Sentí que esa espera, había sido la más larga de mi vida. En ningún momento miré el reloj de la pared, no sabía ni qué hora era, ni cuántas habían pasado desde que mi padre había fallecido. No quería saber nada de eso. Si es que esos señores llegaban con policías hasta la isla, dejaría que ellos se hicieran cargo de datar la hora de muerte.
Estuve sentada en el piso de la sala, en un rincón todo el día. No sabía en qué momento iban a llegar. Me sentía agotada mental y físicamente. No tenía a dónde más ir. No conocía a nadie. No sabía si mi padre tenía más familia. De mi madre nunca supe nada, solo que nos abandonó a los días de yo nacer, porque en aquella época, mi padre trabajaba en una empresa, pero no ganaba lo suficiente. Mi madre había nacido en cuna de oro. Su familia era muy rica y cuando se casó con mi padre, tuvo que enfrentarse a un estilo de vida más sencillo y humilde. No le importó amamantarme, ni mucho menos cuidarme. Una noche de abril, tomó sus cosas en silencio y se fue de la casa sin ser vista. Cinco años después, mi padre formó su empresa, su imperio y decidió comprar la isla. Tomó nuestras cosas y nos trajo a este hermoso lugar. Mi padre había mandado a construir la casa meses antes, cuando su fortuna personal había sobrepasado las diez cifras. La isla no tenía nombre, mi padre nunca le quiso colocar uno. Jamás le pregunté por qué, en aquella época me daba igual. Pero ahora, yo tenía un nombre en mente, “Isla Sygurd”, así la llamaría. Sabía que me tendría que ir devuelta a la civilización, a la ciudad. En una ocasión mi padre me lo había dicho.
—No te puedes quedar sola toda la vida en esta isla, Lena. El día que yo muera, no quiero que estés sola aquí.
—Papá, hemos vivido prácticamente toda mi vida acá, alejados de todo y de todos.
—Eso es distinto, Lena. Yo he estado contigo todos estos años, pero cuando muera, debes volver a la ciudad y tomar mi lugar en la empresa.
—Ay, papá, por favor, no sigamos hablando de este tema— le había contestado enojada.
Que idiota fui, por no escucharlo. Debí escuchar cada palabra que me quiso decir ese día. Quizá, solo me quería preparar para cuando esto sucediera. Ahora me encontraba sola, en una casa inmensa, esperando a tres extraños, que jamás en mi vida había visto. De repente, eso me puso alerta. Eran personas que yo jamás había visto. No conocía sus nombres ni sus rostros, ni mucho menos sus intenciones. Y yo estaba sola, sin protección alguna. Yo jamás había tenido contacto alguno con otro ser humano, más que mi padre, porque los “hola” y los “nos vemos pronto” que les daba a otras personas de la civilización, no contaban para mí.
Ya para ese entonces, esos pensamientos me inundaron la mente y me llené de miedo. Corrí hasta la oficina de papá y busqué, en uno de sus libros falsos de la biblioteca, su revólver. Lo cargué con balas y me fui a sentar al mismo rincón desde donde me había levantado. Estuve esperando por horas, de eso estaba segura. No supe en qué momento me había quedado dormida, pero desperté en medio de la noche y de la oscuridad que reinaba en la casa, por unos ruidos que provenían desde afuera. Me asusté tanto, que pasé bala y me paré frente a la puerta apuntando a quien fuera que la cruzara. Comencé a ver unas luces que se movían afuera de la casa y voces de varias personas. Estaba aterrada, no me sentía preparada para ver a nadie ni mucho menos tener contacto con extraños. Mis manos temblaban mientras afirmaba el revólver con ellas. Estaba lista para disparar si es que las personas querían hacerme daño.
Las voces comenzaron a acercarse más y más, y yo sudaba del terror que estaba sintiendo. Las luces comenzaron a apuntar hacia la puerta de entrada y justo detrás, estaba yo, apuntando a quien se atreviera a cruzarla. La manilla de la puerta comenzó a girar lentamente y me preparé mentalmente, para lo que sea que el destino me tuviese preparado. Un hombre de mediana estatura asomó su cabeza primero y me apuntó a la cara con la luz de la linterna.
—Un paso más y te vuelo los sesos— le dije a quién sea que se haya asomado por la puerta, tratando de poner mi voz firme.
