♡𝞔𝓼cɑ𝖓𝒹ɑ𝘐օ♡

1688 Words
✦Isa✦ 🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒 Había pasado la semana más larga de mi existencia. Ya habían pasado siete días desde que supe lo de Cristián y su pequeño “error”, como él decía. Mi hermana no dijo nada, como se lo pedí. Estuvo al pendiente de mí, aunque me presionaba cada día preguntando qué iba a hacer. Aún no sabía ni qué haría. ¿Cómo quería que le dijera? Seguía llorando a cada momento. No comía mucho, o más bien nada. Cristián siguió viviendo su vida feliz, como si nada hubiese hecho. Ya no le reclamé nada, ni siquiera le dirigía la palabra. No podía con tanto cinismo, descaro y con que fuera tan infeliz sinvergüenza. Planeaba muchas cosas en mi mente. Todavía estaba todo ahí, porque nada se había salido de mi memoria. Todo lo que supe de esa mujer y de Cristián me atormentaba eternamente. Solo pensaba en vengarme, en hacer que pagaran por todo lo que me hicieron. No tenía nada más en mí que odio. Solo odio en contra de ellos. Los detestaba con cada célula de mi cuerpo. Sí, a los dos, porque ella sabía de mi existencia y aun así siguió ahí con el miserable de Cristián. Ninguno de los dos eran víctimas de nada. Sabían perfecto lo que estaban haciendo. Después de haber hecho los quehaceres de la casa —como decía él: mis “obligaciones”—, me arreglé un poco. Aunque, para ser sincera, me veía deplorable. Había bajado mucho de peso en estos días. Mis ojeras estaban más marcadas. Las disimulé un poco con maquillaje, aunque no era muy fanática de él. Sí lo tenía para ocasiones especiales. Esta era una de esas ocasiones: iba a encarar a Cristián con su amante. Me tenían que ver bien, o más o menos bien. Convencida estaba de que los encontraría en la empresa. Siempre estaban ahí, según lo que me había dicho su empleado. Así que tenía que ir. No sabía ni lo que me esperaba, pero estaba convencida de que quería verlos, aunque eso me partiera en mil pedazos, aunque mi dignidad quedara en el fango. En este punto no entendía de razones. No me juzguen. *_* Fui a la empresa, pero no entré de inmediato. Me quedé afuera, escondida. No tenía nada claro de lo que iba a hacer, mucho menos lo que vería ahí. Se instaló en mis entrañas un gran pesar, solo de imaginar qué vería, con qué nueva estupidez me sorprendería mi querido marido. La familia de Cristián tenía una pequeña empresa de la cual él era el encargado. Sus hermanos eran menores que él. Se habían casado, pero no les importaba tanto la empresa familiar. Así que el papá de Cristián y él eran los únicos que se encargaban de ella. Por lo tanto, era más que obvio que el señor sabía y conocía a la amante de su hijo. Estuve esperando un largo rato, hasta que vi llegar el auto de Cristián. Sentí una punzada en mi estómago, instalándose un vacío enorme en mi ser. Efectivamente, estaba con ella. Sentí que no podía enfrentar nada. Me acobardé. Pero verlos ahí, tan felices, viviendo su tórrido romance, mientras yo cada día me moría del dolor, mientras que yo estaba viviendo mi muerte en vida y ellos vivían como si nada hubiesen hecho... como si yo no existiera. Vi que se bajó la mujer del auto. Enseguida él. La tomó del rostro, acariciando su mejilla. Quedé muda ante tal imagen. Me dio mucho coraje verlos ahí, como si fueran una pareja no clandestina. Todo mundo los veía demostrarse su amor, mientras que murmuraban tras mi espalda de lo imbécil, estúpida e idiota que era. Decidí acercarme con un nudo en la garganta y un gran pesar en mi ser. Cristián, al verme ahí parada frente a ellos, quedó mudo. Abrió los ojos de tal modo que se le saldrían. La mujer me vio y volteó los ojos. Se dibujaba una sonrisa de placer en su rostro. Viéndola de cerca, no era nada bonita. Y no era por el odio que le tenía. De verdad no era bonita. Pero algo especial debería tener como para que Cristián tirara a la basura nuestra relación de quince años. —¿Qué haces aquí, Isa? —su voz sonó cortante, asustada. —Solo vine a comprobar con mis propios ojos que sigues siendo la misma basura de siempre —le escupí las palabras. —¡¿Estás loca?! —me tomó del brazo y me jaloneó para adentro. La mujer esa solo se dio la vuelta para irse, pero me solté de Cristián y alcancé los cabellos de la mujer esa. Quería que pagara por todo lo que estaba haciendo con él. Pero obvio que no se dejó. Me tomó igual de mis cabellos y empezamos a golpearnos. Estaba ahí, dejando mi poca dignidad y amor propio tirado en el suelo. No saben de lo que me arrepiento por lo que hice