres van a intentar confundirte. Te van a decir lo que quieres oír para obtener lo que desean”. Respiré profundo. —Déjame pensarlo —le dije, dando un paso atrás. Y me fui. Me fui con mi prima y con mi amiga, sin mirar atrás. Esa noche no dormí. Me senté con mis colores, arranqué una hoja de mi cuaderno y empecé a escribir una carta. > “Querido Anthony, Sé que estás esperando mucho más de mí, pero esto es lo que hay. Soy una niña, una niña que parece una mujer, y lo tengo muy claro. Mi cuerpo es mi templo, y lo siento mucho contigo, pero no te puedo dar la pruebita de amor como tú dices. Esa tal pruebita nunca llegará en esta época de mi adolescencia. Me gustas mucho, sí, pero me quiero más a mí. No quiero hacer cosas de adultos, eso sería cometer un gran error. Si quieres seguir conmigo, bien. Si no, también lo entiendo. Tal vez pienses que soy una niña, y sí, lo soy. Una niña de 13 años que quiere vivir su primer amor, su primer beso, pero no va a pasar a otro nivel. Con cariño, Kendra.” Doblé la carta, se la entregué al día siguiente y me fui sin mirar atrás. Él se quedó callado. Me miró triste, decepcionado, tal vez confundido. Pero yo estaba tranquila. Había hecho lo correcto. Quería vivir mis etapas, quemarlas una a una, sin saltarme ninguna. --- Después de ese suceso, mi prima Carmen me dijo que me ayudaría a mantener las cosas tranquilas, que Anthony no se enojaría, que solo seguiríamos siendo “noviecitos de manos sudadas”. —No te preocupes —me dijo Carmen—, yo voy a hablar con él. Confié en ella. Era mi prima, casi mi hermana. Desde que llegó a vivir a mi casa, nos volvimos inseparables: uña y mugre. Compartíamos secretos, ropa, risas y hasta sueños. Nunca imaginé que detrás de su sonrisa se escondía algo que terminaría rompiéndome. Ella me contaba cosas de Anthony: que aún me quería, que hablaba de mí, que decía que yo era “una niña diferente”. Y yo, ilusionada, me lo creía todo. Pensaba que seguíamos siendo novios, aunque no nos viéramos tanto. Que simplemente él estaba dándome mi espacio. Hasta que un día todo cambió. Estaba en la terraza de mi casa, jugando con una pelota, cuando llegó Erwin, el novio de Carmen. Su expresión era extraña, como si cargara una verdad que no sabía cómo decir. —Ven, ve esto —me dijo. --- Flashback Caminamos unas seis casas más abajo. En esa zona había varias casas en obra gris, con paredes a medio terminar y pisos sin cemento. El olor a humedad y cemento fresco llenaba el aire. Erwin me llevó hasta una de esas casas. Se agachó, me hizo una seña para que mirara entre las rendijas de una pared de bloque. Y ahí estaban. Carmen. Anthony. Besándose. Desesperadamente. Como si el mundo fuera solo de ellos. Mi corazón se partió en mil pedazos. No podía creerlo. Erwin empezó a aplaudir, burlón, y ellos se separaron sobresaltados. Carmen se cubrió la cara, Anthony se acomodó la camiseta, y yo... yo solo los miré. No lloré. No en ese momento. Solo sentí un vacío helado, como si todo lo que me sostenía se hubiera derrumbado. Corrí a casa. Entré a mi habitación, me senté en el camarote y respiré profundo. Varias veces. Hasta que el aire empezó a dolerme en el pecho. Al rato, Carmen llegó. Abrió la puerta sin tocar, como si nada hubiera pasado. —Kendra, déjame explicarte… —dijo. No la dejé terminar. —Maldita perra barata —le solté, con toda la rabia que me ardía dentro. Ella se quedó congelada, pero intentó acercarse. —No quería que te enteraras así… —empezó. —¡Eres una perra, como tu mamá! —le grité—. Igual que ella, que engañó a mi tío y lo abandonó con dos hijas. Las palabras salieron como cuchillos. Ni siquiera pensé en ellas. Solo quería que le doliera, que sintiera lo mismo que yo estaba sintiendo. —Yo te abrí las puertas de mi casa —le dije—, te dejé dormir conmigo, te cuidé, te defendí, ¡y tú me haces esto! Ella bajó la cabeza. Ni siquiera negó nada. —Me enamoré —susurró. —¿Me enamoré? —repetí—. ¡No! Eso no es amor, eso es traición. ¡Eso es suciedad! No sé cuánto más le grité. Solo recuerdo que me dolía la garganta, que las lágrimas se mezclaban con la rabia, y que en algún punto sentí que algo dentro de mí se apagaba. --- Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo, recordando cada risa, cada secreto compartido con Carmen, cada palabra bonita que Anthony me había dicho. Todo parecía mentira. Ahí entendí algo que con los años me seguiría repitiendo: la traición no duele por el acto, sino por quién la comete. Y Carmen… Carmen era mi hermana del alma. Me prometí no volver a confiar igual. No volver a entregar mi cariño sin medir. Desde entonces, algo cambió en mí. Mi forma de mirar a la gente, mi manera de guardar silencio, incluso mi risa. Todo se volvió más prudente, más desconfiado. Aprendí demasiado pronto que el amor no siempre llega limpio, y que la lealtad es un lujo que no todos pueden ofrecer. --- Pasaron los días y la casa se llenó de un silencio incómodo. Carmen intentaba hablarme, pero yo la ignoraba. Mi mamá notaba la tensión, pero no preguntaba demasiado. Yo, por mi parte, solo quería olvidar. Una tarde, mientras miraba el mar desde el balcón, pensé que tal vez esa había sido mi primera herida real. No física, sino del alma. Esa que no sangra, pero deja marcas invisibles. Y aunque el tiempo siguió su curso y la vida me llevó por otros caminos, esa escena —Carmen y Anthony besándose en aquella casa sin terminar— se quedó tatuada en mi memoria. Porque no solo perdí a mi primer amor. También perdí a mi primera amiga. Y con ella, una parte de mi infancia. ---
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