— ¿Lena? ¿Lena eres tú? — mis nervios me traicionaron y terminé disparando el revólver. Quedé sorda casi al instante y el resto de la escena fue como si estuviese en cámara lenta.
La fuerza del retroceso al percutar el arma me empujó hacia atrás y terminé cayendo al suelo, y soltando el revólver. Estaba tan nerviosa, que no me había preocupado de fijar bien mis pies en el suelo, como papá me había enseñado. Cuando caí al suelo, lo siguiente que vi fue a un grupo de personas entrando a la casa. Unos hombres se me tiraron encima para afirmarme. El tipo al que le había disparado estaba en el suelo y otro le hablaba desesperado. No oía ni entendía nada, porque había quedado sorda. Escuchaba solo un pitido en mis oídos y no entendía qué estaba sucediendo.
De un momento a otro, el tipo al que le había disparado se levantó del suelo y corrió hacia mí. Pensé que me iba a matar por haberle disparado y sentí demasiado miedo, más del que ya tenía en el cuerpo y en la mente. Por un segundo cerré los ojos y me entregué a la muerte. Pero el hombre comenzó a tocarme la cara y los brazos, y me hablaba. Abrí los ojos y lo miré asustada. No entendía qué me estaba diciendo. Y comencé a llorar, a llorar mucho. El hombre me abrazó y acarició mi cabello, y yo solo lo abracé. Estaba aterrada, pero el gesto de ese hombre me había hecho sentir protegida. Era raro. Me sentía protegida en brazos de un completo desconocido.
Cuando logré calmarme y el pitido en mis oídos desapareció, comencé a escuchar lo que ocurría a mi alrededor. Aparte del hombre que me estaba abrazando y que pude confirmar era un señor mayor, había tres hombres más de pie junto a él y alrededor de mí. Uno era el detective principal de la ciudad, el señor Evans. Lo había visto hablando con mi papá muchas veces, pero yo jamás le había hablado a él, porque él y mi papá siempre se reunían a conversar cuando yo estaba comprando las provisiones, y cuando yo salía de la tienda, el señor Evans se despedía de mí solo con la mano, diciéndome “adiós”. El segundo hombre que estaba de pie era un tipo de unos cincuenta o sesenta años, que le daba indicaciones a los demás. Miré alrededor, para ver a quiénes les daba indicaciones y eran hombres armados y vestidos completamente de n***o. Yo no entendía nada. El tercer hombre que estaba al lado del señor que me abrazaba, era un chico joven. Se veía como de mi edad, era alto, de piel blanca y unos dibujos sobresalían de su cuello, por debajo de la camiseta y la chaqueta que llevaba puestas. En medio de la oscuridad fue lo único que logré ver en aquel momento. El chico me miraba con cara de mucha preocupación y de rabia a la vez.
—Padre, creo que debemos sacarla de la casa, para que los chicos puedan hacer su trabajo— le dijo el chico al señor que me estaba abrazando. Ahí confirmé que su miraba de preocupación y de enojo, era porque le había disparado a su padre hace un momento atrás.
—Sí, hijo, saquémosla— le respondió el señor. Pero yo no entendía nada, ni mucho menos de a qué trabajo se referían.
— ¡No! — grité tan fuerte como pude y me solté del agarre de ese señor. Me puse de pie rápidamente y los miré a todos —Nadie me va a sacar de mi casa, hasta que me digan ¡quién mierda son y qué mierda hacen aquí! — les dije enojada, porque el miedo ya se me había pasado. Ahora tenía rabia, mucha rabia porque estaban invadiendo mi espacio.
—Lena, cálmate, por favor. Soy Erik Solberg, una de las personas a las que llamaste el día de ayer.
— ¿Ayer? — pregunté. Realmente estaba perdida en el tiempo que había transcurrido — ¿Qué día es hoy?
—Hoy es sábado. Son las dos de la mañana y realizaste la llamada alrededor de las nueve de la noche de ayer. Desde eso, han pasado cinco horas.
—Cinco horas…— me dije. Para mí había sido una espera eterna — ¡Y por qué tardaron tanto! ¡Mi padre lleva horas fallecido! — les grité con toda la rabia que tenía acumulada.
—Discúlpanos, Lena, pero no vivimos cerca. Además, el día que recibiéramos la llamada, debíamos hacer otras cosas en la ciudad, antes de venir hasta acá. Eso tu padre lo sabía.
