♡Η𝖊cһⅈ𝘇օ♡

1408 Words
Isa. 🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒🍒 Muchas veces la vida nos golpea duro. También puede ser que, por las decisiones que tomamos a cada instante, sin remedio, nos topemos con situaciones que igual no nos gusten tanto. En mi caso, siempre quise tener a alguien a mi lado. Un amor. Un alguien que me amara. Sin darme cuenta de que yo era esa persona. Si no me amaba a mí, nadie ajeno podría hacerlo. La mayoría de las personas cometemos el error de idealizar a una pareja. Permitimos que nos dañen. Como dicen: _Nadie te hace lo que no permites que te hagan_. Mi historia comienza con la típica adolescente soñadora, feliz, alegre; con muchas amigas. Todo mi mundo, fuera de mi casa cabe aclarar, era lo máximo para mí. El patio de la escuela olía a cuadernos nuevos y a refresco de cola. Las risas de mis amigas me llenaban el pecho. Hasta que cumplí dieciséis años. Algo en mí cambió por completo. Dejé de ser feliz, de soñar, de vivir la vida. ¿Por qué? No lo sé bien. En mi casa no importaba mucho la estabilidad emocional. Eso no existía. Solo vivíamos por vivir. Sobrevivíamos, más bien. Dejé la escuela. Estaba estudiando el bachillerato. Un día, me vino a la mente que no tenía sentido mi vida. No vivía feliz. Dejé la escuela. Me alejé de mis amigas. El silencio de mi cuarto se volvió mi único refugio. Hasta que un día, por extraño que parezca, conocí a un chico muy guapo. Bueno, esa era mi percepción. Comencé a hablar con él solo porque era mi vecino, al cual no había visto, ya que, como les mencioné, nunca salía, no hablaba con nadie. Y así comienza una tormentosa, dolorosa y muy, muy larga relación. En donde me autodestruí, me perdí, me quité todo mi valor. Era otra, que ni yo misma me reconocía. Pero, obvio, cuando crees enamorarte, nada de eso importa. Crees tener la vida perfecta, al hombre perfecto a tu lado. Todo lo ves bonito, maravilloso, sin mancha... Todo fue muy rápido. Comencé un noviazgo con él. Al que creía que era el amor de mi vida porque me sentí rescatada. Al conocerlo, mi vida comenzó a tener sentido —según yo—. Se me pasó esa tristeza, ese vacío que sentía. El pecho se me llenaba de aire cada vez que lo veía en la banqueta. Desde un principio, nuestra relación tenía mil señales de que nada pintaría bien. Pero, como dicen: entre más daño, más se aferra el corazón. Y ahí me tenían, acatando cada orden, cada cosa que me mandaba, que me ordenaba. Porque sí, me ordenaba hacer las cosas. Yo, creyéndome enamorada —más bien deslumbrada ante mi primer amor—, dejaba que mandara en mi persona, en mi entorno. —Es por tu bien, esas amistades no te convienen —me decía cuando me alejaba de mis amigas. —Vístete de otra manera, así te verías mejor. No te maquilles, al natural eres perfecta —susurraba mientras me quitaba el labial con el pulgar. Y bueno, no sé cómo demonios jamás lo noté. Cada una de las señales que el destino, el universo o Dios me ponían frente a la nariz. Decidimos vivir juntos. Sí, seríamos una maravillosa familia feliz. Mis padres se opusieron, claramente. Pero, por obvias razones, no les hice el menor caso. Es que, ¿cómo se oponían a mi felicidad? ¿Por qué no querían que yo fuera feliz? Eso era egoísta de su parte. ¡Qué estúpida! Me dejé endulzar el oído con palabras lindas, con medias muestras de amor. Porque yo, enamorada. —Hija, por favor, no te vayas a vivir con él. No te conviene —suplicaba mi madre mientras yo guardaba mi ropa en las maletas. El sonido de los cierres me parecía una marcha triunfal. —Mamá, está decidido. Estoy enamorada de él y él de mí —respondí sin mirarla. Doblé una blusa con rabia contenida. —¿Cómo vas a saber eso? Se conocen hace cinco meses. ¡Por favor!, recapacita —su voz se quebraba. Sus