EMMA
Dos años. Había soportado dos años sola en Los Ángeles, California, alejada de todo lo que conocía. De pronto, como si todo aquél esfuerzo que hice por olvidar las razones que me trajeron aquí, no valieran nada, tomó mi tonta maleta de los Ositos Cariñositos que encontré en descuento, y salgo de mi pequeño apartamento.
Las cosas no fueron fáciles, he de aceptar. Apenas subí a ese autobús supe que estaba cometiendo la locura de mi vida. En una lista interna, enamorarme de mi mejor amigo e irme de casa «Y del pueblo» sin avisar, son las dos cosas más destacables. De hecho las únicas dos locuras más grandes de mi vida.
—Buenos días, Em. —Me saluda Jefrie, el portero del edificio de adobes en el que vivo. Una persona muy dulce y excepcional, su cabello es marrón, sus ojos tienen un hermoso color verde, su piel es blanca pálida y su contextura es delgada. Vive con su familia en uno de los apartamentos del primer piso. —¿No usarás el auto hoy?.
Seguro se ha fijado que el el taxi me espera a mí.
Niego con la cabeza sin detener mis pasos.
—Ah, no. Es que no voy al hospital ahora.
—Ah, ya veo. ¿Y tienes libre esta tarde qué…? —
Deja sus palabras al aire cuando el del taxi comienza a sonar el claxon para que me dé prisa.
—Lo siento, estaré fuera unos días.
—Bien. —sonríe y regresa a su puesto.
Jefrie fue de las pocas personas que conocí al llegar aquí que se ganaron mi cariño de inmediato. Otra, fue mi amiga Lucy, la cual me matará cuando sepa que me fui sin avisar antes. «Pará no perder la costumbre» De hecho fue gracias a la abuela de Lucy que me encontré este lugar. Estaba en la estación de autobús, no tenía nada que hacer o donde ir, estaba planeando vivir en los baños cuando todos se fueran, así como en la película de Will Smith: "En busca de la felicidad", pero ella al verme un poco perdida me ayudó. No todos los ancianos desconocidos que se acercan son malos, o quizá yo solo corrí con algo de suerte. Como fuera, agradezco que hubiera aparecido y me hubiera ayudado.
—Al aeropuerto de Los Ángeles, por favor. —Pido. El amable sujeto del taxi se pone en marcha.
Aquí entre nos, quiero creer que el que me hubiera ido de casa ya estaba planeado, o al menos ya tenía que pasar así. Justo ese día llevaba en mi bolso todos los ahorros de mi vida.
El viaje en taxi dura aproximadamente una hora y media. Reviso mi reloj de mano: sin las 7:30 de la mañana. El vuelo dura veintiún horas y estaría llegando por la madrugada a Dakota del sur. La buena noticia es que en ese pueblo amanece temprano. La mala es que no quiero ir, no me siento lista. Ajustó los tirantes de mi vestido holgado de color rojo «Mi color favorito» tomo una bocanada de aire y siguiendo las indicaciones y el debido proceso de abordaje, subo a tiempo al avión.
En el pasillo mi móvil suena. Es mi madre avisando que irá por mí al aeropuerto. Insiste en que me quede en casa, y aunque no quiero, con ella nunca se puede discutir.
Con mi padre hablo poco, pero es más de lo que hablo con ella. Su nueva esposa, Samantha, me cae super bien. Es más joven que él, pero tiene la madurez suficiente para llevarse bien conmigo, para dar consejos y hasta habla más que mis padres conmigo por videollamada.
Si hubiera tenido otra opción, hubiera preferido quedarme con ellos en su casa.
—… Noah irá conmigo a recogerte al aeropuerto. —informa y mi rostro palidece. —Está ansioso por verte.
—Quisiera decir lo mismo. —mascullo en voz baja.
—¿Qué, cielo?.
—Nada. —sacudo mi cabeza y trato de no llorar. —Que ya debo abordar.
—De acuerdo, cielo. —Se despide con 'dulzura' —Te veremos allá.
—Los veré allá.