en ese momento. Ahora que lo recuerdo, me invade la vergüenza, porque me rebajé de la manera más vil que una mujer jamás debería de hacer. Viendo a la distancia, me da pesar recordar cómo dejé que me ganara el coraje y me permití rebajarme a tal grado. Ante tal escándalo que se suscitaba afuera, varios empleados salieron y vieron un digno espectáculo. Lo peor de todo esto fue que Cristián se había ido. Me había dejado ahí. Cuando los empleados nos separaron, lo busqué con la vista, pero no estaba. No lo podía creer. Estaba convencida de que en verdad a él solo le importaba esa mujer y no más. El señor Arturo corrió a esa mujer. Creo que tenía un deseo guardado por hacerlo, porque lo hizo con tanta rabia que parecería que era mi propio padre. Me ayudó a entrar a la empresa, justo por el almacén. Era una empresa de embalaje, por lo tanto, era muy grande el almacén. Me dejó en la oficina de Cristián, el cual estaba como energúmeno. Al salir el señor, me tomó de los brazos y me jaloneó para el rincón. —¡¿Se puede saber qué demonios estabas haciendo aquí?!... ¿Acaso sabes la humillación que me acabas de hacer pasar? —hablaba con los dientes apretados para disimular que estaba gritando—. ¡Estás loca, loca! —¡SUÉLTAME!... ¿Ahora resulta que yo soy la que te humilla? Cuando los dos sabemos que todo esto es por tus estupideces. ¿Y qué, el humillado eres tú? ¡Cuando andan paseándose los dos como una linda pareja feliz frente a todos los empleados, que perfectamente sabes que me conocen! ¿Y el humillado eres tú? De verdad que eres un desgraciado hipócrita —me zafé de su agarre. —¡Cállate ya! ¡Todo mundo te está escuchando, maldita loca del demonio! —me señaló con el dedo, temblando de rabia. —Ah, mira, si te preocupara tanto lo que se dice de ti, no habrías traído a tu amante en primer lugar. Te preocupa lo que digan de ti. ¿Qué hay de mí? ¿Acaso no es esto una humillación? —¡Siempre haciéndote la víctima! —escupió. —¡Pues perdón! ¡Perdón por sentirme la víctima cuando claramente yo soy la maldita desgraciada en esta disque relación! ¡¿Si tanto amas a esa mujer, por qué no te largas con ella, por qué?! —grité hasta quedarme sin aire. —Si eso fuera cierto, ya no estaría contigo. Pero no quiero estar con ella y ya menos contigo. Nunca me vas a perdonar, eso está claro —se cruzó de brazos. —¿Perdón?... ¿Estás bromeando, verdad? ¿Cómo quieres que perdone que me engañaste, que sigues viendo a esa mujer, cómo? Dime, ¿qué carajos estaba haciendo aquí si, según tú, ya no mantenías ni contacto con ella? —el pecho me subía y bajaba. —Sabes qué, no tengo por qué darte explicaciones. Mejor ve a la casa. No quiero seguir dando este espectáculo a los empleados —abrió la puerta. —¿Ah, pero sí lo dabas cuando tu amante venía a verte? —me reí con amargura. —¡Ya cállate! —Cristián se acercó a mí con la mano levantada para voltearme una cachetada. Lo único que pude hacer fue levantar las manos para defenderme. Al final se arrepintió. Me tomó del brazo, sacándome de la oficina. Pasamos por el almacén. Me subió al auto, azotando la puerta. No quería estar ahí, en ese auto donde se acababa de bajar su amante. Estaba su olor impregnado en todo el espacio. Un perfume barato, dulzón, que se me metió en las fosas nasales y me revolvió el estómago. Me bajé antes de que llegara a subirse y me fui corriendo. No sabía a dónde iba, pero de algo estaba segura: no quería estar cerca de alguien tan desgraciado. ¿En qué momento ese hombre lindo que conocí se volvió en un ser tan egoísta, tan desalmado? No me cabía en la cabeza todo lo que había pasado. Me sentía tan humillada, tan miserable y poca cosa. Todo me daba vueltas en la cabeza. Todas las escenas se repetían una y mil veces en mi mente. Ese olor a perfume barato invadió mis fosas nasales. Corrí muy rápido. No quería saber nada de nadie, menos de él. No tenía las cosas claras. Mi cabeza daba mil vueltas. Me quería ir, desaparecer, que nunca más me viera nadie. Llegué a un parque. Me quedé ahí, sentada en una banca, como zombie, viendo pasar a la gente. Unos me veían extrañados, hasta que me di cuenta de que mi blusa estaba rota y traía un golpe en la ceja izquierda. No supe cómo pasó todo, pero ahí caí en cuenta de que había cometido la peor de las estupideces: golpearme con esa mujer. No valía de nada. ¿En qué podía beneficiarme algo así? Solo para sacar mi coraje y ya. De algo estaba segura: eran tal para cual. La misma basura, él y ella.
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