Aberdeen

1611 Words
EMMA Hubiese querido decir que el viaje fue acogedor. Que todo en el paraíso iba perfecto y que nada podía haber sido más cómodo, pero sería mentir.  No pude pasarme a otro asiento, así que me tocó pasarme al que estaba del lado del pasillo, dejarle el de la ventana al idiota que me había tirado café en el vestido, e ir incómoda a su lado, soportando la sensación de la tela pegandose a mi piel debido a la bebida derramada, y soportando también el olor a su perfume caro.  ¡Cielos! Que tortura llevar ese delicioso perfume embriagando mis sentidos a mil. Ese exquisito aroma a lavanda, musk y canela.  «Ni el ambientador de la abuela olía tan bien como ese perfume»  En fin, había terminado en la entrada del aeropuerto viendo como todas las personas eran recibidas con amor y agasajo, ya fuera por sus padres, hermanos, pareja o amigos. En cambio…  ¿Yo? Bueno… yo mejor me había sentado a esperar en la pequeña gradilla a que alguien llegara por mí, o que al menos los planetas se alinearan y un taxi apareciera entre las vacías calles de Aberdeen y me llevara al maldito infierno de ver como mi hermana se casaba con el amor de mi vida.  Espero por al menos media hora, pero la promesa de mi madre de "estar en el aeropuerto una hora antes" perdía fuerza con cada minuto que pasaba de más.  Era una pérdida de tiempo. Yo no debía estar aquí y mucho menos ser quien entregara en el altar al hombre de mis sueños con la mujer de mis pesadillas. Bueno, suponía que nadie vendría por mí así que me puse de pie y caminé segura hasta la caseta para adquirir un nuevo boleto a Los Ángeles. Supongo que no estaría mal hablarle a mamá desde casa y decirle que después de todo no podría ir.  Pero yo no tenía tanta suerte, o el trébol que cargaba en mi collar no me estaba sirviendo de nada porque…  —¡Emmi!. —Gritó a una pequeña distancia una voz dulzona y femenina. Me giré de nuevo para verla. —Lo lamento, es que acompañamos a tu hermana a su selección de salón y ella no se decidía. —«Claro. ¿Qué otro motivo si no Kate?» —Pero ya estamos aquí.  «¡Genial(!)»  Y así fue como llegué hasta aquí.  Saludo a mi madre con un beso en la mejilla de lo más sencillo. Dos años en California me han enseñado que el cordón umbilical se rompe cuando naces y aunque el amor a nuestros padres es eterno, la zalamería después de los dieciocho está de más. Al menos ese era mi caso, pero para mí fue así desde siempre. Mi hermana, por otra parte, era todo lo contrario.  Hasta este momento todo resulta ir bastante bien. Mi madre solo me da un beso en cada mejilla, me da un abrazo ligero como si apenas me hubiese visto hace una semana y luego se aleja tomando mi maleta para llevarla hasta el auto. Quiero creer que aquel abrazo tan simplón se debió a que no quería embarrar su perfecto vestido elegante de color beige. Aunque sus abrazos siempre han sido así para mí.  La sigo dos pasos detrás porque lo cierto es que no quiero llegar a casa todavía. Cuento los pasos cada diez centímetros caminados y cuando estoy por salir del aeropuerto por completo, me doy cuenta de que mi amargado compañero de vuelo está discutiendo con la gente encargada del equipaje en recepción, debido a que se le ha perdido su maleta.  «El karma es una perra, pero una muy buena en ocasiones».  —¡Ese no es mi equipaje!  —Por favor, señor Evans, trate de tranquilizarse…  —¡Media hora ha pasado ya…! —Se detiene al notar que lo estoy mirando. Su entrecejo se pronuncia un poco más y soltando un bufido, con su mandíbula tensa, me sigue con la mirada hasta que salgo y la chica de, como mamá siempre les dice, soluciones 'rápidas', llama su atención.  No puedo quitar de mi mente su mirada, me sigue afectando a pesar de no verlo más por el vidrio polarizado que nos separa. Esos ojos claros, esa mirada profunda y la capacidad que tiene de exasperarme sin siquiera conocerlo.  Pienso en eso cuando de pronto todas mis ideas y pensamientos intrusivos con respecto a ese tipo, se vuelven pequeños y se van volando lejos cuando frente a mí aparece el único chico que siempre estuvo en mi mente, aún cuando yo sabía que no era correcto.  «Noah»  Pantalones jeans azules, rasgados de abajo. Su cuerpo ha cambiado un poco. Se mira más viril, más simétrico, musculoso y ¡Vaya! Se mira…  Se mira como algo que no debería estar mirando porque en unos días será mi cuñado.  ¡Pero es que es imposible! Lleva puesta una camiseta blanca por debajo de una camisa de botones cuadriculada, la cual lleva abierta. Unos zapatos deportivos blancos y para completar la imagen de pecado andante, trae su cabello desordenado.  Se mira perfecto y a medida que lo detallo mi corazón se acelera a mil por hora, como si fuera a salir de mi pecho. Siento que la respiración se me corta y todo me da vueltas. No sé si soy yo, el clima inusual de Aberdeen o todo a mi alrededor que me descontrola, al punto de tragar saliva como si mi vida dependiera de ello. Mis mejillas arden, mi pecho arde y los ojos me lloran, y nada mejora, al contrario, se duplica de mal en peor cuando el castaño se acerca con una perfecta sonrisa y me envuelve en un abrazo. Un abrazo que no sólo hace que mi pecho arda y mi corazón duela, sino que también me recuerda que a pesar de haberme ido hace dos años, lo sigo amando como toda mi vida.   Pero él no es mío.                                                                              • ────── ✾ ────── • Las palabras no sobran en el auto. De hecho aunque Noah y mi madre han tratado de hacer que hable, todo gira en torno a la gran boda. Kate y su vestido, Kate y sus madrinas, Kate y el pastel que quiere que lleve trozos de fresas en medio; Kate y la canción lenta y romántica que bailarán y por último algo que hace que mi corazón se estruje. «Kate y Noah en su luna de miel». Pero, de acuerdo, quizá me precipité. Lo peor de la conversación en el auto no es eso, sino…  —¿Y cuántos nietos piensas darme, querido?. Te estoy entregando a mi princesa más hermosa, tienen que ser muchos angelitos.  Noah sonríe y le toca el hombro con familiaridad.  —Eso lo sé. Estoy más que consciente. —Reafirma y me trago con fuerza el nudo en mi garganta para no llorar. —Quiero que sean muchos. De hecho ya hemos hablado de eso, desde la última vez que Kate pensó que estaba embarazada…  —¿Hubo una vez que Kate pensó que estaba embarazada?. —me obligo a preguntar.  Aquello ha sido como una daga en el pecho.  Mi ex mejor amigo asiente con tristeza.  —Sí pero, resultó no ser nada. —Me mira por el espejo retrovisor. —De hecho quizá fue lo mejor. Así ella pudo concentrarse en terminar su carrera de odontología, y yo mis estudios de Psicología…  Y sí, quizá debí agregar que además de ser la favorita y la perfecta en todo, Kate es la reina de la facultad de odontología, razón más por la que es el orgullo de la familia.  Quisiera decir que no me afecta, pero no es verdad. Me afecta y mucho, y no por envidia sino que…  Quizá sí, quizá el problema está en mí.  Después de media hora llegamos a casa. Tenía tanto de no verla que ya hasta se siente impropia. Incluso más que antes. La huella que yo había dejado en el buzón ya no está, solo. Hay tres: La de mi madre, la de Kate y la de Noah. Yo he quedado más que fuera de la ecuación. El duendecillo hecho de mármol y arcilla que estaba a un costado de la puerta ya no está y a medida que detallo más la casa desde afuera, más la desconozco.  Ese no es mi hogar. Quizá nunca lo fue.  Las ganas de llorar han menguado, pero vuelven a desatarse cuando Kate sale por la puerta de casa luciendo un perfecto short y una camiseta top. Su cabello rubio deslumbra todo y a medida que el auto para, mis ganas de seguir aquí también. En especial cuando Noah se baja, ajusta las orillas de los botones de su camisa cuadriculada de color blanco hueso, y con su perfecto cuerpo y sus hermosos ojos, se fija en ella y camina hasta su lugar, tomándola en brazos y dándole un profundo beso.  Duele, pero me mantengo fuerte desde el auto.  Todavía puedo robarme el auto de mamá y salir virada al aeropuerto, tomar el último vuelo y regresar a mi nido de la soledad y depresión.  Sin embargo... Todavía no estoy tan cerca de la locura… aunque tampoco estoy lejos de ella. Salgo del auto a paso lento y al verme Kate sale corriendo y me abraza.  —¡Emma! ¡No sabes lo que ansiaba que vinieras!  Una mirada de maldad se cuela entre sus dulces y 'amables' ojos, pero trató de creer que es mi mente y dándole una media sonrisa me dejo llevar adentro. Pero ahí algo me deja inquieta.  La mirada de Noah sobre mí cuando paso por su lado… 
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