—Mi padre… Mi padre— comencé a reír como una loca, mientras me secaba las lágrimas del rostro, con el antebrazo —Mi padre no me dijo nada, solo que hiciera esa llamada. No tenía cómo saber que ustedes debían hacer algo más. Menos en la ciudad.
—Lena, tranquilízate. Ahora dinos, ¿dónde está Sygurd? ¿Está en su habitación?
—No— dije bajito — ¿Por qué vinieron tantas personas a buscarlo? Solo es un cadáver, ya no le pueden hacer daño— le contesté calmadamente.
—Cariño, no queremos hacerle daño. Para cuando Sygurd muriera, nosotros debíamos activar un protocolo de extracción. Debemos llevarnos a tu padre y comenzar con su funeral. Lo sabes, Lena. Él te lo dejó indicado en la carpeta azul— me respondió el hombre que se hacía llamar Erik.
— ¿Usted sabe de la existencia de esa carpeta? — le pregunté, totalmente confundida.
—Nosotros sabemos todo sobre Sygurd, Lena. No somos enemigos, él era nuestro amigo y siempre nos encargó, que cuidáramos a su tesoro más preciado.
— ¿La isla? — pregunté con el ceño fruncido.
—No, hija. A ti. Siempre fuiste su tesoro más preciado. Cuidó de ti siempre y ahora, ya es momento de que vuelvas a la ciudad, desde donde saliste siendo muy pequeña. Debes tomar el lugar de tu padre en la empresa, sé que él te lo dijo.
—Yo… Yo… No estoy lista… No… No quiero— le contesté negando con la cabeza, aún más confundida que hace un rato atrás. Mi padre nunca me había mencionado que otras personas me conocían, mucho menos que él había planificado con otras personas, un protocolo cuando falleciera.
—Lena, sé que estás en un estado de shock aún. Es normal. Solo dinos ¿Dónde está Sygurd? — me preguntó Erik acercándose de a poco hacia mí.
— ¿Me quieren hacer daño? ¿Ustedes me harán daño? — les pregunté con el ceño fruncido.
—Jamás, Lena. Le juramos a tu padre que te cuidaríamos hasta que diéramos nuestro último aliento y es lo que haremos— sus palabras me sonaron convincentes. Miré a mi alrededor y todos estaban expectantes a que yo hablara. Querían saber sobre el paradero de mi padre y yo quería cumplir con su última voluntad.
—Síganme— les contesté bajito. Los guie por el sendero, que estaba a diez minutos del claro y traté de caminar a una distancia prudente de ellos, en caso de que tuviese que correr por mi vida. Conocía la isla al revés y al derecho, y sabía que, en un lugar de la isla, había oculto un pequeño kayak para escapar. Se le había ocurrido a mi padre hace muchos años. Nunca le pregunté de qué debíamos arrancar. No quería saberlo.
Diez minutos después, llegamos al claro, que estaba iluminado por la luz de la luna. Caminé hacia mi padre, pero lo hice sola, porque nadie me siguió. Cuando llegué al lado de su cadáver, me di la vuelta y los miré. Apunté con mi dedo el cuerpo inerte de mi padre, indicándoles que ahí estaba. En ese momento, los cuatro hombres comenzaron a caminar hacia donde estaba yo y más atrás, caminaba el escuadrón de diez hombres que había irrumpido en mi casa.
El señor Evans comenzó a llorar desconsoladamente cuando vio a mi padre. Lo siguió Erik y el otro señor, de quien aún no sabía el nombre. El chico de mi edad no lloró, pero abrazó a su padre, al señor Solberg, para consolarlo.
—Lena, por favor, ¿cuéntame qué sucedió? — me preguntó el señor Evans, cuando logró calmarse.
—Yo… No lo sé. Salí a buscar leña. Cuando volví a la casa, mi padre no estaba por ningún lado. Pensé que quizá, había salido al bosque a buscarme, así que, lo esperé una media hora. Cuando me di cuenta de que había pasado mucho tiempo sin volver aún, salí a buscarlo. Traté de recorrer la isla sola, pero estaba desesperada. Recordé este claro y vine hacia acá…— mis lágrimas comenzaron a salir nuevamente y traté de hablar lo más claro que pude —Le hice rcp, pero no funcionó. Papá comenzó a reventarse por los oídos y por la nariz y yo… Yo lo tuve que dejar ir— comencé a llorar lo que no había llorado en horas. El señor Evans se acercó y me abrazó.
