Los jovencitos volvieron a la aldea, un tanto decepcionados, tal vez, por no alcanzar el objetivo, por no haber encontrado a la pequeña Sarah, a pesar de su intuición, o lo que ellos veían como tal.
Ian, al llegar, entró rápidamente con dirección a su habitación, necesitaba estar solo y así pensar, qué podría hacer para hallar a su hermana, pero antes... necesitaba descargar toda esa rabia y esa tristeza que llevaba a cuestas. Su vida había dado un vuelco muy fuerte, algo que no se esperaba. En cuestión de solo días, había perdido su felicidad, a sus padres, su hogar, su vida y, por si fuera poco, a su hermana, su pequeña hermana a quien había prometido cuidar y proteger del mundo entero, si así fuera necesario. No era fácil, la verdad, no lo era.
—¡Esta no es la vida que yo quería vivir! ¡Me siento muy mal, muy mal! ¡Mamita, ¿por qué no nos llevaste contigo? Tal vez, en el cielo... seríamos felices como lo fuimos aqui en la tierra. —susurraba Ian entre sollozos, acostado boca abajo en su cama.
Él tenía que lidiar con todo eso, saberse en una casa que no era de él, en un entrono que muchas veces no entendía y que, en ocasiones, parece que ocultaban cosas. Claro que, en esos momentos, casi no les prestaba atención, pero sabía que tenía que llegar al fondo, por supuesto, luego de encontrar a su hermana. En estos momentos, Sarah, era el foco, era lo más importante para él. Ya de lo demás, se ocuparía cuando tuviese tiempo.
Lyam, trataba de ayudar a Ian, él lo veía como un hermano, como a alguien que debía proteger, así como a la pequeña Sarah. Este se hubo criado muy solito, a pesar de estar rodeado de otros lobitos en su aldea, sin embargo, en Ian, sabía que podría tener un aliado, no solo para divertirse, jugar, hacer cosas que hacen los jovencitos a su edad, sino tambien para apoyarse en todo cuanto fuera necesario. Él sabía que tenía que apoyar y ayudar a Ian, a encontrar a su hermana, aunque a él también, le convenía.
—Ian está muy triste y... lo comprendo, pero ya no sé como hacer para hallar a Sarah, ni siquiera esa conexión que un día tuvimos, está... —
Entraron al caserón. Lyam se dirigió hacia el despacho de su padre, para informarle acerca de la búsqueda, en compañía de uno de los hombres que les acompañó, para darle información acerca de lo que pudieron ver más allá de los niños, ya que ellos, en determinados momentos, se adentraron más al bosque en busca de respuestas o en su defecto, de alguna pista, que les acercara un poco más a la niña.
—¿Encontraron alguna pista? —pregunta el viejo Rey al verlos llegar.
—No padre, no encontramos absolutamente nada, salvo algunos rastros de brujas en la zona.
—¿Brujas? ¿Las brujas oscuras? Debí imaginarlo, Golnet se ha confabulado con ellas para desaparecer a la pequeña Luna y conseguir su objetivo. ¿Encontraron algo más?
—Mi Rey, los muchachos y yo, conseguimos algunas pistas que podrían llevarnos hacia un supuesto escondite, pero es muy arriesgado, es un lugar custodiado por dragones y criaturas demoníacas, por lo que no era seguro para los niños ni para nosotros como humanos, acercarnos.
—Comprendo... Pues, creo que no me va a quedar de otra que dirigirme una vez más a Golnet y pactar con él. Necesito que la Luna Destinada vuelva a Luna Plateada. La profecía tiene que cumplirse a como dé lugar, de lo contrario, muchas desgracias podrían azotarnos. Gracias por la información, ahora, les pido que me dejen solo. —ordenó el viejo Rey al príncipe y a uno de los hombres, que le acompañaba.
—Pero, padre... ese señor es muy peligroso.
—No tenemos de otra, hijo. Ahora porque aún estás pequeño, pero al crecer, lo entenderás.
—Pero...
—No, Lyam... Sin peros, un Rey no puede esperar por las decisiones o acciones de los demás, debemos actuar de inmediato, tomar decisiones sabiamente, pensar en nuestro pueblo para que ellos tengan mejor calidad de vida, en familia, en unión. Por esa razón, no puedo quedarme de brazos cruzados, y la única opción que veo posible, es intentar hacer entrar en razón a mi hermano, aunque parezca imposible. —exclamó el rey, con la mirada perdida en el horizonte.
—Padre, lo que pasa es que temo que pueda pasarle algo, ese señor es malvado y usted es diferente a él. —respondió el muchacho, preocupado.
—Descuida, Lyam, no me va a pasar nada. Por ahora, lo importante es salvar a Sarah de las garras de Golnet y su tribu oscura, igualmente, si algo llegara a pasarme, yo sé que tú podrás liderar la manada Luna Plateada, tan bien como lo haría yo. —dijo el viejo Rey, volviéndose hacia su hijo.
—Padre, no quiero que le pase nada. No podría estar bien si usted me faltara. Además, aún soy un niño, si usted se apartara de mí, moriría de la tristeza y créame que no podría liderar la manada sin su ayuda.
—No hablemos de eso ahora, nada me va a pasar. Debemos enfocarnos en traer de vuelta a Sarah. Por los momentos, habla con Ian, está muy triste y preocupado por su hermana, dile que la vamos a recuperar, cueste lo que nos cueste, debes darle la esperanza de que la vamos a hallar.
—Y, si... ¿No la hallamos?
—La vamos a hallar, ya tenemos pistas, las brujas oscuras, Golnet y su tribu. Podemos llegar a ella, solo hay que idear un plan. Por lo pronto, déjenme solo, necesito pensar. Ah, y comuniquen a los demás, que no me molesten. Por favor.
—Como usted ordene, padre. Permiso.
El muchacho salió del despacho y más atrás lo hizo su acompañante, quien permaneció en silencio durante la conversación de Lyam con el viejo Rey.
Por otro lado, el Rey Golnet, pensaba en su despacho, la manera de deshacerse de su hermano, de lo contrario, sabía que este sería capaz hasta de dar su propia vida, con tal de hacer que la profecía se cumpliese, tal y como la Diosa Luna, lo había ordenado.
—Ese hermano mío es un tonto, creerá él que va a casar a su mocoso con la Luna Destinada y cumplirle los deseos a la Dios Luna... Pero eso no debe pasar bajo ningún concepto, haré lo que sea por evitarlo. Y si tengo que eliminarlo, no me temblará el pulso ni las garras y mucho menos los colmillos para desaparecerlo, y así cumplir con mis propósitos.
El Rey Demetry le buscaba la vuelta al problema, tratando de encontrar una solución en la que los hermanos, las familias y las tribus, de alguna manera salieran ganando, pero conociendo a Golnet, sabía que no iba a ser nada fácil.
Lyam, por su parte, caminaba por el jardín, intentando entender las razones por las que los adultos, actuaban de esa manera, mientras que Ian, se refugiaba en los brazos de su propia soledad, añorando aquellos momentos en los que fue feliz, junto a sus padres y a su hermanita, a quien no sabía si volvería a abrazar.
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