Lo veré allá. Lo veré de nuevo…
¿Y si ha cambiado bastante? ¿Se habrá hecho feo? Espero que sí. ¿Y si me trata mal o como una desconocida? ¿Y si lo sigo queriendo como antes?
Tantas dudas recorren mi cabeza, avasallando todas mis ideas, que me pierdo de nuevo, sin darme cuenta de que hay alguien adelante…
¡Carajo!
—¡Ten más cuidado! —exclama con voz grave cuando choco con su ancha espalda y derramo algo sobre su traje. Cubro mi boca con pena y doy un paso atrás. —¿Sabe cuánto vale este saco?.
Estoy avergonzada, pero me molesta su actitud.
Lo primero que reparo es su traje embarrado de lo que parece ser café, lo segundo que noto es lo que se esconde debajo de ese traje. Un cuerpo perfecto, musculoso, escultural y definido. Un dios griego andante, digno del mismo Olimpo. Subo la mirada hasta su mentón: cuadrado, con un poco de barba que le queda de maravilla. Llego a sus labios y me sorprendo al ver unos perfectos labios gruesos de tono rosa tenue, los cuales están húmedos por el café sobre ellos, y al llegar a sus ojos, me detengo.
Grises, atormentados y hermosos, profundos e hipnóticos. Demasiado perfectos para alguien tan amargado como parece ser él.
—¿Acaso a usted nadie le dijo que aquí no se puede comer o tomar nada? —Pongo mis brazos en jarra. —Fue su culpa, así que no me voy a disculpar.
Su mirada se vuelve más intensa y penetrante.
«No sé porque siento que lo conozco de algún lado».
El desconocido sexy de mirada profunda forma una encantadora sonrisa ladeada, mira su vaso medio vacío y sin remordimiento alguno lanza su contenido sobre mi vestido.
—Ahora sí. —Se inclina al frente y eso, no sé cómo explicarlo, sólo hace que mis nervios se disparen y mi cuerpo se paralice. Su perfume masculino me embriaga y un extraño cosquilleo surge en mi pecho, se mueve a mi estómago y estalla en mi entrepierna. Por inercia aguanto la respiración y aprieto mis puños al sentir su aliento tibio sobre mi cuello. «Mi corazón también se ha disparatado». —Estamos a mano.
Dice y se aleja de mí con una risita de victoria. Toma su maleta, me da una última mirada y entra al avión.
Me quedo un momento tratando de analizar lo que pasó, pero solo sé recordar la sensación de su aliento en mi piel causa estragos en mi sistema.
No lo conozco, no sé quién es y mentalizo que es un idiota que jamás volveré a ver; por otra parte, el pasillo ya ha quedado vacío y soy la unica que se ha quedado como tonta mirando al vacío.
Salgo de mi trance al escuchar la última llamada para abordar el vuelo y salgo corriendo hasta la puerta. Le entrego el boleto a la azafata quien me da paso y cierra la compuerta tras de mí, le agradezco y me dirijo a mi asiento, el cual queda a la orilla del pasillo, pero como el de la ventana se mira mas tentador y soy una persona rebelde, me corro el asiento y recuesto mi cabeza en la ventana.
«Esto es vida».
Como es normal en mí, evitó ver a las demás personas para reservarme el tener que socializar, me encierro en mi propio mundo tratando de no pensar en Noah, Kate o ese tipo arrogante de hace rato y en el hecho que derramó sobre mí su café, y me coloco los auriculares. Pongo una canción de Ed Sheeran, para ser más precisa Give Me Love, y cierro los ojos para hacerme una historia en mi cabeza, como las que normalmente leo, las que me llevan a mundos paralelos con finales felices, en donde el hombre que siempre he amado y ahora está más que prohibido, me ama. Sin embargo, al comenzar el clímax de la canción, el único rostro que veo es el de aquel tipo sexy pero idiota.
Seguramente me he vuelto loca, y ha de ser así, porque sin abrir los ojos siento de nuevo su loción y…
—Es mía. —escucho su voz y abro mis ojos. Mis mejillas arden y mi mente se cierra sobre él al ver sus hermosos ojos color tormenta. —La ventana, es mía.
Y quizá tiene razón… pero no por la ventana.