Capítulo 4 - La Respuesta del Enemigo

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Capítulo 4 - La Respuesta del Enemigo Tokio brillaba bajo sus ruedas. Helena zigzagueaba entre el tráfico, sintiendo el rugido del motor vibrar en sus huesos. Era libre. Al menos por ahora. Las luces rojas y azules aparecieron en su retrovisor. Policía. —Eso fue rápido —murmuró con una sonrisa, aumentando la velocidad. Sabía que no eran oficiales comunes. Alexander estaba moviendo sus piezas. No importaba. Ella ya había calculado esto. Tomó una salida estrecha hacia un callejón, derrapó con precisión y apagó la moto en un rincón oscuro. Con movimientos rápidos, se quitó el casco y lo dejó caer. Debía desaparecer. Saltó una cerca con agilidad y se deslizó entre los edificios, moviéndose con la precisión de alguien que había aprendido a sobrevivir entre las sombras. Su destino estaba claro: el punto de encuentro. El Precio de una Amenaza En el otro extremo de la ciudad, Alexander observaba la transmisión de las cámaras de tráfico. —¿La perdimos? —preguntó, con los nudillos blancos de la furia. Uno de sus hombres tragó saliva. —Sí, señor. Se desvaneció. Alexander apretó los dientes. Helena estaba viva. Y lo peor… sabía demasiado. Victoria se acercó, cruzándose de brazos. —Si sobrevivió, ¿por qué esperar cinco años para regresar? —Porque quiere destruirme —gruñó Alexander. Victoria lo miró con cautela. —¿Y si lo logra? Él giró hacia ella con una mirada oscura. —No lo hará. No podía permitirse perder. —Quiero todos los movimientos de Helena monitoreados. Amigos, aliados, contactos. Si alguien la ha estado protegiendo, lo descubriré. Victoria asintió, pero algo en su expresión indicaba que no estaba convencida. Por primera vez, ella también tenía miedo. Porque Helena Black no era un simple enemigo. Era una herida abierta en el pasado de Alexander, y ahora… había venido a infectarlo todo. El Punto de Encuentro Markus ya la esperaba en un viejo taller mecánico abandonado. —No tardaste —comentó, lanzándole una botella de agua. Helena la atrapó y bebió un sorbo antes de mirarlo con una chispa de satisfacción en los ojos. —Alexander ya sabe que estoy aquí. —¿Y ahora qué? Helena apoyó las manos en la mesa de trabajo, inclinándose sobre los planos de un edificio que había extendido antes de su llegada. —Ahora… lo haremos sangrar. Markus sonrió. La verdadera guerra acababa de comenzar.
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