♡Ⲣ𝔯ⅈm𝖊𝔯 ɑmօ𝔯♡
𝗜𝘀𝗮.
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Presente:
Estoy temblando. Mi cuerpo no soporta este shock.
El teléfono me quema las manos. El brillo de la pantalla me ciega en la penumbra de la habitación.
_¡Esto no me puede estar pasando, no a mí!... ¿Qué no yo tenía al mejor esposo? ¿Dónde queda todo lo que he tenido que pasar? ¿Y mi vida? ¡¿Dónde queda?!..._
Por fin logro desbloquearlo. Lo que están viendo mis ojos no lo pueden creer. Mi cerebro no lo asimila. Esto no puede ser posible.
Fotos. De ellos dos en el cine, en su casa, en sus paseos. La luz del cine reflejada en sus rostros. Él cargándola en la playa. El mismo suéter que yo le regalé, puesto en otro cuerpo. _¡No puede ser!_
¿Dónde quedo yo? ¿Yo no existo para él? Cada foto que paso es una prueba irrefutable de que él... me estaba engañando. Ya tenía la confesión con palabras, ¡pero ver las pruebas de la traición! Es otro nivel.
Veo nublado. No sé si es por las lágrimas que me escuecen o solo la adrenalina de ver todo lo que estoy viendo. Siento que mis piernas me fallan. Me cuesta respirar. Me tiembla la mano para seguir pasando foto por foto. Verlo sonreír con alguien más... se ve feliz. Se ve _¡feliz!_
El aire se vuelve espeso. Tengo ganas de vomitar. Mi cabeza da vueltas. En este momento debería abrirse la Tierra y tragarme.
Veo las fotos una tras otra, cada vez más íntimas, cada vez más difíciles de ver. Cada una representa todas las mentiras, ¡toda la falsedad de él!
En mi interior solo una pregunta: _¿Por qué lo hizo? ¿Pensaba en mí acaso en algún momento?_ ¡Es obvio que no!
Jamás ha pensado en lo que yo quiero, en lo que pudiera sentir si esto llegara a mis manos. _¡No puede ser!_
Está dormido. Su respiración tranquila llena el cuarto. Lo veo y no puedo creer que alguien que dice amarte haga tantas cosas para dañarte. No es posible que toda mi vida, o lo que tengo con él, sea una farsa...
Videos, fotos; pruebas contundentes de que la traición está consumada. Un video de ellos paseando con su familia... Ahí están sus padres, sus hermanos, riendo. ¿Y yo? ¿Dónde estaba? ¿Por qué jamás me di cuenta de todo esto?
Solo tengo algo en mente: morirme. Sí, quiero morirme. Solo así dejaré de sentir este odio; esta rabia; _¡esta impotencia!_
Dejo el celular sobre la mesita de noche. El golpe suena hueco. Corro al botiquín. El espejo me devuelve un rostro descompuesto. Hay muchas pastillas. No me importa de qué son... me las tomaré todas para acabar con mi vida. O igual puedo cortar mis venas. Algo tengo que hacer para morirme...
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15 años atrás
Isa, 17 años:
Soy Isa. Tengo diecisiete años. Hace un año dejé de estudiar la prepa. No sé qué hacer con mi vida. Me siento muy deprimida, triste. Yo no era así... ¿No sé qué pasó? De vivir muy feliz, llegó un momento en que simplemente ya no encontré un sentido a mi vida.
—¡Ya te dije, Isa, si no vas a seguir estudiando, entonces busca un trabajo! ¡No puedes quedarte aquí simplemente sin hacer nada de tu vida!
Esa es la voz de mi padre. Retumba desde la cocina y atraviesa las paredes delgadas de la casa. A nadie le he dicho que me siento en depresión. Ni yo misma sé si es depresión. No acepto que dejara de estudiar, ya que solo me faltaba el último año de bachillerato y unas materias por pagar, pero... ya no quiero saber nada. No quiero saber de nadie. Nada tiene sentido. Mi vida es monótona, es aburrida.
—Ya, por favor, Isa. Mira, te conseguí un trabajo... —me dice mi madre. Su voz es suave, cansada.
No sé si ella presiente lo que tengo, pero ella es así: nunca quiere hablar, nunca platica, siempre está en su mundo. En ocasiones me pregunto por qué mi madre es así. Nunca está atenta a nosotras. Estoy segura de que es por todas las cosas que ha tenido que soportar al lado de mi padre.
