Capitulo 15: Cuatro citas

1095 Words
Los días siguientes fueron pasando tranquilamente, hasta que un día la entrega habitual de las flores se retrasó, era tal el furor que había causado la constante escena de recepción de los ramilletes, que incluso muchos empleados comenzaron a esperar con atención. Aguardando la entrega de algunos documentos, la directora de marketing charlaba emocionada con el grupo de recepcionistas que se encontraba en su hora de descanso: —Qué extraño, como ustedes saben desde hace un tiempo, es el mismísimo jefe de seguridad el que trae las flores, pero estas siempre hacen su aparición en la mañana, ¿pero, cómo es posible que sean las dos de la tarde y a un no lleguen? Cubriendo su boca al sonreír, una de las mujeres comentó con timidez. —Tienes razón, aunque ni siquiera me las envían a mí, no puedo evitar reír embelesada cada que veo al jefe subir, cada ramo enviado es magnífico. Sin embargo, lo que dice la directora es cierto, trabajó en la primera planta, pero es verdad que nada ha llegado hoy. Mordiendo sus labios, otra muchacha comentó con envidia; —¡ja! Estoy segura de que ese hombre ya se aburrió, debió haberse enterado donde terminan cada uno de esos selectos manojos. Ahora mismo debe estar tan enojado, que renunciará a su conquista a la CEO. —....... ...... En ese momento las demás quedaron en silencio por la evidente codicia que se respiraba en el aire. . . . Era una tarde fría cuando un guapo mozo bajó de la camioneta recién estacionada en el sótano del edificio “Triomphe” Sebastián, enterado por un conocido de su primo, descubrió donde acababan las plantas que el mismo eligió cuidadosamente cada mañana. Y decidido tomó acción, ya no era el cobarde de hace cuatro años, esta vez no renunciaría a quien ama. Siendo las seis de la tarde Ana tomo su abrigo y apago las luces de su oficina, se encontraba exhausta, y solo quería regresar pronto a casa. A pesar de la hora, la enorme organización se mantenía activa, y con muchos de los empleados desempeñando sus labores con normalidad. Al fin y al cabo, eran una de las mejores empresas del país. Rumbo a la oficina de la presidenta, que se encontraba en los pisos más altos del enorme edificio, ingresó elegantemente atrayendo las miradas de muchos empleados y personas que realizaban sus compras. Cuchicheos no tan silenciosos comenzaron a sonar en las recepcionistas. Sebastián iba acompañado de Rubén y sostenía un fragante ramillete de tulipanes rojos y blancos. Un gran revoloteo y alboroto se formó, pues finalmente el hombre de las flores apareció, es decir, el valiente pretendiente de la arrogante presidente finalmente reveló su rostro. — ¡presidenta, tenemos un gran problema! Gritó el tranquilo secretario desde la línea telefónica. Pero fue demasiado tarde, cuando el elevador de vidrio se detuvo y la puerta se abrió, Sebastián y Ana quedaron justo en frente del otro. —Sí, ahora mismo estoy con el “problema” respondió antipáticamente, colgando la llamada. Tomando la palabra el guardia reveló —Señorita Ana, este hombre ha aparecido de repente y ha pedido verla. Estaba a punto de realizar una llamada para pedir su autorización, pero de repente ha corrido de inmediato al ver el elevador descender. No lo he tratado con dureza, por temor que sea un preciado invitado. Por favor de su orden. Argumento con formalidad el sujeto esperando la decisión de su superior. Mientras tanto, el traumatólogo esperaba pacientemente sin quitar la vista de su amada. Ana, descendiendo del ascensor y haciendo un leve gesto de su mano, como era su costumbre, despachó al guardia. —Está bien, “es mi preciado invitado” exclamó con sarcasmo Encontrándose en los pasillos de la entrada, muchos fueron testigos del encuentro y permanecían expectantes a lo que fuera ocurrir, mientras pretendían estar haciendo su trabajo. Entre los curiosos también estaba la directora de marketing, Erika, amiga de la exprofesional de la salud mental. —¿Oh Dios mío, es este el pretendiente? ¿Acaso está loco? ¡¡Ana, lo va a acabar!! Esa chica, no me dijo nada, ¡¿Cuándo ese tipo volvió? Envueltos en una ola de tensión, sumamente nervioso, Sebastián extendió su brazo entregando el regalo. Con cara seria, Ana lo recibió. — Fue un alivio, ver que hoy no llegaron, ¿pero ¿quién sabría que sería peor? Has venido tú mismo a formar este estúpido espectáculo, y justo en el lugar donde trabajo. — No quería hacerte sentir incómoda, eso no ha sido mi intensión, pero tienes razón, tal vez no lo pensé muy bien al venir aquí. Tampoco deseo causarte problemas. — Ven, conmigo. Con pasos rápidos, pero precisos, Ana camino haciendo sonar intencionalmente sus tacones, al tiempo que observaba con disgustó a todos cuantos los miraban. Bajaron hasta el sótano donde se hallaban muchos autos, pero muy pocas personas. El doctor, aprovechando el tiempo, Introdujo su mano en el abrigo que llevaba puesto y sacando una pequeña cajita, nuevamente extendió su brazo. —Toma, este es un segundo regalo. Aunque estaba a punto de estallar en ira, la mujer lo cogió. Era un estuche de joyería color azul claro, tono preferido de la dama, el cual no había olvidado aún después de tanto tiempo. Al abrirlo una estilizada y delicada cadena con el dije de psicología enlazado junto al logo de la compañía hizo su brillante aparición. Claramente, el detalle había sido cuidadosamente pensado y preparado con anticipación. —¿Es oro? ¿De cuántos quilates? Fue el primer e inesperado comentario que llegó al doctor. No hubo ninguna pizca de emoción, solo una pregunta descarada e interesada. Lo que ciertamente lastimó su corazón, pero sin embargo, no dijo nada. —Sí, es oro… —Qué bueno, porque como sabes he cambiado y ya no soy la tonta de antes. Lo guardaré ya que es de buen material. Es bueno que sepas que no utilizo baratijas, aunque estoy segura de que ahora también lo sabes, que lo que no me gusta, lo arrojo a la basura. El hombre estaba estupefacto, pero no cedió. —Cuando miro tus ojos, puedo ver que hay dolor, por eso actúas de manera cruel, no solo conmigo sino con quienes te rodean. Me duele saber y me carcome la consciencia que el culpable de todo eso sea yo. Dame cuatro citas, y te dejaré de molestar si lo nuestro no vuelve a funcionar. Recogiendo su cabello en una cola, la arrogante dama suspiró. — Bien, hagámoslo. … Continuará…
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD