Destino
Alexandra y Savana estaban sentadas una al lado de la otra, apretando las manos con fuerza. Ambas sabían que sus vidas nunca volverían a ser las mismas. Protegidas por la mafia japonesa desde el trágico accidente que les costó la vida a sus padres, ahora estaban a punto de cumplir el último d***o de ellos: casarse con dos hombres del infame cartel Falcón, uno de los grupos criminales más temidos de Inglaterra. Francesco y Caio Falcón, los novios que mal conocían, eran descritos como peligrosos, fríos, serios y hasta un poco lunáticos. Y ahora, en el avión rumbo a Inglaterra, la ansiedad pesaba en el aire.
— Podríamos, al menos, vivir juntas — murmuró Alexandra, con su voz casi inaudible, pero firme.
— La esposa de Saiko dijo que son tres hermanos, y que viven juntos. — respondió Savana, mirando por la ventana del avión. — Pero el hermano mayor también se va a casar. ¿Y si su esposa no nos quiere cerca?
Alexandra apretó aún más la mano de su hermana, tratando de confortarla.
— Si Bartolomeo, el mayor, es el líder, ella puede elegir... su novia puede elegir quedarse sola con él, y nuestros novios, Caio y Francesco, pueden querer separarnos, porque así, sería más fácil controlarnos. — dijo Alexandra, asustada.
— Es verdad, — suspiró Savana. — Pero sería más fácil si tuviéramos a otra mujer para apoyarnos. Si pudiéramos vivir todos juntos...
Savana cerró los ojos, tratando de calmar los nervios. Eran unidas, pero temían que esa unión se viera afectada después de las bodas. No sabían nada sobre los hombres con los que se casarían, además de que eran peligrosos. Esa incertidumbre las consumía durante todo el viaje.
Cuando finalmente llegaron a Inglaterra, bajaron del avión de la misma manera en que habían embarcado: de la mano, unidas por el miedo y la incertidumbre. Al atravesar la terminal, sus ojos se posaron en un hombre que destacaba en medio de la m******d. Aun sin conocerlo, sabían quién era: Bartolomeo Fernandes Falcón, el hermano mayor, y el hombre más peligroso de allí. Su presencia era imposible de ignorar, con el gran sombrero n***o y la mirada impenetrable.
Ese era el hombre que lideraba el destino de muchas personas en suelo inglés. Solo no entendieron por qué Bartolomeo estaba allí, y no Caio y Francesco.
Se detuvieron frente a él, con el corazón a mil. Bartolomeo extendió la mano para saludarlas, besando delicadamente las manos de Savana y Alexandra.
— Ustedes tienen dos opciones, — dijo, con voz profunda y firme. — Pueden ir a nuestra casa, donde viven sus novios y yo, o pueden quedarse en un hotel hasta la boda. La elección es de ustedes.
Savana tomó valor e hizo la pregunta que no salía de su cabeza.
— ¿Puedo preguntar dónde están nuestros prometidos?
Bartolomeo la miró directamente antes de responder.
— Están en una misión fuera del país. Fue imposible posponerlo. —Pero no era verdad, que estaban en una misión, sino que Caio estaba estresado con la historia de la boda y necesitaban calmarlo antes del próximo paso.
—Pero yo vine a recibirlas. Ahora, ¿a dónde desean ir?
— Al hotel, — respondió Alexandra rápidamente. Querían tiempo para procesar todo antes de enfrentar lo que venía.
Bartolomeo, sin más preguntas, tomó la única maleta que compartían. No trajeron muchas cosas, ya que usaban el mismo tamaño de ropa y las piezas restantes serían compradas allí. Alexandra y Savana intercambiaron miradas rápidas mientras observaban al hombre que tenían enfrente. Era grande, alto, con una aura de autoridad intimidante y una mirada de hielo que parecía atravesarlas.
El camino hasta el hotel fue silencioso, pero, en medio del viaje, Bartolomeo rompió el silencio:
— ¿Necesitan algo hasta la boda?
— No, estamos bien, — respondió Alexandra, con la voz temblorosa, pero controlada. Después de un breve momento de vacilación, hizo otra pregunta. — Nos gustaría saber dónde vamos a vivir después...
— En la misma casa donde vivimos hoy, — dijo Bartolomeo sin desviar la mirada de la carretera. — Es una casa de campo grande, con habitaciones para todos.
Savana, nerviosa, juntó las palabras que quería decir:
— Nos dijeron que usted también se va a casar. ¿Su esposa no se va a importar de tenernos cerca?
Bartolomeo parecía no ser mucho mayor que ellas, pero su presencia y autoridad no dejaba espacio para llamarlo de tú.
— A mi novia, no le va a importar. La boda ocurrirá el mismo día que la de ustedes. Yo me caso, y mis hermanos también. Todas ustedes tendrán los mismos derechos.
Había algo detrás de esas palabras, una promesa implícita que Alexandra y Savana no lograban identificar. Pero la sensación de que estaban siendo arrojadas a un mundo desconocido y peligroso seguía creciendo.
¿Qué tenían esos hombres de diferente?