Tengo dos hermanas. Mi hermana mayor, Lucrecia, solo es un año más grande. Y mi hermana pequeña, Edna, tres años menos que yo.
—Mamá, no quiero trabajar... no quiero salir. ¿Por qué no me entienden? —mi voz sale rota.
No quiero saber nada de trabajos, nada de escuela, nada. Ya déjenme tranquila.
Me levanto de la mesa. La silla raspa el piso. Me voy a mi cuarto. Mi madre me grita que vuelva, pero no le hago caso.
Entro a mi habitación. El cuarto huele a encierro. Me siento en la cama. Solo quiero dormir. Me baño y me duermo; me baño y duermo. A veces como. Nada tiene sentido.
—¿Es que por qué siempre hace lo que quiere, mamá? ¡Nunca le dicen nada! Siempre está encerrada ahí. No quiere estudiar, no quiere trabajar, ¡no quiere hacer nada! —escucho a Lucrecia quejarse de mí desde la sala. Siempre lo hace—. Les juro que estoy harta de ella. ¡Harta!
—Pero sí ayuda en la casa, hija. No está trabajando ni estudiando, pero sí ayuda aquí en la casa. Mientras todos salimos, ella es la que hace todo.
Mi madre quiere justificar mi comportamiento por todos los medios. Su voz suena a súplica.
De pronto, Lucrecia da un portazo y sale a su trabajo. Me asomo a la ventana. La veo ir echando chispas calle abajo. No entiendo por qué nunca me he llevado bien con ella.
—Hija... —llama mi madre desde la puerta de mi cuarto—. Ya me voy al trabajo. ¿Puedes hacer la comida? Todo lo dejé en el refrigerador... Me voy. Cuando llegue Edna del colegio, la atiendes, por favor.
Mis padres trabajaban. Lucrecia trabajaba. Edna estudia la secundaria, el último año para ser específica. Con ella sí me llevo súper bien. Reímos, platicamos. Me cuenta de sus aventuras en la escuela. Ella es muy divertida... como yo era antes de que me diera esto que no sé bien cómo llamarlo.
Tengo depresión funcional, porque puedo hacer mi vida aparentemente normal, pero siempre que me viene a la mente cualquier otra idea, me empiezo a sentir triste.
Ya hice todo el quehacer de la casa, la comida... Voy a la despensa. Veo que no hay pan. El hueco en el estante me oprime el pecho. No quiero salir, no quiero ir a la calle. No me gusta que la gente me vea... Busco por todos lados y no hay nada.
—Cuando venga Edna, la mandaré a ella —me hablo a mí misma—. No... llegará noche. Ya no habrá cuando ella llegue... Y si no lo compro ahora, mi padre se enojará... ¡Pero no quiero salir, no quiero!
Corro a la ventana de la sala. Se ve todo normal afuera. No hay gente. Los vecinos son muy escandalosos casi siempre, pero ahora no veo a nadie. El sol de mediodía pega fuerte en la banqueta vacía.
—¿Y si salgo? ¿Qué puede pasar?
Trato de cambiarme por ropa más decente. El corazón me late en la garganta. Me atrevo a salir a la calle. El aire de afuera me golpea la cara. Veo a los pocos vecinos que me encuentro, pero ninguno me ve a mí. Todo está en mi mente. Seguro ni saben de mi existencia.
Camino por la calle cuando, de pronto, lo veo. A un chico guapísimo. Bueno, al menos para mis ojos lo es. Está parado ahí, recargado en un poste, con las manos en los bolsillos. El sol le da de lleno y hace que su cabello parezca más claro. Nunca había sentido algo así... pero, ¿qué es? ¿Quién será?
Ni ve mi existencia y sigo caminando a toda prisa. El corazón me martilla el pecho.
Llego a la casa y pareciera que alguien viene persiguiéndome. Me quedo parada en la puerta con el corazón agitado. La bolsa del pan me tiembla en la mano. Es que no debí salir, pero fue muy necesario.
Me quedo pensando en el chico que vi... es muy lindo. Tiene unos ojos hermosos, oscuros y profundos.
¿Cómo se llamará?
Ahí comenzará todo. Lo bueno y también todo lo malo que pasará en mi vida desde que lo veo por primera vez.
Solo tristezas me traerá este encuentro.