Lloré tanto, que sentí que me iba a morir de la pena. Al rato, unos brazos enormes me cargaron y yo solo me refugié en el pecho de quien me llevaba en sus brazos. Tenía tanto dolor en mi alma, que estaba inconsolable. No sabía qué iba a hacer sin mi padre. Era lo único que había tenido durante treinta años. Y lo amaba. Lo amaba profundamente por no haberse rendido nunca. Por haber depositado todo su dinero, sudor y lágrimas en esa empresa, porque él solo buscaba darme una estabilidad económica que me permitiera crecer feliz y con las cosas básicas que un ser humano necesitaba. Jamás le pedí nada a mi padre, más que su amor y sus cuidados. Él jamás me regaló lujos. Éramos dos ermitaños viviendo nuestra mejor vida. Alejados de todo y de todos. Estuvimos en nuestra propia burbuja por años y lamentablemente, se había reventado, dejándome sola con un mar de inquietudes e inseguridades.
Me sentía cansada, sentía que iba a desfallecer en cualquier momento. Cómo deseaba que mi padre me viniese a buscar y me llevase con él. Pero sabía que eso no iba a pasar y que, quien debía tomar esa decisión, tenía que ser yo. Esos enormes brazos me cargaron por todo el sendero, hasta llegar a la casa nuevamente. Sabía exactamente en dónde había quedado el revólver cuando lo había soltado hace un rato. Sabía que, apretando ese gatillo, mi sufrimiento se iba a acabar y yo iba a poder estar nuevamente con mi padre. No me interesaba nada, ni la herencia, ni la empresa de mi padre. Solo quería estar con él una vez más y decirle cuánto lo amaba.
Levanté la vista solo un poco para ver en dónde me encontraba. Cuando estábamos prontos a llegar a la casa, comencé a forcejear para que la persona me bajara al suelo. Mordí su cuello ante mi desesperación para que me soltara y terminé cayendo a la tierra. Me levanté lo más rápido que pude y corrí hacia la casa, dejando al hombre atrás quejándose del dolor. Cuando abrí la puerta de la casa, escuché a la distancia un silbido muy fuerte y supe, que aquel hombre, estaba avisando para que los demás volvieran a la casa. Cerré la puerta con seguro y busqué el arma en el suelo. Cuando encontré el revólver, verifiqué que tuviese balas aún y le quité el seguro. Me lo puse en la sien y cerré los ojos.
—Papá, perdóname por esto. Pero no podré hacer esto sin ti. Te necesito a mi lado, ahora— dije hablándole a la nada. Comencé a jalar el gatillo y finalmente, lo apreté fuerte. Pero antes de que la bala entrara en mi cráneo, alguien me había empujado al suelo, evitando así, que yo estuviese con mi padre. Nuevamente, vi todo en cámara lenta. Un cuerpo enorme se abalanzó sobre mí y más hombres entraron a la casa. Me afirmaron entre varios, mientras yo trataba de zafarme de su agarre, para correr a buscar el revólver otra vez. Alguien apareció por detrás del cuerpo enorme que estaba sobre mí y vi el brillo de una aguja. Me inyectaron en el brazo y a los segundos, comencé a ver borroso.
—Dulces sueños, Lena— me dijo el cuerpo que estaba sobre mí, mientras me acariciaba la frente y la cabeza. Lo último que recordé, fue el olor de la sangre muy cerca de mi nariz.
Desperté con un dolor de cabeza horrible. La pesadilla había sido intensa y la luz que entraba por la ventana de mi habitación no me ayudaba mucho. Traté de desperezarme rápido para ir en busca de mi padre y contarle lo que había soñado, cuando vi a los pies de mi cama, a tres hombres mirándome fijamente y a otro, a mi lado, preguntándome cómo me sentía.
— ¿No fue un sueño? — les pregunté aterrada.
—Lamentablemente, no, Lena — me dijo el señor Evans. Comencé a llorar nuevamente desconsolada. Solo quería morir.
—Por favor, hija. Debes ser fuerte para lo que viene. Te necesitamos sana y cuerda— me pedía angustiado el señor Solberg.
