Era la noche, y Caio estaba en lo alto de un edificio, la oscuridad a su alrededor era su mejor camuflaje. Observaba la ciudad abajo, con los ojos fijos en un blanco que aún no sospechaba del peligro. El aire nocturno estaba frío, y la respiración de Caio era controlada, casi imperceptible. Estaba tranquilo, preciso, como siempre. Francesco estaba sentado a unos metros atrás, de espaldas a la acción, confiando plenamente en su hermano. Caio siempre había sido el ejecutor silencioso, el que resolvía los problemas sin decir una palabra, sin dejar rastros. Se movía con la precisión de un depredador, y esa noche no sería diferente. Caio posicionó el rifle con silenciador, sus ojos entrenados a través de la mira, estaban alineando el blanco con perfección. El hombre, el enemigo, estaba conver

