El colapso de Bárbara

1082 Words
En la casa de Jorge, Bárbara perdió completamente el control al recibir la noticia de la cancelación del compromiso. Gritó con todas sus fuerzas, derribando objetos y amenazando con romper todo a su alrededor. Antes de que pudiera ir más lejos, fue sacudida por su padre, quien la sujetó con fuerza. — ¡Debiste haber sido más convincente! —rugió él—. Te acostaste con otros hombres y dejaste que Bartolomeo se enterara. Debiste haber esperado hasta después de la boda para acostarte con tu prometido. Cuando él se enterará de que no eres virgen, ya sería demasiado tarde. Bárbara, furiosa, replicó: — ¡Es tu culpa! Me mandabas a seducir hombres para conseguir acuerdos y me forzaste a intentar seducir a Bartolomeo. ¡Pero él no se deja seducir! Te lo advertí, ¡y ahora no voy a casarme con él! Mientras tanto, Willow, sentada en el sillón, observaba la escena con calma, pintándose las uñas de rojo. Ese era su color favorito. Bárbara la miró con desprecio. — Debes estar divirtiéndote con esto, estúpida. Nunca te vas a casar con alguien rico vestida con esas camisetas holgadas y con ese cabello siempre desordenado. ¿Por qué no te quedaste donde estabas? Willow suspiró, sin levantar la vista de sus uñas. — Porque mi casa es aquí, Bárbara. ¿Y quién dijo que quiero casarme con un hombre rico? Tengo una buena profesión y puedo trabajar... Y no hice nada en tu contra, basta... — ¡Existís! Eso ya es suficiente. Eres hija ilegítima, hija de la amante de mi padre. ¡Ni siquiera deberías estar aquí! Bastarda... Willow permaneció tranquila, pero sus ojos brillaron de tristeza. Respondió con la misma tranquilidad de siempre. — No tengo la culpa, Bárbara. No tengo la culpa de que mi papá haya tenido una amante. No tengo la culpa de que la mujer que me dio a luz me haya entregado a él. Solo estoy aquí, y la culpa no es mía, deberías culpar a nuestro padre, fue él quien traicionó a tu madre y no usó protección. — Si no te callas, Willow, te voy a dar una golpiza —rugió su padre. Sin más palabras, Willow subió las escaleras hacia su habitación. Cada vez que surgía un problema en esa casa, ella era maltratada, juzgada, y de alguna manera, la culpa siempre recaía sobre ella. La esposa de su padre la odiaba, y Willow entendía el motivo. Ella era la prueba viva de la traición, y eso le dolía a la esposa de Jorge. Willow se sentía resentida, pero sabía que no había nada que pudiera hacer. Solitaria en su cuarto, respiró hondo, tratando de alejar la sensación de ser siempre el blanco de la ira de los demás. Se había acostumbrado al peso de cargar la culpa por algo que nunca fue su elección, se fue a dormir... Pero luego, Willow bajó las escaleras en silencio, con una única idea en la cabeza: tomar el dulce de leche con coco que había preparado la noche anterior. Lo había hecho con cuidado, recordando las recetas que había aprendido sola, como un pequeño consuelo en medio del caos que vivía en esa casa. Sabía que nadie más allí apreciaba las cosas simples que a ella le gustaban, así que el dulce era para ella misma. Al abrir la nevera, encontró el recipiente donde lo había guardado. Sonrió al cogerlo, pero antes de que pudiera dar un paso más, Bárbara apareció como una sombra, arrancándole el recipiente de las manos con un gesto brusco. — ¡Ese dulce es mío! —dijo Bárbara, con la voz llena de veneno. Willow intentó mantener la calma. — Yo hice el dulce, Bárbara. — Lo hiciste con los ingredientes de mi mamá —replicó Bárbara, sosteniendo el recipiente firmemente. Willow respiró hondo, manteniendo un tono sereno, pero firme. — No. Compré los ingredientes con mi propio dinero. Dinero que conseguí trabajando en la clínica de ancianos. Bárbara soltó una risa amarga y sarcástica. — Pero usaste la cocina, el gas y las ollas de mi madre. Sal de aquí, Willow. Willow pudo haber respondido, pero antes de que pudiera decir algo, la madrastra, la madre de Bárbara, entró en la cocina, atraída por la discusión. Doña Clarissa, que siempre estaba del lado de su hija, miró a Willow con desprecio. — ¿Qué está sucediendo aquí? — preguntó con un tono cortante. — Ella está tratando de robar el dulce que yo hice — dijo Bárbara, rápidamente asumiendo el papel de víctima. Clarissa se acercó, con su mirada helada clavada en Willow. — Ese dulce fue hecho con las cosas de la casa, Willow. No tienes ningún derecho a nada aquí. Sal de la cocina. Ahora. Antes de que Willow pudiera responder, Jorge, el padre, apareció en la puerta, atraído por la confusión. Miró de Willow a Clarissa y luego a Bárbara, y como siempre, se puso del lado de ellas. — Willow, obedece a tu madrastra. No causes problemas por algo tan trivial. Willow miró a su padre, sintiendo una profunda tristeza en el pecho. Él nunca está de su lado. Para él, ella es solo la hija ilegítima, siempre menos importante que la familia "legítima". Con lágrimas asomándose en los ojos, se dio la vuelta y subió las escaleras, sin una palabra. Había perdido el dulce que preparé con tanto cuidado. Pero, peor que eso, había perdido otra pequeña batalla por la dignidad dentro de esa casa. Al llegar a su habitación, cerró la puerta con fuerza, pero se negó a llorar. Ya había llorado demasiado en ese lugar. Quería el dulce que hizo con tanto cariño, pero allí, se sentía solo una intrusa, con un peso que la aplastaba. Bárbara y su madre siempre la hacían sentir así. Sentada en la cama, pensó en cómo habría sido mejor si se hubiera quedado en la ciudad vecina, trabajando y pagando su propio alquiler. Allí, al menos, tenía un poco de control sobre su propia vida. Pero su padre la trajo de vuelta a esa casa, y ella aceptó. Tal vez debería haber resistido, pero Jorge logró que la despidieran de los dos trabajos que tenía, prácticamente forzándola a volver. Sabía manipular las cosas a su favor. Y ahora, Willow vivía allí, atrapada, sin poder sentarse a la mesa ni vivir en paz. Miró por la ventana, luchando por contener las lágrimas que amenazaban con caer. Pero no. No lloraría. No les daría ese gusto.
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