— ¡Por favor! Solo mátenme, solo háganlo de una vez por todas. No quiero el maldito dinero ¡No quiero nada! — les grité. Me levanté de la cama y comencé a arrojar todo lo que encontraba en mi camino. Estaba desesperada. Volvieron a afirmarme entre varios y nuevamente sentí un pinchazo en el brazo. Lo último que vi, fue al hijo de Erik, que me sostenía y negaba con la cabeza, como reprochando mi conducta.
Desperté en la noche, desorientada. Quise refregar mis ojos, pero mis manos estaban atadas a la cama. Me miré ambas manos y no lo podía creer. Era yo la que estaba sufriendo por la pérdida de su padre y era yo a la que trataban de loca, prácticamente.
—Pero ¡¿Qué mierda?! — pregunté mientras miraba mis manos atadas.
—Fue por precaución— escuché que me respondieron.
— ¿Quién mierda es? — pregunté enojada. La figura se levantó desde un asiento que había frente a la cama y caminó hacia mí. Cuando estuvo cerca, logré ver, que era el hijo de Erik — ¿Por qué me tienen amarrada? Quiero que se larguen de mi casa. ¡Ahora, ya! — le grité con furia.
—Lena, eso no será posible. Nos ves como los malos del cuento, pero la única mala en esta historia, estás siendo tú. Solo vinimos a ayudarte— me respondió con media sonrisa en el rostro.
— ¿Por qué carajo hay cuatro personas, cuando solo llamé a tres? — le pregunté enojada.
—Eso es, porque ayudo a mi padre en todo. Sygurd nunca se opuso a nada. Él me conocía y me estimaba mucho, tal como yo a él.
—No te creo nada. Lárguense de aquí, llévense todo, el dinero, la empresa ¡Todo! No me interesa nada— le contesté furiosa, mientras le quitaba la mirada.
—Lena, no podemos hacer eso. Sygurd nos confió a su tesoro…
—Más preciado— dije en tono burlesco — ¡Me importa una mierda! No haré nada, si no se van a ir, perfecto. Me verán morir lentamente de inanición— le contesté de forma irónica.
—Eso jamás pasará. Te inyectaremos suero— me respondió levantando los hombros.
—No viviré toda la vida de suero, idiota— le contesté enojada.
—Auch, eso dolió. Sabes muchas palabrotas para ser una ermitaña salvaje.
— ¿Me estás jodiendo? ¿Cómo me llamaste? Maldito cretino ¡Suéltame! Para que te parta la cara— el chico comenzó a reírse de mí y no sé por qué, pero a los segundos después, yo también terminé riéndome.
—Tienes una sonrisa muy linda, Lena— me dijo. Eso me avergonzó mucho. No sabía por qué. Carraspeé y cambié de tema.
—Y bueno, cuándo me van a soltar. No estoy loca, que yo recuerde— le contesté de forma irónica.
—Te puedo soltar ahora, si prometes no volverte una salvaje nuevamente y eso de quitarte la vida… Mmm… Lo tendremos que posponer hasta que me pagues la cirugía en mi cuello, por el tremendo mordisco que me diste.
— ¿Eras tú quién me cargaba? — le pregunté sorprendida.
—Nunca olvidaré que lloraste en mis brazos como una salvaje depresiva y este mordisco… Este mordisco te costará muy caro— me respondió con media sonrisa en el rostro, mientras se apuntaba el cuello con el dedo. Yo estaba confundida, porque no entendía nada, ni su actitud ni sus palabras.
—Bueno, sobre eso, pues tengo una aguja e hilo en la cocina. Con eso será suficiente— le contesté con mirada desafiante.
—Estás loca— me respondió riéndose —Definitivamente tu padre tenía razón.
— ¿Con qué tenía razón? — le pregunté con el ceño fruncido.
—Siempre decía que su más preciado tesoro, era un diamante en bruto, salvaje, sin dueño, difícil de domar— me contestó de una forma muy extraña que no supe interpretar.
—Mi padre jamás hablaría así de mí. Estás mintiendo— le respondí enojada.
—Bueno, si no me quieres creer, pues allá tú. Yo solo transmito lo que mis oídos escucharon durante mucho tiempo— me contestó levantando los hombros.
—Lárgate de mi habitación, idiota— le hablé de mala forma.
—Como el diamante salvaje desee— me respondió, haciéndome una reverencia en forma de burla. Salió de la habitación y me volví a quedar sola. Terminé quedándome dormida nuevamente al rato después. Me sentía demasiado cansada.