El sonido de la lluvia golpeando suavemente contra los ventanales de la oficina de Helena creaba un ambiente casi melancólico. La ciudad de Tokio, siempre vibrante y caótica, parecía haber entrado en una pausa, justo como su vida en ese momento. Sentada en su escritorio, con una mano sosteniendo una taza de té y la otra descansando sobre su vientre aún plano, Helena intentaba encontrar claridad en medio del torbellino de emociones que la envolvía. Sabía que su vida cambiaría radicalmente, pero aún no estaba segura de cómo manejarlo. La puerta se abrió sin previo aviso, y Sebastián entró con su andar seguro. Llevaba un paraguas aún mojado en la mano y un brillo de determinación en los ojos. —Fui a la reunión con los inversionistas esta mañana —dijo, quitándose el abrigo—. Quieren un info

