Mis dedos se mueven con nerviosismo e impaciencia mientras espero. El tiempo es algo que siempre he respetado y por eso trato de ser puntual a cada una de las entrevistas de trabajo a las que he ido. Delante de mí se encuentra una puerta de vidrio, y esa es la culpable de mi sempiterno nerviosismo, el cual cesa unos segundos cuando dicha puerta se abre y por ella sale la aspirante al puesto número seis. Yo soy la número ocho, así que cuando la aspirante número siete entra mi ansiedad crece mucho más y se vuelve desesperante. Mis dedos se mueven más deprisa y mi corazón late de nuevo a mil por segundo. —Dicen que el jefe es muy estricto. —Menciona una chica a otra, las que vendrían siendo las aspirantes mueve y diez, para completar con las entrevistas de este día. Las veo por el rabil