manos temblaban sobre la puerta de mi ropero. —Es el tiempo suficiente para saber que nos amamos, mamá. —Ya déjala, mujer. Si ha tomado su decisión, no somos nadie para detenerla —entró mi padre a la habitación para sacar a mi madre y que dejara de insistir. El piso de madera crujió bajo sus pasos. —¡Está cometiendo el peor error...! ¡Dile algo a tu hija, por favor! —mi madre se aferraba al marco de la puerta. —Ha tomado su decisión. Ante eso ya no hay nada que hacer, mujer. —No, no, hija, escúchame. Ese muchacho no me da buena espina —mi madre se acercó. Su aliento olía a café frío y a angustia. —¡Ay, mamá, por favor! Yo lo amo. Nos amamos. No podrás hacer nada contra eso. Bueno, siempre nos dicen que las madres tienen ese sexto sentido que hace que nos puedan rescatar cuando estamos en peligro. Pero claro que yo no le haría caso. Porque se estaban oponiendo a mi felicidad. ¿Qué no querían verme feliz? Ahora que mi vida tenía sentido, ¿por qué no estaban contentos por mí? Qué egoístas eran. —Mamá, ya no te desgastes. Tu hijita preferida ha tomado su decisión. La más estúpida, si me preguntas. ¿Quién demonios se enamora en tan poco tiempo? —esa era Lucrecia. Como siempre, era bien buena hermana conmigo. Pero en ese momento sí tenía razón. Aunque yo, cegada ante el deslumbramiento de un amor, ni siquiera me daba cuenta de la mala decisión que estaba tomando. —Gracias, hermana, tú siempre tan linda —le sonreí falsamente. Ella hizo lo mismo mientras yo seguía empacando mis cosas—. Lo bueno que ya no te haré la vida imposible, porque me voy. —Sí, que seas muy feliz... aunque lo dudo —se dio media vuelta, alejándose. Su portazo hizo vibrar los vasos de la cocina. Mi madre seguía tratando de convencerme, pero obvio que no le haría caso. Yo quería ser feliz, quería ser libre de ver al amor de mi vida cuando quisiera. —Solo dime algo, hija. ¿No has pensado qué clase de hombre hace las cosas así? ¿Por qué no se casa contigo? ¿Por qué no viene decentemente y pide tu mano aquí, con nosotros? —Mamá, por favor —me puse frente a ella. Ya había terminado de empacar. La maleta me pesaba, pero el pecho me pesaba más de ilusión—. Los dos decidimos que así sería, que así queremos vivir. ¿Qué tiene eso de malo? Déjanos ser felices. —Está bien... Haz lo que quieras. Pero después no vengas a llorar. Luego no digas que no te lo advertí —se dio la media vuelta, saliendo de mi habitación. Mi padre salió tras ella. Volteé los ojos al revés porque yo sentía que era solo un drama. Que me quería chantajear para que me retractara de lo que estaba a punto de hacer. No lo lograría para nada. Claro estaba que no iba a ceder. Yo quería ser feliz con el hombre que amaba. Así que nada ni nadie me haría cambiar de parecer. Salí de mi casa con las ilusiones puestas en un amor que me prometía todo. Me daba lo que yo necesitaba en ese momento. Primer gran error: ir a vivir a casa de sus padres. Segundo error: no poner nunca límites con su familia. Se sabe que cuando llegas a una casa que no es tuya debes ser educada y servicial... Eso a ser sirvienta es otra cosa. Fue toda una pesadilla. Llegar a una casa donde ya hay reglas establecidas, donde obvio todo está en su orden, sus tradiciones, sus reglas. Llegar a acoplarte a gente que ciertamente no conoces es lo más difícil. El olor a guiso ajeno se me metía en la ropa. Las miradas de su madre me pesaban en la nuca. Todo fue un desastre. Es que era obvio, por favor. Siempre se veía a todas luces. Pero claro, jamás lo noté. Estaba totalmente cegada. Pasó el tiempo. No volví a ver a mi familia. Si es que de casualidad iban, yo nunca los vi. La puerta de mi pasado se cerró con un clic que no escuché hasta años después.
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